Óscar Arnulfo Romero a 35 años del magnicidio | Análisis | teleSUR
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El Salvador recibe con alegría beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

El Salvador recibe con alegría beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. | Foto: Reuters

Publicado 24 marzo 2015

Se cumplen 35 años del asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, un hijo del pueblo salvadoreño, “la voz de los sin voz. Un mártir latinoamericano que entregó su vida por los sueños de justicia social, paz y los derechos humanos de los pobres de la tierra.  

 

El 24 de marzo de 1980 cayó asesinado Monseñor Óscar Arnulfo Romero. El crimen quedó impune; no obstante el pueblo conocía a los responsables: la oligarquía que desde el poder empleó las Fuerzas Armadas para reprimir, asesinar y desaparecer a la oposición política, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos.

Los mismos que el día 18 de febrero destruyeron la emisora radial “YSAK- La voz Panamericana”, medio que transmitía la voz del prelado en defensa del derecho de los salvadoreños a la paz con justicia social y a la vida. El 24 de marzo, día del asesinato de Romero, en horas de la mañana, el Alto Mando Militar había declarado que el Arzobispo se había colocado fuera de la ley. En la tarde se produciría el magnicidio...

¿Por qué fue asesinado Arnulfo Romero? teleSUR te ofrece un recorrido por el legado de Monseñor Arnulfo Romero...

La conversión personal para la defensa de los pobres

Óscar Arnulfo Romero Galdámez nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel. Su padre era Santos Romero, de profesión telegrafista; su madre Guadalupe de Jesús Galdámez se dedicaba a las tareas de un modesto hogar con ocho hijos.

A sus tempranos 13 años manifestó su deseo de hacerse sacerdote. Al cumplir 19 años partió a Roma para estudiar teología donde fue educado bajo los preceptos tradicionales de la Iglesia Católica. En 1942 regresa a El Salvador tras su ordenamiento como sacerdote, tenía 19 años

En 1970 es nombrado Obispo Auxiliar de Monseñor Luis Chávez y González. Durante este tiempo conoce al padre jesuita Rutilio Grande, quien habría de contribuir a su comprensión de la vida de los pobres de El Salvador.

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En 1977 es nombrado Arzobispo de San Salvador, cargo máximo en la jerarquía eclesiástica de ese país, al cual no se accedía a menos que se contara con el beneplácito de los sectores conservadores de la sociedad salvadoreña.

A dos semanas de haber asumido el cargo, el 12 de marzo de 1977, es asesinado el P. Rutilo Grande junto a dos campesinos. Este hecho habría de impactar la conciencia de Romero para erigirse como “la voz de los sin voz”, un apostolado en defensa de los pobres, víctimas de la represión gubernamental.

Lo que no se esperaban es que la muerte de un cura suscita tempestades, suscita primaveras (…) No han triunfado sobre él... La Iglesia no puede estar ausente en esa lucha de liberación; pero su presencia en esa lucha por levantar, por dignificar al hombre, tiene que ser un mensaje, una presencia muy original, una presencia que el mundo no podrá comprender, pero que lleva el germen, la potencia de la victoria, del éxito.”

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Del conservadurismo a la Doctrina Social de la Iglesia para la Revolución

A partir de este trágico evento se apoya en la Doctrina Social de la Iglesia forjada durante el Concilio Vaticano II, la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla y el Encuentro de Medellín, durante los cuales se produce una revisión del papel de la Iglesia Católica y se orienta su opción por los pobres.

...un evangelio que no tiene en cuenta los derechos de los hombres, un cristianismo que no construye la historia de la tierra, no es la auténtica doctrina de Cristo sino simplemente, instrumentos del poder. Lamentamos que algún tiempo nuestra Iglesia también haya caído en ese pecado pero queremos revisar la actitud (...) no queremos ser juguete de los poderes de la tierra sino que queremos ser la Iglesia que lleva el evangelio auténtico, valiente de nuestro Señor Jesucristo, aun cuando fuera necesario morir como Él, en una cruz.” (27/11/77)

Una crítica al rol de la jerarquía católica que se había prestado al juego del poder y cuestionaba el clamor popular de justicia y fin de la pobreza y la represión. Durante su homilía del 12 de diciembre de 1977 explicaría los contenidos de la Iglesia de los pobres que defendía:

Una Iglesia que redime al continente latinoamericano, con la potencia del Evangelio pero con característica propia, caracterizada por: 
1º. El espíritu de pobreza
2º. Su inserción en la historia de nuestros pueblos
3º. La unión inseparable entre la evangelización y la promoción.

Romero no pensaba sólo en satisfacer las necesidades inmediatas de los pobres, o en programas asistencialistas para solventar coyunturalmente la crisis. Su concepción reconocía estos problemas en toda América Latina.

No habrá un continente nuevo en América Latina con sólo cambiar estructuras, con sólo dar leyes, con sólo reprimir por la fuerza. Eso es sembrar más la dificultad. Sólo puede haber un continente nuevo, un pueblo nuevo, con hombres nuevos”. (4/12/77)

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La Revolución y el socialismo en el pensamiento de Arnulfo Romero

El proyecto social de Monseñor Romero parte de un análisis de la situación salvadoreña y de los modelos de desarrollo propuestos. En enero de 1980 identificaba por lo menos tres proyectos económicos-políticos en pugna:

a) El proyecto oligárquico que “pretende emplear todo su inmenso poderío económico para impedir que se lleven adelante reformas estructurales. Según Romero este modelo se pretendía imponer mediante “presiones económicas, políticas y aún con la violencia, mantener la actual estructura económica-oligárquica evidentemente injusta y que ha llegado a ser insoportable”.

b) El proyecto gubernamental promovido por las Fuerzas Armadas y el Partido Demócrata Cristiano, “incapaz de aglutinar a los sectores, organizaciones populares, y se ha dedicado más bien a reprimir y masacrar indiscriminada y desproporcionadamente a los campesinos y otros sectores del pueblo...

c) El proyecto de las organizaciones populares y político-militares; forjado en la “unidad de las organizaciones democráticas, personas progresistas, pequeños y medianos empresarios, militares consecuentes” para la democracia y la justicia social. Proyecto popular, según sus propias palabras.

Uno de los ejes de su discurso estaba relacionado con la necesidad de alcanzar la paz. Así afirmaba que,

...la raíz de toda violencia, de todo terrorismo, es la injusticia social de los pueblos, y que es un deber hacer funcionar las estructuras de un país para lograr el bien de todos. ... Que hay unas estructuras que no funcionan en este bien común, es necesario, pues, cambiarlas.” (29/01/78)

Para esto era necesario hacer la Revolución que definía como, “sub-vertir el orden moral que domina el mundo. El mundo no dice: ¡Dichosos los pobres! El mundo dice: ¡Dichosos los ricos!, porque tanto vales, cuanto tienes. Y Cristo dice: Mentira, ¡Dichosos los pobres!, porque de ellos es el Reino de los Cielos...

Hacer la revolución no es matar a uno que otro hombre porque sólo Dios es dueño de la vida. Hacer la revolución no es hacer pintas en las paredes ni gritar desaforados en las calles. Hacer la revolución es reflexionar proyectos políticos que estructuren mejor un pueblo justo y de hermanos...” (27/01/80)

Una Revolución contra la propiedad privada excluyente; citando a Pablo VI recordaba, “La propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto, no hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario”.

Un socialismo que es para él, “la realización de un evangelio de justicia social en el mundo" (9/12/79)

El Hombre Nuevo, la organización y la participación popular

Monseñor Arnulfo Romero sabía que el camino de la transformación debía recorrerlo el pueblo salvadoreño y latinoamericano, a partir de la organización. El rol de la Iglesia consistía en educar a los sujetos del cambio, acompañar el proceso organizativo y participar en la defensa de ese derecho fundamental a la vida feliz.

Tiene que proponer la Iglesia, entonces, una educación que haga de los hombres sujetos de su propio desarrollo, protagonistas de la historia. No masa pasiva, conformista, sino hombres que sepan lucir su inteligencia, su creatividad, su voluntad para el servicio común de la patria. (...) No esperar que se lo hagan todo, sino ser él un protagonista, poner su granito de arena en esta transformación de América.” (22/01/78)

Predicaba a sus feligreses uno de los postulados más importantes del Encuentro de Medellín, “De nada sirve cambiar estructuras económicas, sociales, políticas, de nada sirven estructuras nuevas si no hay hombres nuevos... Un pueblo desorganizado es una masa con la que se puede jugar, pero un pueblo que se organiza y defiende sus valores, su justicia, es un pueblo que se hace respetar.”

La llamada a forjar estas transformaciones es la juventud, pero no la juventud cronológica, sino la de “gente madura” que siempre renueva su fe y su lucha por un mundo mejor, por el bien común que es base de la doctrina cristiana. 

Valor para la lucha por el futuro

Pero había que vencer la represión de la oligarquía que pretendía inmovilizar por medio del terror a los salvadoreños. Y ese terror nace de la oligarquía,

La oligarquía, al ver que existe el peligro de que pierda el completo dominio que tiene sobre el control de la inversión, de la agro-exportación y sobre el casi monopolio de la tierra, está defendiendo sus egoístas intereses, no con razones, no con apoyo popular, sino con lo único que tiene, dinero que le permite comprar armas y pagar mercenarios que están masacrando al pueblo y ahogando toda legítima expresión que clama justicia y libertad… Por eso estallan todas las bombas manejadas bajo ese signo: la de la UCA. Por ello también, han asesinado a tantos campesinos, estudiantes, maestros, obreros, y demás personas organizadas.

Como parte de su estrategia para vencer el terror emprendió una cruzada desde la radio y con cartas directas para:

1.- Tratar de frenar el apoyo estadounidense al Gobierno y las Fuerzas Armadas en su política represora contra los salvadoreños; para esto dirigió una carta al presidente de ese país en la que reivindica con el espíritu de Puebla, “La legítima autodeterminación de nuestros pueblos que les permita organizarse según su propio genio y la marcha de su historia y cooperar en un nuevo orden internacional...

2.- Enfrentar a los militares:

“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejercito, y en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles- Hermanos, son de nuestro mismo pueblo... Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios... Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla... En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión...!

Conocedor de la historia del fundador del cristianismo y de los mártires que se han inmolado en defensa de los intereses de la mayoría sabía que debía infundir valor a los salvadoreños para la lucha.

Cristo nos invita a no tenerle miedo a la persecución porque, créanlo hermanos, el que se compromete con los pobres tiene que correr el mismo destino de los pobres. Y en El Salvador ya sabemos lo que significa el destino de los pobres: ser desaparecido, ser torturados, ser capturados, aparecer cadáveres...

En su prédica del 24 de febrero de 1980 anunciaba que había sido amenazado.

“... esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana. Pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya…”

Vea: El asesinato de Monseñor Romero contado por la prensa
 

La orden había sido dada; la CIA estadounidense había preparado el “Plan Modelo contra la Iglesia Latinoamericana”, un documento que contemplaba la eliminación física de los sacerdotes “molestos” que cuestionaba el orden injusto existente en la región.

Los sicarios cumplieron la fatal orientación el 24 de marzo de 1980. Romero es asesinado durante una ceremonia religiosa. Su sepelio también fue reprimido con un saldo de 40 muertos y 200 heridos. La multitud de más de 100 mil personas que acompañaban el féretro fue tiroteada por las fuerzas de seguridad del Estado.

Pensaron que con la muerte había callado la voz de Monseñor Romero.. Pero como dijera a su pueblo, “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

Y la lucha continúa…

People march through San Salvador holding a banner commerorating Oscar Romero

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