Gracias a la Vida
Hay temas musicales, y vidas que siempre llaman a la gratitud, aún en circunstancias adversas. Entre estos temas que reconfortan el alma y promueven el avance de ánimo y voluntad está uno salido del corazón de una mujer a la que todo el continente americano ama y respeta.
Violeta Parra con un Cuatro venezolano
9 de julio de 2026 Hora: 13:57
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(Violetas para Violeta)
Venezuela atraviesa momentos muy duros, como si un elemento cíclico estuviera cebado con el hermoso litoral central de este país suramericano y caribeño.
Hay temas musicales, y vidas que siempre llaman a la gratitud, aún en circunstancias adversas.
Entre estos temas que reconfortan el alma y promueven el avance de ánimo y voluntad está uno salido del corazón de una mujer a la que todo el continente americano ama y respeta.
Por reconocerla acudimos a ella y a su vida para entender el por qué su canto envuelve con melodía de esperanza una tragedia.
“Yo canto la diferencia/ que hay de lo cierto a lo falso/ de lo contrario, no canto” (Violeta Parra)
Una hermosa flor
“En Chile hay periódicos que no son amables conmigo: los de derecha, de la burguesía. Para ellos la palabra folclore es casi una cosa racista. Yo soy una mujer del pueblo y cada vez que me ocupo de política esas personas se enfadan conmigo. Quisieran que que fuera solamente una cantante”.
Eran palabras de Violeta Parra, la más hermosa Flor de Chile cortada por ella misma aquella desgraciada e inolvidable tarde del domingo 5 de febrero de 1967.
Folclorista y pintora, artesana, cantante y ceramista, compositora y poeta, decimista y bordadora de arpilleras ásperas, biodegradables y mágicas, Violeta Parra es uno de los ejemplos de América Latina de lo que son los poderes creadores del pueblo, como proclamaba el venezolano Aquiles Nazoa.
Violeta bordaba flores que iban más allá de las flores, conmovía hasta el llanto con la guitarra y con su voz, y lograba correspondencia entre la alegría y la tragedia. Hoy la convocamos.
Vivía desenterrando folclore para enriquecer con él las tremendas canciones que hacía y que mostraba al otro lado del mundo, como en Chile, al lado de su guitarra y sus bordados.
Violeta Parra amó, y amó mucho. Imposible limitar en ella la osadía de vivir entonces en un medio y un país que le fueron hostiles y que con los años ha intentado remediar el daño como con un complejo de culpa, que queda ahí, para la historia.
Volver a los 17. Mercedes Sosa
Violeta del campo
Nació el 4 de octubre de 1917 en San Carlos de Itahue, en el centro sur de Chile, alejada del mar Pacífico. Sus padres fueron Nicanor Parra Alarcón, maestro de escuela y músico guitarrista- violinista y de Rosa Clarisa Sandoval Navarrete, cantora, modista y tejedora.

Tan llena de hermanos y mudanzas como de escasez transcurrió la infancia de Violeta hasta que su hermano Nicanor la mandó a buscar. Ya era inspector de colegios en Santiago y bueno, la cosa no podía ser tan mala como la que ya había vivido. Nicanor tenía certeza de las potencialidades y sensibilidad de esa Violeta entonces temerosa. Estudió para ser maestra pero el estudio duró dos años porque no estando las cosas bien los hermanos (incluyendo a Hilda) decidieron cantar en tabernas. En uno de esos locales conocería a su primer esposo, el padre de Isabel.
Luis Cereceda se oponía al trabajo de la esposa pero ella, empecinada recorrió su país con una compañía de teatro, ganó un concurso de canto español y rompió con el esposo hacia 1948. Se haría entonces llamar “Violeta de mayo” y hasta algunas grabaciones haría junto a sus hermanos para la RCA Víctor.
La llegada de la década de los cincuenta significó la madurez artística de Violeta Parra. Serían esos los años en que, primero Chile y luego el mundo sabrían de la vena excepcional de esta mujer. Llegó, tras mucho buscar, a la autenticidad cultural que definiría su vida desde entonces. Estaba convencida de que en su voz “de tarro” sonaban los ecos de su pueblo, sus angustias y sus esperanzas. Esa es la Violeta que se añora todavía.
Qué dirá el santo padre
Otro amor
Hacia 1960 Violeta conoció en Chile a Gilbert Favré, músico, clarinetista de origen suizo. Se enamoraron.
“Yo me llamo Violeta Parra pero no estoy muy segura. Solo sé que el clarinete está aquí, delante de mis ojos. A lo mejor toca solo. Voy a verlo. Su madera es suave como suave es la piel de un tipo que dormía a mi lado y se lavaba los pies. ¿Es posible que un hombre se transforme en clarinete?”

Nunca se negó al amor. Violeta Parra era amor ella misma, sacando el sentimiento de las contradicciones de su vida.
Cuando estuvo en Francia las cartas a su hermano Nicanor evidenciaban la nostalgia por lo dejado y la alegría por lo vivido.
La Carta. Víctor Jara
Violeta Parra fue una cronista activa y apasionada de su tiempo y de su realidad tal y como lo señala el periodista cubano Víctor Casaus cuando Casa de las Américas pudo al fin editar bajo la tutela de Haydée Santamaría los manuscritos de Violeta de Chile.
Ella recogió las formas culturales y musicales de las regiones que visitó en su país, y logró apresar los conflictos sociales que se escondían detrás de aquellos cantos. Grandeza de los Cantores que como ella, como Alí Primera, Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Quilapayún, Gloria Martín, Carlos Mejía Godoy, Inti Illimani, Antonio Cabán Vale, Andrés Jiménez y Roy Brown de Puerto Rico, de Chico Buarque de Brasil, afirmaron siempre la identidad en la esperanza.
Decía Violeta: “El juramento jamás cumplídico es el causántico del desconténtico”.
Acerca de los originarios Chilote escribió: “No es vida la del Chilote/ no tiene letra ni pleito mientras lo acompaña en su barca/ con el pellín para calentarse del frío de los gobiernos/ que le quebrantan los huesos”.
En torno a los mineros escribió: «Cuando vide los mineros/ dentro de su habitación me dije: mejor habita en su concha el caracol/ o a la sombra de las leyes el refinado ladrón”.
En cuanto a la represión cantó: “Miren como visten cabo y sargento/ para teñir de rojo los pavimentos”. Por esas mismas razones escribió “Me gustan los estudiantes”
Me gustan los estudiantes. Los Guaraguao
Otro periplo y final
Violeta había salido de Chile y había regresado a él en junio de 1965 después de recorrer varios países mostrando su arte y recibiendo elogios por él. Así aconteció por ejemplo en Francia y en Suiza donde hasta documentales se hicieron sobre su obra.
A su regreso a Santiago estructuró la famosa Peña de los Parra y la Carpa de la Reina. Sus hijos Isabel y Ángel, así como Rolando Alarcón y Patricio Manns fueron los anfitriones de esa peña memorable, folclórica, artística, de resistencia cultural frente a quienes allanaban la Carpa y la hostigaban permanentemente.

El desencanto de a veces y la penuria material que pareció no abandonarla nunca marcaron el disparo que le quitó la vida el domingo 5 de febrero de 1967 a las 5:45 de la tarde. Tenía solo 49 años al momento de partir.
El inmenso escritor peruano José María Arguedas, quien también se quitó la vida de un disparo, escribió lo siguiente: “ Yo creo que el caso de Violeta Parra es uno de los más excepcionales e interesantes de cuántos se puedan presentar en el arte de Latinoamérica. Ella es lo más chileno de lo más chileno que yo tengo la posibilidad de sentir; sin embargo es lo más universal que he conocido en Chile, lo más genialmente individual y al mismo tiempo lo más genialmente popular. Era una fuerza que se hallaba cargada de una conciencia sumamente lúcida de su propio valer y a través de éste del valer de la calidad de todo lo que ella había buscado y encontrado en las clases populares”.
Para ella va el canto agradecido de los pueblos que saben que fue una conciencia irreductible.
Gracias a la vida
En estos momentos de dolor y también de coraje en Venezuela y en otros lugares del mundo asomamos la gratitud en su canto eterno: Gracias a la vida que nos ha dado tanto… y nos sigue dando en el olor inconfundible de una Violeta, como ninguna otra.
Autor: teleSUR: Lil Rodriguez
Fuente: teleSUR




