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La complicidad de los medios ayer y hoy

| Foto: Archivo

Publicado 22 marzo 2016
De cómplices y aplaudidores de la dictadura a promotores de la teoría de los dos demonios, tras cuatro décadas, los medios hegemónicos, operadores por excelencia en la conciencia social, siguen estando en la vereda de enfrente del pueblo y la lucha por los derechos humanos.

En 2001 se hizo famosa aquella frase pintada con aerosol en las calles argentinas: “Nos están meando y los medios dicen que llueve”. Si hubiera que aplicarla al rol de la mayoría de los grandes medios de 1976 en adelante, se podría reformular “Nos están desapareciendo y dicen que jugamos a las escondidas”.

“Las Fuerzas Armadas asumen el poder; detúvose a la Presidente”, anunciaba La Nación en su tapa el 25 de marzo. “Nuevo gobierno”, afirmaba Clarín, sin decir quiénes o cómo habían llegado allí. Quisieron mostrar cierta “naturalidad” en los acontecimientos. Vale mirar con atención cómo las condiciones para el golpe cívico-militar fueron instaladas desde antes del 24 de marzo.

Pero no se quedaron ahí. Así como con los secuestros, las torturas y las desapariciones, como con las medidas económicas, políticas y culturales, el silencio, la justificación y la repetición acrítica del discurso de las fuerzas armadas fue lo que predominó en los medios. El régimen necesitaba quienes lo legitimen, le den posibilidades de existir y aire para accionar. Los medios gráficos fueron, entonces –salvo honrosas excepciones–, cómplices del genocidio.

Allí estaba La Nación, histórico diario de expresión de las clases dominantes argentinas, oligárquico casi de nacimiento, exultante –con su sobrio estilo propio– con la “lucha antisubversiva” y, al menos en un primer momento, defensor sin matices del plan económico. Clarín, que por entonces tenía una línea marcadamente desarrollista, también apoyó la represión y la dictadura, pero marcó cierta distancia con el plan económico de Martínez de Hoz. A ninguno de los dos medios le tembló el pulso para hacerse con las acciones de Papel Prensa ni para vivar el triunfo mundialista ni tratar de “antiargentinas” a las denuncias por violaciones de los derechos humanos.

En Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso, Eduardo Blaustein y Martín Zubieta aseguran que el periodismo de la época dejó de hacer las dos preguntas más significativas: por qué y cómo. Está claro que Clarín y La Nación no han sido los únicos medios que apuntalaron el silencio y la aceptación social de la dictadura (basta con mencionar al entonces masivo La Razón, Crónica, Revista Gente, entre otros), pero su rol en la actualidad los coloca en un lugar destacado para el análisis.

Es desde sus mismas páginas que defendieron los indultos de Menem y reivindicaron, desde la vuelta de la democracia, la teoría de los dos demonios. La Nación, en un artículo editorial de 1989, afirmaba: “Los acontecimientos iniciados por el terrorismo ideológicamente comprometido con la extrema izquierda –y ese carácter de haber sido el iniciador del drama desatado no puede ignorarse– y los que siguieron, a raíz de una metodología represiva que no atendió como era menester principios éticos insoslayables, dejaron huellas imborrables en la memoria de los argentinos”. “La acción subversiva trajo consigo la represión y se conformó un círculo de hierro cuya lógica final no era sino la matanza entre hermanos”, decía Clarín en 1990.

Si el periodismo “es la primera versión de la historia”, como sintetizaba el ganador del premio Pulitzer Bill Kovachs, el accionar de los medios de comunicación es la usina de construcción de los relatos sobre el pasado y el presente. Lo dicho y lo silenciado intenta convencer a la sociedad y dialogar con el poder político en un único acto. Es así que desde la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, las posiciones editoriales se tornaron más moderadas y tácticas en este tema (no en tantos otros), sabiendo que el contrato de credibilidad y confianza de la sociedad con los medios se había roto o por lo menos ajado.

Juzgar a los genocidas, reivindicar la militancia setentista, destruir el concepto de “inocencia” de las víctimas para construir el de plan sistemático de secuestro, tortura, desaparición y apropiación de niños y niñas, tal como organismos de derechos humanos y organizaciones políticas y sindicales habían sostenido a lo largo de las décadas, fue un simbronazo que desplazó la verdad mediática sobre lo acontecido en la dictadura como discurso único a nivel masivo.

Clarín, convertido en grupo multimediático y decidido a ser un actor político y empresarial de peso, supo leer que el público policlasista a quien se dirigía ya no compraba acríticamente. La Nación, en cambio, con un arraigo mucho más firme en las clases altas y media altas, sectores agrarios, eclesiásticos y castrenses, sostuvo –y sostiene– su mirada sobre la dictadura, los juicios de lesa humanidad y los derechos humanos en general.

En 2007, el centenario diario se sinceraba contra la decisión de la Corte Suprema de anular el indulto a un miembro del ejército: “Desde esta columna editorial, hemos sostenido en reiteradas ocasiones, frente a la violencia de los años 70, la necesidad de encaminarnos hacia una reconciliación nacional, que por ahora no parece fácil. Pero si se fragmenta caprichosamente la realidad, si la memoria y las lecciones del pasado no son asumidas de manera integral, sino como una forma de obtener venganza y prolongar los conflictos, sólo lograremos retroalimentar odios y aquella ansiada reconciliación estará cada vez más lejos”.

A fines de 2015, el periódico fundado por Bartolomé Mitre volvió a la carga. En la nota editorial titulada “No más venganza”, publicada un día después del triunfo de Mauricio Macri en el balotaje,  insistió con la estigmatización de la militancia de aquella época y abogó por la prisión domiciliaria y el ablandamiento de las penas contra los genocidas. El rechazo fue tan grande que los trabajadores del propio diario alzaron su voz, junto con decenas de referentes de la lucha por los derechos humanos y dirigentes políticos.

Pero aun con esa contundente reacción, necio sería pensar que la batalla cultural por definir qué pasó en la dictadura, qué responsabilidades les cabe a militares, empresarios, curas y los distintos miembros de la sociedad civil que fueron partícipes, apoyaron o corrieron la mirada del genocidio que ocurría en nuestro país, está ganada. Sostener la mirada crítica sobre el rol de los medios de comunicación ayer, es parte crucial de comprender y cuestionar la construcción de relatos hoy y, como militantes populares, darnos las herramientas para influir en ellos.

**Publicado en Periódico Cambio, N°35


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