Sanjinés: Las tardes de domingo que cambiaron al cine boliviano

Una de las experiencias que Jorge Sanjinés, en ese entonces con 17 años, más lamentó perder al dejar Lima, fueron los domingos de cine, en la tarde, a dónde acudía, invitado por un amigo de su padre Genaro, que en esa época estaba convaleciente del corazón.

whatsapp image 2026 08 01 at 22 10 05 1

El cineasta boliviano Jorge Sanjinés. Foto Iván Canelas Lizárraga


2 de agosto de 2026 Hora: 03:00

    🔗 Comparte este artículo

  • PDF

“Walter Villagomez, era un gran conocedor del cine y disponía de conocimientos impresionantes. Por ejemplo, me llevó a ver El ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica) y Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini), ambas consideradas máximas exponentes de neorrealismo italiano, era 1958, y en esa experiencia, escuchando las opiniones de Don Walter, me di cuenta que se podía hacer cine sin actores famosos, en las calles y en el campo. Realmente creo que esa experiencia abrió las puertas de mi interés para ser cineasta”.

Este y otros pasajes de su vida, fueron narrados por Jorge Sanjinés, ante un auditorio lleno, en el homenaje que le hiciera la Cinemateca Boliviana, pocos días antes de este 31 de julio pasado, cuando cumplió 90 años.

whatsapp image 2026 08 02 at 09 25 36 1
Actividad en Cinemateca Boliviana. Foto Iván Canelas Lizárraga

El maestro Sanjinés o Don Jorge, como hoy se le dice respetuosamente, contó que tuvo que dejar de vivir en la capital peruana por la grave situación de salud en la que estaba no sólo su papá, sino él mismo.

“Caí enfermo de progeria (una rara enfermedad genética), y pude escuchar desde el dormitorio, lo que en el pasillo le dijo el médico a mi padre: Tenga fortaleza señor, su hijito no pasará de esta noche. Cuando mi padre entró a la habitación con los ojos llorosos, le dije: no te preocupes papá, escuché la pesimista opinión del galeno, yo no voy a morir esta noche, lo que tenemos que hacer es irnos a vivir a Arequipa, que tiene un clima seco como el de La Paz y sin la humedad”.

Y así, los augurios sobre el final de su vida, se fueron repitiendo a lo largo de ésta, por todas las veces que el poder decidió enfrentarsele, por “culpa” de sus películas, transgresoras, rebeldes y llenas de denuncias, sobre las complejas contradicciones que Bolivia continúa arrastrando desde antes de su creación.

Según contó, el jovencísimo Sanjinés vivió una larga temporada en Lima, donde trabajó vendiendo billetes de lotería y de obrero en una fábrica, ello, para ayudar a Don Genaro, con las medicinas que necesitaba para su corazón. Era el acompañante de su padre en el exilio, que a su vez, se vio obligado a salir de Bolivia, por haber acogido a dos amigos ultraderechistas en su propia casa, quienes renegaban por las profundas reformas que en la década de los 50 llevaban adelante las organizaciones sociales junto al gobernante Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). “Paradójicamente mi padre apoyaba esas reformas, pero también se vió obligado a ayudar a sus amigos de la infancia. Bolivia estaba pasando de ser un país latifundista a uno más democrático”, narró.

whatsapp image 2026 08 02 at 09 25 36 2
Parte del auditorio en la actividad en Cinemateca Boliviana: Foto Iván Canelas Lizárraga

“A veces en la vida, una situación que se presenta como mala no lo es del todo, yo acompañaba al exilio a mi padre y Walter Villagómez también estaba en Lima por las mismas razones. Quien diría que ese viaje obligado cambiaría mi vida”, sentenció.

El contexto personal y político en que se desarrolló su estadía en el Perú, no sólo le dejó un interés cada vez más creciente por contar historias en la gran pantalla, sino que en ese país, también conoció la obra de José Carlos Mariátegui, cuando ya en Arequipa, se rodeó de dos jóvenes “muy versados en literatura revolucionaria”, quienes le presentaron el libro: “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928)”, obra de referencia para la intelectualidad del continente y a la que Sanjinés agradeció, por haberle introducido en su pensamiento, “el respeto a la culturas originarias”, piedra angular de su obra como cineasta.

whatsapp image 2026 08 02 at 09 25 36 4 1

Tras su regreso al país, no encontró dónde estudiar cinematografía. Así que se decidió por Filosofía y letras en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, pero luego se enteró que en la ciudad de Concepción, en Chile, se dictaría un curso de cinematografía de tres meses, al que acudió, quedando sorprendido de que uno de los disertantes, era el arquitecto boliviano Lisimaco Gutiérrez, famoso por ser un gran conocedor del séptimo arte.

En el marco de las actividades del curso, Sanjinés ganó un concurso para filmar su cortometraje llamado: “El Poroto”, la historia de un niño pobre, que había perdido a su madre y buscaba burlar la vigilancia en un parque, para “robarse” flores para su tumba. La música, con una guitarra, la puso Violeta Parra, “que en esa época no era tan famosa”. Sin embargo, el film que estaba custodiado por Lisimaco Gutiérrez, se perdió para siempre, tras que años más tarde, fuera asesinado en la dictadura de Hugo Banzer.

En esa época, una de las experiencias que más le marcaron, fue su permanencia, por varias semanas, en una comunidad aymara, donde no sólo comprobó lo que decía Mariátegui en una sus obras, sino, que además vio de primera mano, el desarrollo de una cultura que practicaba la “colectividad”. “Me di cuenta de la extraordinaria fraternidad en que vivían, que el llamado jilata o jefe de la comunidad no ordenaba nada a nadie, todos pensaban en que primero estamos nosotros y luego el yo”.

whatsapp image 2026 08 02 at 09 25 36 3
El cineasta Jorge Sanjinés narra su experiencia en la sala de cinemateca Boliviana. Foto Iván Canelas Lizárraga

Tras esta colección de experiencias, que serían el germen que convertirían a Jorge Sanjinés en el gran maestro del cine nacional y latinoamericano, lo demás ya es historia conocida: sus 12 largometrajes filmados entre 1966 y 2020, sus cortometrajes, desde El Poroto de 1957 a Aysa en 1965, además de sus guiones, textos y libros, y la obtención para Bolivia del mayor galardón internacional que una película nacional haya conseguido, cuando en 1989, le fue otorgada la Palma de Oro del Festival de San Sebastián por la imprescindible, “La Nación Clandestina”.

Y para más paradojas de la vida, el día de su homenaje, en la histórica Cinemateca Boliviana, don Jorge Sanjinés, interrumpido en su discurso a cada momento por los aplausos de un auditorio abarrotado, no mencionó los premios, ni los festivales, ni las películas que marcaron el cine latinoamericano, sino, que recurrió a los domingos en Lima, al amigo de su padre que hizo de maestro y al momento mismo de su nacimiento en el cine.

Fueron los domingos en la tarde, a sus 17 años, delante de una pantalla y con la compañía y generosidad de un hombre ajeno a su familia, pero preocupado por él, donde aprendió que las calles, que el campo y que los “condenados de la tierra”, como Frantz Fanon llamó a las víctimas del sistema colonial en todo el mundo, también pueden y deben ser protagonistas.

Autor: Iván Canelas Lizárraga

Fuente: TeleSUR