La ofensiva revolucionaria del Moncada

El asalto fue al cuartel Guillermón Moncada, la segunda fortaleza en importancia militar de la dictadura de Fulgencio Batista. El entonces presidente de Cuba, había llegado al poder tras el zarpazo golpista del 10 de marzo de 1952 (hasta 1959), cerrando todas las posibilidades legales para el acceso al poder de las fuerzas progresistas.

portada cuartel moncada

Cuartel Moncada


25 de julio de 2026 Hora: 11:28

    🔗 Comparte este artículo

  • PDF

Cerca del siglo XIX, a Santiago la llamaban Cuba. Es aquella capital oriental, donde los cubanos durante las guerras de independencia vistieron de mambí al Santo Patrón, a pesar de su origen español. Allí tiene su altar la iglesia la Caridad del Cobre -Virgen Mambisa- donde fue bautizado el Titán de Bronce: Antonio Maceo y Grajales.

Todo tiene que ver, al contar la leyenda de los muchachos que cambiaron la historia nacional, una madrugada de carnaval en Santiago de Cuba. Tal como lo hicieron antes en las fiestas populares de Cuba, enmascarando mensajes y acciones de los insurgentes contra la metrópoli española.

La irrupción en el ‘Moncada’, sucede aprovechando el bullicio y el movimiento del carnaval de 1953. Con esta acción, como expresó Fidel Castro, la “Generación del Centenario” del natalicio de José Martí, prendería el motor pequeño, que puso en marcha el motor grande de la Revolución cubana.

Desde el primer combate armado, que inició aquella madrugada del 26 de julio de 1953, donde portaban -únicamente- un centenar y medio de rifles de pequeño calibre y armas cortas, con solo tres de guerra, el líder de la Revolución lo tenía definido. “Para mí era clarísimo: no se podía tomar ese Cuartel en la ciudad con la radio motorizada, era muy difícil moverse y había que ir a la guerra irregular, pero hacía falta un número de armas para empezar, y allí (en el Moncada) había como 2 mil o 3 mil, y nosotros fuimos a ocupar las armas, a levantar la ciudad de Santiago de Cuba”, dijo Fidel.

Sumadas las bajas del ejército y la policía, el aparato represivo militar de la tiranía sufrió 46 bajas: 19 muertos y 27 heridos, entre las del Moncada en Santiago de Cuba y del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo. Las fuerzas revolucionarias tuvieron 8 muertos y 10 heridos en combate. Los asesinatos contra los jóvenes rebeldes sucedieron el día 26 y los siguientes cuatro días, sumando 61 mártires.

1480159655 039925 1480159887 album normal.jpg

Una de las asaltantes -participaron dos mujeres- rememoraba la gesta ante los estudiantes universitarios. Haydee Santamaría lo veía así: «esto nos pasaba antes o decimos: esto nos pasaba después.  Y ese antes y ese después son, antes del Moncada y después del Moncada”.

“La transformación después del Moncada fue total. Se siguió siendo aquella misma persona, pudimos seguir siendo aquella misma persona que fue llena de pasión, pero la transformación fue grande, fue tanta que si allí no nos hubiésemos hecho una serie de planteamientos, hubiera sido difícil seguir viviendo o por lo menos, seguir siendo normales”.

“Allí se nos reveló claramente que el problema no era cambiar un hombre, que el problema era cambiar el sistema; pero también que si no hubiéramos ido allí para cambiar a un hombre, tal vez no se hubiera cambiado de sistema”.

En el libro “Haydée habla del Moncada”, se resumen sus memorias. “Allí pensamos cuanto podíamos seguir haciendo y la enorme voluntad que teníamos que seguir teniendo. Porque recordamos siempre –lo recordamos como si fuera ese primer día-, cuando Abel nos decía: ‘después de esto es más difícil vivir que morir, por lo tanto tienes que ser más valiente tú que nosotros; porque nosotros vamos a morir y ustedes, Melba (Hernández) y Haydée, tienen que vivir, tienen que ser más fuertes que nosotros, es más fácil esto que lo otro’. Aquello nos ayudó a pasar las horas más terribles que pudimos haber vivido, pero también nos ayudó a vivir”.

“Pero es que los hechos quedan, cuando quedan algunos hombres firmes. Porque el Moncada se hace grande por la firmeza de los que mueren y por la firmeza de los que viven. El Moncada no hubiera sido nada sin la firmeza de los que murieron y sin la firmeza de los que vivieron”.

melba hernandez y haydee santamaria en el vivac de santiago.jpg
Melba Hernández y Haydée Santamaria en el Vivac de Santiago

Fidel fue capturado por un militar honorable. Cuando en voz baja le confesó al teniente Pedro Sarría, que él realmente no era Francisco González Calderín –tal como se había identificado antes- , sino el jefe de la acción armada, aquel militar de experiencia atinó acertadamente a darle un consejo, que resultaría su salvación: —No se lo digas a nadie.

Sarría no se despegó ni un minuto de Fidel. Lo condujo en la cabina del vehículo y se negó a entregárselo al comandante Pérez Chaumont, a quien le dijo: –“El prisionero es mío”. Tampoco lo llevó al Moncada, sino al Vivac.

La mítica fotografía deFidel bajo la imagen de Martí, autor intelectual del asalto, fue precisamente en el Vivac, donde fue interrogado por Alberto del Río Chaviano, conocido como el Chacal de Oriente, quien también amenazó a los periodistas y ordenó a los fotógrafos que vaciaran las bolsas de trabajo sobre la mesa y dejaran las películas que acababan de tirar. No podían sacar nada de allí, ni revelar ningún rollo de fotografía, fue su orden intentando controlar se conociera la masacre cometida por ellos. Algunos valientes profesionales, burlaron este mandato.

fidel castro moncada 1.jpg
Fidel Castro

Al día siguiente del asalto, comenzaba para Fidel y los sobrevivientes el difícil reconocimiento de la derrota -como diría poco después en una carta desde el presidio- y la urgente necesidad de subir a la Sierra Maestra. Apenas era el comienzo de la insurrección popular. Había que convertir el revés en victoria.

Mientras los combatientes extenuados y algunos heridos intentaban salvar su vida, Marta Rojas, una estudiante de periodismo tomaba el primer vuelo Santiago – Habana, para llevar las evidencias fotográficas de la masacre cometida por los soldados de la tiranía batistiana, contra los jóvenes rebeldes. Estaba dispuesta a narrar lo acontecido en la Revista Bohemia, cuando la censura gubernamental impidió la publicación de los hechos. 

marta rojas fiel a la verdad.jpg
Marta Rojas, describiendo la verdad de los hechos

La causalidad la puso allí, de vacaciones en las fiestas carnavalescas más pintorescas de Cuba.

— ¿Te quieres ganar 50 pesos?

— ¿Qué tengo que hacer?

Panchito, el sagaz fotógrafo de la Revista Bohemia de Cuba, le ofreció a la jovencita que redactara una crónica sobre las festividades y el pie de foto de la pasión desatada en las calles de La Trocha. Justo cuando creyeron oír los cohetes chinos que emocionaban al enardecido pueblo, Panchito le confirmó -¡esos son tiros, se jodió el Carnaval!

  • “Los soldados se están fajando”, dijo alguien en la calle.

Primero los periodistas llegaron hasta el Diario de Cuba, luego a la Posta 6 del Cuartel Moncada, donde -en medio de la confusión- impidieron el acceso de la prensa hasta pasado el mediodía del domingo.

Panchito solicitó permiso para entrar al baño, mientras se alistaba el temerario Coronel Alberto del Río Chaviano, Jefe del Distrito Militar de Oriente. Al pasar, Pachito miró hacia un cubículo donde había dos mujeres. Luego se supo que quizá salvó la vida de Haydée Santamaría y Melba Hernández. Ellas fueron las dos únicas personas, entre los arrestados en el Hospital Civil Saturnino Lora, que sobrevivieron al crimen.

Lo único que no se inventó Chaviano en la conferencia de prensa, fue quién era el líder: Fidel Castro. Contó sus mentiras y leyó una nota oficial. Obviamente no esperaba las preguntas de los reporteros.

-¿Quiénes son las dos mujeres?, arremete Marta y él le responde que allí “no hay prisioneros, todos cayeron en el combate” o quizá mientras estábamos aquí, prendieron a alguien, dijo Chaviano.

1480159655 039925 1480159893 album normal.jpg

Descaradamente, apareció un teniente -Teodoro Rico- a ordenar enfáticamente que nadie podía recorrer el cuartel, porque estaban “preparando el teatro de operaciones”. La joven estudiante veinteañera, entendió claramente lo amañado del procedimiento. Estaban reconstruyendo el escenario, para sus planes oficiales.

Marta describió el periplo, como “un dramático peregrinaje por los patios, escaleras y pasillos del Moncada”. Cadáveres de personas evidentemente torturadas, sin uñas, ni dientes. Huellas de manos marcadas de sangre en la pared, balas incrustadas a quemarropa en la frente; cuerpos inertes recién vestidos de limpio y nuevo, con uniformes del ejército de Batista.

  • “¡Sin fotos!”, enfatizó el Chacal de Oriente, como conocían al Coronel Chaviano.

Panchito Cano se ladeó hábilmente tras un camión y le pidió a Marta los rollos de fotos del Carnaval, que intercambió por los que usó allí y que Marta protegió escondiéndolos, en una faja bajo su espléndida falda.

A pesar del riesgo, en la Redacción de Bohemia los esperaba el censor del Estado Mayor del Ejército, quien apenas permitió publicar una nota oficial y algunas fotos escogidas.

La vida del fotógrafo ya estaba “jurada”, por lo que le indicaron “perderse”. A Marta, quien tenía a su familia en esa ciudad oriental de Cuba, la enviaron otra vez para Santiago. “Visité los lugares relacionados con el Moncada: la Granjita Siboney, el hospital; me llegué hasta Bayamo, todo con el interés de enriquecer mi reportaje, para publicarlo cuando suspendieran la censura. Siempre iba con alguna compañerita o un amigo”.

Se acercaba la fecha del juicio a los asaltantes del Moncada, cuando su familia le dio la idea de que entrevistara previamente a los magistrados, para ganar su confianza a través de una publicación en Bohemia. Su sagacidad la colocó frente a la Causa 37, desde el 21 de septiembre, hasta el 16 de octubre de 1953.

Panchito Cano obtuvo los reportajes gráficos del asalto, por la afición fotogénica del coronel Chaviano. Cano, en aquel momento, fungía como primer teniente de la Policía Nacional, destacado en el Buró de Prensa Regimental. En sus fotos, los mártires aparecían en largas y profundas zanjas, desnudos, desfigurados por crueles torturas y asesinados. Sus rostros destruidos a culatazos, grandes agujeros en sus espaldas develaron el uso de las bayonetas de los fusiles, según relató la historiadora Nydia Sarabia.

f0116135 gr.jpg

Miguel Ángel Quevedo logró esconder al fotógrafo en su finca, después de los sucesos del Moncada. Luego el director de Bohemia lo trasladó para La Habana y le alquiló un apartamento frente a la revista. Panchito terminó enfermo y traumatizado por el hostigamiento y por lo que vio en el cuartel Moncada. Partió de Cuba al triunfo de la Revolución y poco después murió.

Hubo otros tres fotógrafos. El teniente Zenén Carabia Carrey, del Negociado de Prensa y Radio del cuartel. El fotógrafo Ernesto Ocaña, del Diario de Cuba y Fernando Chenard Piña, militante del Partido Ortodoxo, asignado al grupo que tomó la posta 3 del cuartel Moncada. Fue apresado, brutalmente torturado y asesinado.

Marta Rojas escribió 200 páginas y se las dio a guardar a Santa, la niñera de una casa de huéspedes de Marianao, en La Habana. Fue a buscarlas en la madrugada del Primero de Enero de 1959.

Miguel Ángel Quevedo, el Director de la revista Bohemia, le pidió el documento cuando Fulgencio Batista huyó para la República Dominicana. Por fin, la verdad saldría a la luz.

El programa de la Revolución, no fue otro que el alegato de autodefensa en el juicio del Moncada, que salió de un modo secreto de la cárcel.

“Hice la defensa y después –pero allí estaba Marta– tuve que reconstruirla porque allí no había un micrófono, ni nada y la reconstruí en la prisión, demás está decir –como hago con los discursos míos, estos que improviso– los reviso, si me falta algo se lo añado o lo quito”.

Así lo narró Fidel Castro. “Con jugo de limón –esa sí es la tarea del indio– en cartas que le mandara a Lidia mi hermana, Irmita unos pedacitos y después toda la hoja completa”. “Escribir en limón es difícil y que no haya habido un solo error, se requiere la concentración de una hormiga, ahí paciente y yo tenía mis técnicas de cómo ir haciéndolo, porque durante unos segundos tú ves todavía la humedad, después lo pones en una plancha, lo pones en un horno y sale completo, así se difundió el alegato: “La historia me absolverá”.

Los sobrevivientes de los asaltos a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo, el 26 de julio de 1953, fueron masacrados en su mayoría. Luego se realizó un juicio amañado a 30 combatientes revolucionarios y los privaron de libertad, destinados a la siniestra cárcel de la Isla de Pinos. La condena más severa fue de 15 años para el líder, Fidel.

El descrédito del presidente golpista Fulgencio Batista, con intentos de reelección en 1954, llevó al dictador a firmar un indulto a sus opositores prisioneros, pero no a los del 26 de Julio. Mientras tanto, las denuncias públicas y constantes manifestaciones, el activo reclamo de las madres y del pueblo, condujeron a la excarcelación de los “Moncadistas”, amenazados con la muerte o el exilio.

En un manifiesto proclamado por Fidel ese día, ratificaba que no habría descanso ni diversión, sino un camino de lucha y batallar sin tregua por una patria sin despotismo, ni miseria. “Los déspotas pasan, los pueblos perduran”, enfatizó.

Más adelante, el líder de la Revolución reflexionó sobre esa gesta. “Y aquel grupo de combatientes, los que no fueron asesinados, fuimos a parar a las prisiones con nuestros propósitos y nuestros sueños, para allí poder madurar, tras largos meses de encierro, el ideal que llevábamos dentro, el propósito que nos animó a dar la primera batalla, a persistir en nuestro objetivo a pesar de la adversidad de aquel minuto, a persistir en nuestro propósito (…)”.

En el alegato de autodefensa del joven Fidel, conocido como “La Historia me Absolverá”, explicó cuán presente estuvo el prócer José Martí en lo sucedido aquel 26 de julio. Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!

Antes del significativo hecho, con solo 27 años el líder Fidel –quien a partir de aquí desencadenó una de las más profundas revoluciones de la historia advirtió a sus compañeros: “Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos… de todas maneras ¡óiganlo bien!… el Movimiento triunfará. Si vencemos mañana se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba”.

1480159655 039925 1480159888 album normal 1.jpg

Los 135 combatientes que salieron al combate, al frente de los cuales estaban Fidel y Abel Santamaría, fueron fortalecidos por las palabras de este: “Es necesario que todos vayamos… Libertad o Muerte”.

Algunos de los asaltantes no llegaron al sitio previsto, porque se perdieron en una ciudad que les era desconocida. La guardia cosaca rompió el factor sorpresa. Ramiro Valdés entró por la Posta 3, con los del primer carro y redujo a tres militares. Al salir, una bala le atravesó un pie, cuyo plomo siguió con él hasta la Sierra Maestra. Raúl tomó el mando de las acciones en la Audiencia, cuando ya parecían perdidas; pero el asalto fracasó militarmente y Fidel ordenó la retirada.

Luego vendría el baño de sangre, el desquite. Señoreaba el crimen y los abusos en el hospital. Bajo la tiranía prevaleció la tortura, como expresión máxima de la represión institucionalizada, para instaurar el terrorismo de Estado.

Por orden de Fidel, Abel con 25 años, llevó a cabo la toma del Hospital Civil Saturnino Lora, aledaño al «Moncada», junto a otros 19 hombres (más el doctor Mario Muñoz, Haydee y Melba Hernández). Se trataba de evitar peligros mayores, de modo que si Fidel caía en el combate, fuera Abel quien lo sustituyera al mando del movimiento.

Abel fue hecho prisionero después de haber cumplido con éxito su misión de tomar el hospital y al fracasar la toma del cuartel Moncada, por fallar el factor sorpresa. Abel fue salvajemente torturado por los esbirros batistianos.

Ante el tribunal que juzgó a Fidel, este denunció: “No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que, en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumentos de exterminio, manejados por artesanos perfectos del crimen. El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte, y unos hombres indignos, convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros”.

Para esta acción fueron movilizados 158 compañeros; 111 (el 70,2 %) fueron bajas: 61 (38,6 %) perdieron la vida y 50 (31,6 %) fueron apresados; de estos últimos, 32 resultaron condenados a diversas penas de encarcelamiento. 

Si a las 111 bajas, agregamos los 17 que ante la persecución de que eran objeto tuvieron que abandonar el país, las pérdidas de efectivos del contingente se elevaron al 81,0 %.

En cuanto al grupo de diez dirigentes, el 90 % fue baja: cinco, la mitad, caídos y cuatro presos; solo uno logró escapar y salir al exilio, refirió Mario Mencía Cobas, destacado historiador y periodista.

Desde los primeros días de prisión, Fidel empezó a manejar ideas para reestructurar la organización revolucionaria, basado en la capacidad de reacción ante la adversidad que lo caracterizó.

“Hay ese momento en que todo puede ser hermoso y heroico (…). Y en ese momento una puede arriesgarlo todo por conservar lo que de verdad importa, que es la pasión que nos trajo al Moncada, y que tiene sus nombres, que tiene su mirada, que tiene sus manos acogedoras y fuertes, que tiene su verdad en las palabras y que puede llamarse Abel, Renato, Boris, Mario o tener cualquier otro nombre, pero siempre en ese momento y en los que van a seguir puede llamarse Cuba (…) “Y hay ese otro momento en que ni la tortura, ni la humillación, ni la amenaza pueden contra esa pasión que nos trajo al Moncada”, narró un día Haydee Santamaría. Había que sacudir el alma de una nación, que nunca se había conformado con vivir en cadenas.

38680 fotografia g 1.jpg

Un tiempo después, el 19 de junio de 1954, Fidel le escribió a Melba y Haydée: “Aunque parezca mentira, no siempre pensábamos igual Abel y yo, sin embargo éramos los más identificados (…) Las circunstancias distintas de hoy, no nos permiten la oportunidad de discutir como entonces todos los puntos, pero tenemos una línea trazada a la que debemos ceñirnos”.

“En Santiago de Cuba, les dije que ustedes habían ganado un lugar en la dirección del Movimiento; así lo hice constar tan pronto me reuní con el resto de mis compañeros presos y tomamos oficialmente ese acuerdo”. Continuó Fidel en su misiva: “Consideramos además en esa oportunidad que la dirección del Movimiento estaría aquí en Isla de Pinos, donde se encontraba la mayoría de los que habían dirigido la lucha y los abnegados compañeros que voluntariamente escogieron el camino de la prisión. Por tanto, cualquier acuerdo sobre puntos esenciales debía tomarse aquí. Ustedes como miembros de la máxima dirección y responsables del Movimiento en la calle, deben cumplir estrictamente los acuerdos que aquí se tomen y han de hacerlo con el celo, la disciplina que les imponen el deber y la responsabilidad de los cargos que ocupan…”.

Para Fidel no sólo continuó existiendo el Movimiento, sino que mantuvo todo el tiempo una dirigencia con un gran sentido de disciplina y responsabilidad. Demostró su disposición a continuar combatiendo a través de un programa realista, táctica inteligente y visión estratégica.
“Por la dignidad y el decoro de los cubanos, esta Revolución triunfará”, sostuvo en el manifiesto leído poco antes de partir al Moncada, ante el cual juraron luchar para desencadenar una insurrección popular, lograda con todos los sacrificios: el exilio, la Sierra Maestra, la ofensiva revolucionaria, hasta el 1º de enero de 1959.  Desde entonces, todo sería incluso más difícil.

Autor: Rosa María Fernández

Fuente: teleSUR