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    En términos de números absolutos, Argentina y Guatemala se ubican en segundo y tercer lugar, con más de 200 feminicidios cada uno en 2014.

En el campo laboral, por cada dólar que le pagan a un hombre, la mujer recibe apenas 77 centavos.

Este 8 de marzo se cumplen 107 años desde que se instauró el Día Internacional de la Mujer. Más de un siglo ha pasado y, aunque los derechos de las mujeres están reconocidos en leyes nacionales e internacionales, la realidad no se ha transformado por completo: contamos con pulcras estructuras legales que no se aplican en la práctica, esquemas teóricos que ayudan poco a las mujeres de carne y hueso.

En más de 100 años de pelea por los derechos de las mujeres, queda mucho por conquistar. Simulación y doble moral golpean sobre todo en el mercado laboral, donde las mujeres aún perciben salarios menores que los hombres y pocas veces son elegidas para ocupar puestos jerárquicos. Tampoco hay acceso equitativo en salud y educación, donde siguen relegadas con menos oportunidades.

La discriminación persiste en mundos como el deportivo: atletas penan para conseguir patrocinadores o ayuda del Estado cuando sus colegas de categorías masculinas reciben contratos millonarios. En lo político se ahonda la brecha para las mujeres indígenas: pocas llegan a puestos de poder, relegadas incluso en las tradiciones de sus pueblos.

Pero la violencia es, sin dudas, el mayor dolor de nuestro presente. Son muchas las ciudades y países donde el sólo hecho de ser mujer significa vivir en riesgo. Acoso, intimidación y asesinato por razones de género se han develado a tal nivel que ya tenemos las palabras para nombrarlos -feminicidio (o femicidio)- ya son parte de nuestro vocabulario habitual.   

 
Trabajo

Corren tiempos de creciente informalidad laboral, desigualdad de ingresos y crisis humanitaria. Dentro de ese preocupante presente mundial, las mujeres continúan relegadas: apenas un 50% de aquellas que se encuentran en edad de trabajar forman parte de la Población Económicamente Activa (PEA) frente a un 76% en el caso de los hombres, según datos de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

En países como México el rezago es mayor, porque apenas un 33% de las mujeres mayores de 15 años se han integrado al mercado laboral en el cual participa el 78% de los hombres de la misma edad, en datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía al año 2016.

A nivel mundial, aquellas que consiguen trabajo ganan siempre menos: por cada dólar que pagan a un hombre, la mujer recibe apenas 77 centavos y la brecha se amplía aún más cuando se trata de madres.

ONU estima que al ritmo actual, en el mundo restan unos 70 años para achicar la diferencia de sueldos, razón por la cual exhorta a todos los países a sumarse a los esfuerzos por alcanzar un “planeta 50-50” antes del año 2030.

Aquellas que logran entrar al mundo laboral, siguen aún en puestos y oficios relegados. Naciones Unidas alerta que sólo hay un 4% de mujeres en la dirección de empresas poderosas de la lista Fortune y en el planeta la mayoría de las mujeres trabaja en la economía informal, la llamada “economía gris” que está fuera de toda ley laboral.  

Son vendedoras callejeras, comerciantes a pequeña escala, agricultoras, asalariadas y trabajadoras del hogar en empleos mal remunerados, menos cualificados y con poca o ninguna protección social. Aún siguen confinadas al espacio privado y dentro del hogar laboran en jornadas más extensas o sin limitaciones de tiempo. También están presentes en negocios y empresas familiares, donde representan el 63% de la fuerza laboral, donde en contraparte reciben escasa o ninguna remuneración económica (ONU).

Salud y educación

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoce que la pobreza afecta a todas las personas pero es diferente para las mujeres debido a la discriminación de la que son objeto, así como a las cargas adicionales que implican sus familias. Existe una estrecha relación entre pobreza y género pero más complejo todavía resulta el panorama para las mujeres de origen indígena, quienes tienen menor acceso a beneficios de salud y educación.

Unicef ha documentado que el analfabetismo llega hasta un 25% en poblaciones indígenas de países como México y son muchos los lugares donde aún se impide a las mujeres asistir a la escuela más allá de la primaria. Avanzado el siglo XXI, siguen presentes ideas retrógradas que envían a las mujeres a la cocina y a encargarse de la familia, en lugar de pensar en bachillerato o universidad.

En México, por ejemplo, cerca de 6 millones de indígenas viven en un contexto urbano y esa situación ha propiciado un ligero aumento en la escolaridad de las mujeres pero aún es muy ligero porque sólo 2 de cada 10 terminan la primaria, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

En materia de salud, el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) sigue siendo uno de los principales problemas del mundo y golpea a muchas mujeres, sobre todo en África Subsahariana. Mientras a nivel global se han equiparado prácticamente las tendencias de contagio de hombres y mujeres en aquella región hay 14 millones de infectadas. Mujeres pobres que enfrentan la enfermedad sin acceso a tratamientos antirretrovirales que pueden reducir en un 35% los casos de muerte y ya están incluidos en las prestaciones básicas de salud de países desarrollados.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ofrece cifras alentadoras: los avances en tratamientos han mejorado la calidad de vida y han reducido las muertes de 2.4 millones en 2005 a 1.5 millones de fallecidos en 2013. Sin embargo, sólo el 46% de los 36.7 millones de personas que viven con el VIH reciben tratamiento. Cerca de la mitad de quienes no tienen acceso a medicinas son mujeres africanas.

Discriminación

La discriminación que sufren las mujeres se hace palpable en diversos ámbitos. En la política, por ejemplo, ocupan apenas un 23% de los escaños parlamentarios a nivel mundial, según datos de Naciones Unidas. En México, en 2018 se presentará por primera vez una mujer indígena como candidata a la presidencia.

En el deporte ya no están vetadas por completo como ocurría en el siglo VIII antes de Cristo, pero tampoco tienen todas las puertas abiertas. En el año 1900, los Juegos Olímpicos permitieron por primera vez la participación de mujeres aunque solamente en golf y tenis. Uno de los precursores del deporte olímpico, Pierre Coubertin, argumentaba que la presencia de mujeres era antiestética, poco interesante e incorrecta.

Mujeres como la francesa Alice Melliat, primera medallista olímpica quien ganó en remo, pelearon hasta lograr espacios hoy asegurados, porque en 1978 la UNESCO reconoció al deporte como un derecho humano no limitado a los hombres y a partir de Londres 2012 cayó una importante restricción, al incluirse al boxeo femenino dentro del programa olímpico.

Las mujeres deportistas han ganado batallas de espacios pero aún pelean por igual cantidad y calidad de oportunidades. En España, cerca del 40% de quienes practican deportes y actividades físicas son mujeres pero sólo entre un 6 y un 8% de la cobertura de medios de comunicación se dedican a las atletas, según un estudio de la Fundación deportiva de Mujeres.

No tienen el mismo escaparate ni ganan lo mismo las mujeres que los hombres futbolistas como tampoco ocurre en el boxeo, donde las bolsas que cobran los púgiles son 50 veces mayores que las de las peleadoras. Carolina La Crespa Ramírez, campeona latinoamericana, denuncia que en Chile “no hay apoyo de la federación, son bastante machistas. Dicen que no hay boxeo femenino”.

Violencia

Las imágenes se reproducen en los medios masivos de comunicación, se han vuelto nuestro cotidiano. Cada día, miles de mujeres y niñas son víctimas de violencia física y psicológica. Cada día, cientos son asesinadas por desconocidos como también por sus novios, esposos y familiares.

En apenas dos décadas, la palabra feminicidio (o femicidio) se ha integrado por completo a nuestro vocabulario y nuestras vidas. El asesinato de las mujeres por razones de género es nuestro presente: catorce de los 25 países más violentos del mundo para las mujeres están hoy en Latinoamérica. De acuerdo con datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), en octubre de 2016 nuestra región registraba algunas de las peores tasas del mundo.

Honduras es ahora uno de los países más peligrosos, con una tasa de 13.3 feminicidios por cada 100 mil mujeres, en datos recabados por el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe en 2014. “Las tasas más altas a nivel regional (también) corresponden a El Salvador y República Dominicana. En términos de números absolutos, Argentina y Guatemala se ubican en segundo y tercer lugar, con más de 200 feminicidios cada uno en 2014”, agrega el estudio.

Un reporte elaborado por expertos de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) advierte que Brasil posee la quinta tasa de feminicidio más alta del mundo. La OMS ha expresado su inquietud por ese país y en 2015, la entonces presidenta Dilma Rousseff firmó una ley para tipificar el feminicidio. En ese evento informó que “un promedio de 15 mujeres son asesinadas cada día en Brasil por el simple hecho de ser mujer”.

En México, los primeros casos se registraron en la década de los años 90, en Ciudad Juárez, y desde entonces la violencia ha ido en aumento, hasta un presente de seis mujeres asesinadas por día.

En Bolivia se registra un feminicidio cada tres días y en Colombia cada dos. En Chile la tasa es de 0.4 por cada 100 mil habitantes, en Paraguay de 1.0, en Panamá de 1.3, en Uruguay de 1.4 y en Puerto Rico de 2.3. En Perú se asesina a diez mujeres cada mes en contexto de feminicidio, según la Fiscalía local. En el año 2014 se registraron 97 asesinatos por razones de género en Ecuador, 85 en Nicaragua y 74 en Venezuela, según datos de diversas fuentes.

Aunque 15 países de la región ya cuentan con leyes especiales y han tipificado al feminicidio, expertos coinciden en que resulta difícil dimensionar la magnitud que el problema alcanza en América Latina.

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Día de la mujer

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