Pilar invisible de la sociedad haitiana, las mujeres del campo reclaman derechos y reconocimiento
En el Día Internacional de la Mujer Rural, las organizaciones señalan que la desigualdad de género afecta en primer lugar a la población campesina.
Resulta imprescindible el arduo trabajo de las organizaciones campesinas que buscan fomentar la solidaridad y la unión entre todas. Foto: Cha Dafol
15 de octubre de 2026 Hora: 11:32
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Son ellas quienes están en las ferias de todos los municipios del país, y donde la población obtiene sus alimentos. Ellas son quienes venden y quienes compran. También son ellas a quienes vemos recorrer las carreteras más impracticables, transportando cargas enormes en una moto, un caballo o un burro, a veces poniendo en riesgo sus vidas al atravesar zonas controladas por pandillas. Y hay más: son ellas quienes siembran, cosechan y guardan las semillas. Sin las campesinas, el pueblo haitiano simplemente no tendría comida en la mesa.
“¡Los hombres también trabajan, claro que sí! Trabajan en el campo”, reconoce Rosemène Valdemar, miembro del comité ejecutivo de la organización campesina Tèt Kole Ti Peyizan Ayisysen. “Pero en la agricultura familiar, la mayor responsabilidad siempre recae sobre los hombros de las mujeres. Porque, además de trabajar la tierra, son ellas las que buscan las semillas para sembrar, las que administran el dinero para comprar insumos o, tal vez, pagar a otro trabajador para que ayude. Ese papel siempre les corresponde a ellas”.
Iselande Alexandre, una joven agrónoma y miembro de la coordinación del Movimiento Campesino Papay (MPP), destaca que el papel de las mujeres rurales en la sociedad haitiana va más allá del ámbito de la pequeña agricultura. «Tienen una participación fundamental en la propia economía del país. En el comercio, son las llamadas ‘Madam Sara’ quienes se encargan de comprar productos en una región para revenderlos en otra. En la agricultura, participan en la siembra, la cosecha… de hecho, en las cosechas, son las mujeres quienes más trabajan».
Desde 1996, el 15 de octubre figura en el calendario de las Naciones Unidas como el Día Internacional de la Mujer Rural. En Haití, donde el 40% de la población vive en el campo y el 70% de la mano de obra agrícola es femenina, las organizaciones populares no podían ignorar esta fecha. Sin embargo, en la sociedad, la discreta repercusión del debate que este día propone es un síntoma significativo que, paradójicamente, justifica su existencia. Pues, a pesar de ser un pilar social y económico para el país, las mujeres del campo han sido históricamente invisibilizadas, silenciadas y excluidas de las instituciones.
Desigualdad social y de género
Si bien todas las mujeres haitianas sufren discriminación en una sociedad fuertemente influenciada por el legado colonial más conservador del cristianismo, las que viven en zonas rurales pagan el doble precio. A las tareas domésticas, como cocinar o lavar la ropa, que tradicionalmente se les exigen, se suma el agravante de condiciones materiales mucho más precarias: la mayoría de los hogares no tienen luz, ni cocina de gas, ni agua corriente, por ejemplo. Además, por más que participen en todas las etapas de la producción agrícola, prácticamente no tienen acceso a la tierra: solo el 9% de las haitianas son propietarias. Y en el trabajo remunerado, casi siempre informal, suelen recibir entre un 20 y un 50% menos que sus pares masculinos.
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Según Rosemène, que es la única mujer en la dirección nacional de su movimiento, un factor que frena el avance de la sociedad hacia la igualdad de derechos es precisamente la falta de acceso a la educación de las mujeres del campo, lo que limita su participación en los espacios políticos y termina silenciando sus reivindicaciones. “La mayoría de ellas no fue a la escuela y no sabe leer. Esto hace que no puedan acceder a ciertos espacios de poder y toma de decisiones, ya sea dentro de las organizaciones o en el Estado”, analiza. Si bien los datos muestran una mejora en la escolarización de las niñas, a ellas les sigue resultando más difícil terminar sus estudios, ya que con mayor frecuencia se les pide para ayudar en casa.
Iselande cuenta que solo el 15% de su clase de agronomía en la universidad eran mujeres. Al reflexionar sobre los derechos políticos, tiene una visión más amarga respecto a ciertos prejuicios que toda la sociedad debería combatir. «Es una cuestión de estereotipos, sobre todo contra las mujeres que viven en zonas rurales. Dicen que no tienen la capacidad suficiente, que las mujeres actúan como niñas, que no pueden gobernar; por eso no tienen acceso a los espacios de toma de decisiones», lamenta. «¡Y esta idea es tan fuerte que, cuando hay una mujer candidata a un cargo local, muchas otras mujeres no quieren votar por ella!» En este sentido, considera imprescindible el arduo trabajo de las organizaciones campesinas que buscan fomentar la solidaridad y la unión entre todas: «las mujeres deben entender que deben apoyarse unas a otras».
¡A la lucha!
Este 15 de octubre también es una ocasión para realizar marchas y asambleas que difunden el pensamiento crítico y la conciencia de género entre las bases de los movimientos sociales. Eso fue lo que ocurrió durante tres días en la zona rural del pequeño municipio de Piyon (Norte), donde cerca de 40 mujeres de Tèt Kole participaron en un taller de capacitación sobre derechos y lucha popular. Varias contaron que nunca habían pasado tanto tiempo fuera de casa en un encuentro de carácter político. E incluso las más experimentadas en la lucha, cofundadoras de la organización en la década de 1980, se desahogaron sobre las dificultades que tuvieron en el pasado al enfrentarse a sus maridos, quienes se negaban a dejarlas participar en este tipo de actividades.
Lamentablemente, estas situaciones siguen siendo recurrentes y difíciles de resolver. Rosemène explica que, muchas veces, es necesario impartir capacitaciones también a los hombres para abordar el tema de la igualdad de género. Sin embargo, la perseverancia de los movimientos en crear conciencia también ha dado frutos y ha permitido el surgimiento de nuevas líderes. «Hoy vemos a mujeres que han comenzado a alzar la voz, a desarrollarse, a asumir responsabilidades, pasando de una actividad a otra e impulsando a sus compañeras».



El papel de las mujeres rurales en la sociedad haitiana va más allá del ámbito de la pequeña agricultura. «Tienen una participación fundamental en la propia economía del país. Fotos: Cha Dafol
Quien sale ganando con esto es el país en su conjunto. Al observar la extensa lista de reivindicaciones planteadas por las mujeres de Têt Kole, en sus días de protagonismo, es interesante destacar que sus demandas no se limitan a cuestiones de género, muy por el contrario: abarcan todos los ámbitos de la vida. Y esto no tiene nada de sorprendente, ya que, debido al amplio alcance de su papel en la sociedad, enfrentan a diario tanto la omisión del Estado como las consecuencias de la crisis actual, en todos los niveles.
Hoy, subrayan al unísono que la población rural necesita apoyo técnico y acceso al crédito para la agricultura familiar que alimenta a las ciudades. Necesita más escuelas públicas para que los niños que viven lejos de los centros urbanos puedan estudiar. Necesita, además, carreteras buenas para poder circular libremente y transportar sus mercancías. Sin mencionar la falta de hospitales, agua potable y energía eléctrica, obliga especialmente a las mujeres a hacer malabarismos, todos los días, para que la familia sobreviva. Por último, o más bien en lo más alto de la lista de prioridades, sí necesita seguridad, de norte a sur, para que la población haitiana pueda vivir de día y dormir de noche.

Autor: teleSUR - cd - JDO
Fuente: Cha Dafol




