• Telesur Señal en Vivo
  • Telesur Solo Audio
  • google plus
  • facebook
  • twitter
  • Cada 24 de marzo Argentina Conmemora el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia para recordar a las víctimas de la última dictadura militar del país (1976-1983).
    En Profundidad

    Cada 24 de marzo Argentina Conmemora el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia para recordar a las víctimas de la última dictadura militar del país (1976-1983).

Buenos Aires, Argentina, 24 de marzo de 1976 00:00, la ciudad duerme, pero en la casa de gobierno se oye el trepidar de botas, a los pocos minutos el sobrevuelo de helicópteros militares rompe el silencio, los teléfonos repican profusamente en los cuarteles: "La primera fase ha sido cumplida" es el mensaje...clic.

 

Recuerdo que eran las 03:21 horas cuando los golpistas leyeron en la radio el Comunicado # 1 anunciando el asalto al poder, después se desató el infierno. 40 años han pasado y resuenan las tonadas de León Giecco:

Los viejos amores que no están,
La ilusión de los que perdieron,
Todas las promesas que se van,
Y los que en cualquier guerra cayeron.

Desde ese momento se activó una máquina de exterminio a gran escala que aniquiló a miles de seres humanos, ejecutados con métodos atroces. Con la excusa de la guerra contra la subversión se ejecutó el plan de represión contra los movimientos sociales que no compartían el pensamiento del gobierno militar. Así quisieron acallar cualquier voz en contra de su modelo económico. Ese largo y oscuro período nos dejó miles de torturados hasta la muerte, desaparecidos, mujeres violadas, niños sustraídos del vientre de sus madres, fusilamientos, robos y asesinatos.

Todo está guardado en la memoria,
Sueño de la vida y de la historia
El engaño y la complicidad
De los genocidas que están sueltos,
El indulto y el punto final
A las bestias de aquel infierno

Me sacaron vendado de mi casa, con las manos esposadas atrás y me lanzaron sobre el piso de un auto. Uno de ellos me puso su bota en la cara y presionaba para que yo no levantara la cabeza. El auto se detuvo y escuché la corriente del río, me bajaron a empujones. Te vas a morir, me dijeron. Arrodíllate. Yo no quise y me lanzaron al piso. Escuché el cerrojo del fusil, sentí el cañón en la sien...clic...risas...olvidé cargarlo, dijo, de nuevo el cañón frío en la sien, lo retira unos centímetros y dispara contra el piso. La detonación me dejó sordo, todavía hoy no escucho bien por el oído izquierdo. 

Me llevaron de regreso al auto y me encerraron en una jaula donde no podía estar de pie. Era como una jaula para perros. De allí me sacaban para interrogarme. Me colgaban del techo con las manos atadas atrás. Golpeaban durante horas, a veces preguntaban, a veces no. Hasta que me desmayaba y después despertaba de nuevo en la jaula. Así estuve tres semanas. Después me llevaron a la cárcel.

Todo está guardado en la memoria,
Sueño de la vida y de la historia
La memoria despierta para herir
A los pueblos dormidos
Que no la dejan vivir
Libre como el viento.

...Luego sufrí dos simulacros de muerte: uno por fusilamiento y el otro, por envenenamiento. Previamente a esos simulacros me preguntaron si quería rezar y me ofrecieron un rosario. Por el tacto (conservaba los ojos vendados) pude reconocer que el objeto que me habían dado no era un rosario sino la cruz que mi hija llevaba siempre al cuello (un objeto muy característico de tipo artesanal). Entendí que se trataba de un modo sádico de anunciarme que mi hija también se encontraba allí. Yo rezaba y lloraba. Entonces me respondían con obscenidades, amenazas y gritos. Decían: "Callate. Esto te pasa por andar con ese barbudo, con ese p... (se referían a Jesucristo). Por eso están así ahora.

El 24 de marzo de 1976, a la 0.30 hs., penetraron por la fuerza en nuestro domicilio de Villa Rivera Indarte, en la provincia de Córdoba, personas uniformadas, con armas largas, quienes se identificaron como del Ejército junto con personas jóvenes, vestidas con ropas deportivas. Nos encañonaron y comenzaron a robar libros, objetos de arte, vinos, etc., que fueron llevados al exterior por los hombres uniformados. No hablaban entre ellos sino que se comunicaban mediante chasquidos de los dedos. El saqueo duró más de dos horas; previamente se produjo un apagón en las calles cercanas a nuestro domicilio. Mi esposo, que era gremialista, mi hijo David y yo fuimos secuestrados. Yo fui liberada al día siguiente, luego lo fue mi hijo, quien estuvo detenido en el Campo "La Ribera". Nuestra casa quedó totalmente destruida. El cadáver de mi esposo fue hallado con siete impactos de bala en la garganta.

Las historias se repiten durante las horas siguientes, los días, las semanas y los meses.

El día 21 de abril de 1976 a las cuatro de la mañana irrumpieron en mi domicilio varios hombres vestidos de civil; venían fuertemente armados y se identificaron como pertenecientes a la Marina y a la Policía Federal y cuyo jefe decía ser el Inspector Mayorga. Se llevan a mi papá, que tenía en ese momento 65 años. Al día siguiente mi hermano Miguel presentó un recurso de Habeas Corpus ante el Juzgado de San Isidro.

Ese mismo día a las 21 volvieron a mi casa, llevándose detenida a mi madre, la encapucharon y trasladaron por cinco días a un lugar que no pudo identificar, donde la interrogaron con mucha violencia. Los integrantes de las Fuerzas Armadas permanecieron en la casa a partir de esa detención. El día 23, al entrar mi hermano Miguel en el domicilio, también fue secuestrado.

Durante el operativo que duró cuatro horas el día 21 y treinta y seis a partir del día 22, los responsables no permitieron que nadie me auxiliara, ya que soy cuadrapléjica (parálisis en los cuatro miembros) y debí permanecer en la misma posición sin comer ni ser atendida en mis necesidades fisiológicas, amenazada de continuo para que llamara por teléfono a mi hermana María del Carmen. En esas circunstancias cayó el teléfono al suelo, siendo cambiado por otro aparato, que aún esta en mi domicilio.

Al retirarse los responsables de esta operación, se llevaron un auto Ford Falcon que yo había adquirido. Mi madre fue puesta en libertad, con los ojos vendados a dos cuadras de mi casa. Mi padre y mi hermano, permanecen desaparecidos. Posteriormente fui informada de que mi hermana María del Carmen Nuñez, su esposo Jorge Lizaso y un hermano de éste, Miguel Francisco Lizaso, fueron secuestrados, siendo su departamento totalmente saqueado. Ellos también siguen desaparecidos.

El 9 de noviembre de 1976 fue secuestrado mi hermano. Estaba descansando en compañía de su esposa y de su hijo de 5 años, cuando a las 2 de la madrugada fueron despertados por una fuerte explosión. Mi hermano se levantó, abrió la puerta y vio a cuatro sujetos que saltaban por el cerco.

Vestían de civil, uno con bigotes y turbante (pulóver arrollado en la cabeza) y llevaban armas largas. Tres de ellos entraron al departamento y obligaron a mi cuñada a cubrirse los ojos y le dijeron al nene que cerrara los ojos. Los vecinos dicen que mi hermano fue alzado de los hombros por dos sujetos e introducido en un Ford Falcon. Eso es lo último que supe de él. También dicen que había varios coches y una camioneta; muchos sujetos estaban detrás de los árboles con armas largas. Habían interrumpido el tránsito y un helicóptero sobrevolaba la casa.

El 13 de julio de 1976, entre las 23 y 23.30 horas, golpearon fuertemente la puerta de mi domicilio en el Barrio de Belgrano, en esta Capital. En ese momento me encontraba terminándole de dar el pecho a mi hijo Simón. Forzaron la puerta y entraron entre 10 y 15 personas vestidas de civil, pero que se identificaron como miembros del Ejército Argentino y del Ejército Uruguayo. Uno de los oficiales se presentó como el mayor Gavazzo, del Ejército Uruguayo. Encontraron material escrito del cual surgió que yo trabajaba por la causa de la libertad en Uruguay; entonces comenzaron a torturarme y a interrogarme. Cuando me sacaron de la casa les pregunté qué iba a ocurrir con el niño. Me responden que no debía preocuparme, que el niño se iba a quedar con ellos, y que esta guerra no es contra los niños. Esa fue la última vez que vi a Simón y que tengo noticias de él.

Los desaparecidos que se buscan
Con el color de sus nacimientos,
El hambre y la abundancia que se juntan,
El mal trato con su mal recuerdo.

El día miércoles 5 de mayo a las 22.30 hs llego a mi domicilio de la ciudad de Ensenada, sito en calle Horacio Cestino Nº 455, (distante 150 metros de la Comisaría Seccional Ensenada de la Policía de la Provincia de Buenos Aires) con mi hija Juliana de 3 años de edad. A la media hora rodean el lugar de tres a cuatro automóviles presuntamente civiles, e irrumpe en mi domicilio un grupo de diez individuos fuertemente armados, disfrazados con pelucas, máscaras y medias de mujer en la cabeza. Dicen pertenecer a la Policía Federal Argentina y Fuerzas Armadas Argentinas, ingresan por la fuerza a mi casa, requisan las habitaciones, saquean y roban objetos y me secuestran conjuntamente con mi hija.

A pesar de manifestarles mi estado de gravidez de cuatro meses, soy igualmente maltratada e introducida brutalmente en el asiento posterior de uno de los autos, entre dos inidividuos armados que me encapuchan y encañonándome con sus armas. Mi hija es ubicada en el asiento delantero en brazos de uno de estos siniestros personajes. A los cinco minutos de marcha, a través del relato infantil de la descripción de la ruta que mi hija hacía, me percato de estar en la calle 126 y 43 (próximo a la ciudad de La Plata) en donde me hacen despedir de mi hija que es introducida en otro de los vehículos. Ante mi desesperación por su destino sólo recibo más golpes, insultos y humillantes amenazas.

Meses después cuando me liberan, me entero lo sucedido con mi hija Juliana: los secuestradores retornaron con ella a mi domicilio, la durmieron con algún somnífero o de un golpe, ya que apareció con una herida en el labio, robaron a su paso lo que pudieron, cerraron la casa arrojando la llave en la vereda y avisaron a las tres de la madrugada a mi abuela de 80 años que la niña estaba sola y abandonada en la casa. Al día siguiente mi hijita Juliana con su labio lastimado contó que " unos señores malos se llevaron a mi mamá".

Mi secuestro y viaje en auto continúa una media hora más, pasamos un puesto de control y llegamos al Campo Clandestino de Detención, que después me entero era "La Cacha" o "Cachavacha, llamado así por un personaje de cuentos infantiles, la Bruja Cachavacha, que hacía desaparecer personas.

Centro de detención clandestina "La Cacha"

Soy encerrada en una habitación a la llamaban "laboratorio" que era la sala de torturas, en la que hay una cama con bastidor elástico de metal ("la Parrilla"), una mesa, una silla, un balde para las necesidades, un tablero , una mesa para la "picana eléctrica", ganchos y sogas para colgar personas en las paredes, sangre en las paredes y otros elementos de tortura que no identifico.

Durante una semana permanezco en esa habitación macabra, sin ningún contacto con el mundo, sólo escucho ladridos de perro, el paso de uno o dos ferrocarriles por día y los pasos de los torturadores. Se suceden largas sesiones de golpiza e interrogatorios sobre mis actividades docentes, políticas y sindicales. Participan siempre dos torturadores: el "bueno" y el "malo". Mi estado comenzó a deteriorarse apareciendo vómitos, hemorragias y desvanecimientos, obviamente para ellos mi embarazo no cambiaba su proceder.

Recién el miércoles 13/05/78 me trasladan al edificio principal de "La Cacha", donde me encuentro con otros secuestrados desaparecidos en las mismas condiciones mías, algunos permanecían en cautiverio desde octubre de 1977. También había dos mujeres embarazadas de siete meses ubicadas en la planta baja.

Me alojan en una cueva del piso alto sobre un bastidor con colchoneta y frazada, encapuchada y encadenada durante 107 días hasta mi liberación.

La memoria pincha hasta sangrar,
A los pueblos que la amarran
Y no la dejan andar
Libre como el viento.

Las condiciones sufridas por todos durante el cautiverio eran vergonzantes, indignas e inhumanas. Permanecíamos encadenados acostados en el piso o en catres durante todo el dia, desnudos o semidesnudos, encapuchados, sin hablar, sin ver, a merced de los guardias que aburridos se entretenían verdugueando o abusando de alguno de nosotros. Sólo nos levantaban dos veces al día para hace nuestras necesidades. Durante las noches permanecía la luz encendida. El baño semanal era a puertas abiertas y con agua fría, cosa que permitía a los guardias abusar de las mujeres. Algunas noches eramos llevados afuera a interrogatorios y simulacros de fusilamientos. A raíz de los frecuentes "traslados" de detenidos de un campo de concentración a otro, nos enterábamos por aquellos que sobrevivían, de las golpizas de que eran objeto y que en rigor de verdad la mayoría de los "traslados" significaban la muerte por distintos tipos de métodos (fusilamientos, masacres, falsos enfrentamientos, vuelos en donde se los arrojaba al mar, etc).

Fue cuando se callaron las iglesias,
Cuando el fútbol se lo comió todo,
Que los padres palotinos y angelelli
Dejaron su sangre en el lodo.

La tortura psíquica era constante, y la física la realizaban por medio de golpes, picana eléctrica, extracción de uñas y dientes, "submarino" (inmersión de la cabeza en un balde de agua) quemadura, suspensión en ganchos de las paredes, violaciones y vejámenes de todo tipo.

Todo está clavado en la memoria,
Espina de la vida y de la historia....

Recomendamos leer >>  Argentina: 40 años entre una y otra dictadura


Comentarios
0
Comentarios
Nota sin comentarios.