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Impeachment, el chantaje de un opositor
Publicado 25 marzo 2016



"No pasarán"

Es muy triste que hoy se cumplan 40 años del golpe de Estado en la Argentina, y al mismo tiempo debemos estar muy alegres de que ahora los argentinos tengan un sistema democrático.Los golpes cambian sus características con el correr de tiempo; si hoy hubiera un golpe en este Brasil democrático, sería un tipo de golpe institucional.

Esa fue la primera respuesta de la presidenta Dilma Rousseff durante una entrevista de casi 100 minutos ofrecida ayer en la amplia mesa de madera circular de su despacho del tercer piso del Palacio del Planalto. Dilma está sentada junto a una pared blanca en lo alto de la cual hay un escudo brasileño. Pide que enciendan el aire acondicionado, si no, nos vamos a freír, mientras los asistentes ofrecen jugo de naranja natural. Es una mañana calurosa, característica del otoño brasiliense: lo atípico es que hasta el inicio del encuentro no se vieron grupos hostiles al gobierno y la democracia merodeando el palacio, que ha sido hostilizado casi a diario con consignas que van desde el “impeachment ya” hasta S.O.S fuerzas armadas .

“Nosotros tuvimos golpes militares en América Latina en aquellos años 70, ahora no se dan esos golpes, ahora tratan de romper el delicado tejido democrático… alimentan la intolerancia… buscan romper el pacto (social) basado en la Constitución de 1988, en la cual se afirma que no se puede deponer a un presidente de la república legítimamente electo, salvo que se pruebe que cometió crimen de responsabilidad (en el ejercicio del mandato). Si no hay pruebas contra mí (para sustanciar el impeachment, juicio de destitución), esto es un golpe, golpe contra la democracia”, reforzó la mandataria ante una pregunta de La Jornada, el único diario latinoamericano que participó en el encuentro junto The New York Times, Le Monde, El País, The Guardian y Die Zeit.

En una democracia tenemos que reaccionar de forma democrática. Recurriremos a todos los instrumentos legales para dejar claras las características de este golpe. Pero yo les recomiendo que se pregunten: ¿quiénes se beneficia con todo esto?

Antes de la entrevista, mientras subíamos del segundo al tercer piso del palacio por una rampa helicoidal (con la firma del arquitecto modernista Oscar Niemeyer), la misma por la que Lula y Rousseff descendieron el jueves pasado, cuando aquél fue puesto en funciones de ministro, un asesor habla del carácter aguerrido y optimista de la presidenta a medida que se cierra el cerco para destituirla. El funcionario admite ser menos optimista que su jefa.

Bastante delgada a fuerza de andar en bicicleta por las mañanas y el estrés de enfrentar una conspiración por día, Dilma Rousseff no tiene el semblante de alguien abatido. Al contrario, viste una blusa guinda y negra, completada con una gargantilla dorada, poco maquillaje, pintura en los labios, pero no en la uñas.

No renunciaré

Cuando se la indaga sobre la posibilidad de que renuncie al cargo alza la voz y responde mirando con firmeza.

Asegura que los enemigos del gobierno subestiman su capacidad de enfrentar las adversidades.

“Ellos piensan que yo estoy completamente afectada, presionada, desestructurada, y no lo estoy, es verdad que no lo estoy. Yo tuve una vida muy complicada, tenía 19 años (inicio de la década del 70, militaba en una organización armada) cuando estuve tres años presa. Acá la prisión no era nada leve, era muy pesada.

“Entonces, si uno compara, verá que yo ya luché en aquella época en condiciones mucho más difíciles que las de ahora que estamos en democracia. Esta situación es más segura. Yo voy a luchar, no voy a renunciar; para sacarme de acá van a tener que probar (que hubo violación de la ley). Por eso digo que tenemos que reaccionar, por eso la consigna de la gente que me apoya es ‘no va a haber golpe’”.

Impeachment

Esta semana la oposición logró avanzar a paso redoblado hacia el impeachment que algunos estiman podría tener una votación inicial en mayo o junio, lo que daría paso al debate en el plenario de diputados.

El ímpetu de sus adversarios no parece amilanar a la jefa de Estado, quien asegura que ese proyecto de juicio político nació como el chantaje de un opositor, Eduardo Cunha, quien busca salvar su suerte política y judicial agravando la crisis hasta límites insospechados.

Recuerda que el impulsor del impeachment y jefe de diputados, Cunha, es el titular de varias cuentas comprobadas en Suiza en las que fueron depositados 5 millones de dólares de posibles sobornos cobrados para mediar contratos en Petrobras.

Y añade que desde que comenzó su segundo gobierno, en 2014, como parte de lo que considera una campaña para derrocarla con acusaciones insustentables, he sido investigada debida e indebidamente por la prensa y por todo el mundo. Pueden investigarme al derecho y al revés, que no van a encontrar nada.

El impeachment es “legalmente muy débil… no tengo sentimiento de culpa. En fin, aquí en Brasil te detienen por tener perro y por no tenerlo, así que no sé cuál es la respuesta correcta. Seguro que me critican por no deprimirme. Y duermo muy bien. Me acuesto a las 10 de la noche y me levanto a las seis menos cuarto de la mañana”.

Palacio sitiado

Vallas reforzadas, agentes de seguridad apostados en puntos estratégicos de la Plaza de los Tres Poderes, en el centro de la ciudad, y controles de metales más exhaustivos para ingresar a la sede de una administración que, sitiada, se atrinchera en defensa de la democracia. No pasarán, garantiza la jefa del gobierno, asumiendo que el gigante sudamericano está ante una eventual guerra política de descenlance incierto.

Tanto ella como su compañero Luiz Inacio Lula da Silva, el mayor líder político del país, cayeron en cuenta de que el campo opositor –jueces, medios, banqueros y partidos conservadores– desde comienzos de marzo evolucionó de una fase desestabilizadora, en la que se combinaban obstrucciones parlamentarias con denuncias aparatosas, al golpismo sin ambages.

En este ascenso del complot destituyente creció el protagonismo del juez Sergio Moro, una suerte de templario que se exhibe batiendo su espada (mediática) contra la corrupción, cuando la verdad seca es que lo mueve una ambición menos jurídica que política: la de cazar a Lula, con métodos ilegales, para así dar el tiro de gracia al gobierno.

El 16 de marzo ese magistrado de primera instancia interceptó una llamada de Lula y Rousseff, la que un par de horas depués entregó a la cadena opositora Globo. Con una edición de esa grabación, superpuesta a otras pinchaduras facilitadas por el juez, Globo agitó a la audiencia y la incitó a volcarse a las calles, generando otra noche de furia.

Hay sectores que, montados en la efervescencia del público antidilmista, estimulan la violencia, la agresión a los ministros (en restaurantes y aviones), a diputados; eso tiene un nombre, eso se llama fascismo, sostiene la presidenta del Partido de los Trabajadores.

Miembros del gabinete consideran que esa intercepción de la llamada telefónica ordenada por Moro el 16 de marzo no fue sólo una espolada para excitar a los sectores más radicalizados de la oposición; con ella también buscó impedir que Lula asumiera al día siguiente su cargo de ministro. Y lo logró, porque otro magistrado opositor determinó la suspensión del nombramiento del ex presidente, que deberá aguardar hasta la semana próxima para saber si la Corte lo autoriza a ocupar un sillón en el Planalto.

El muy mediático Moro, a quien la cadena Globo trata con igual aprecio que a los galanes de sus telenovelas, asegura que en esa conversación Rousseff y Lula pactaron adelantar el nombrambiento de éste como ministro para que obtenga fuero ante el escándalo de Petrobras.

Dilma consideró descabellada la posición de ese magistrado, al que le reprochó ser parte de la estrategia de cuanto peor mejor, pergeñada por la oposición. La intercepción telefónica es algo inaceptable, El juez tiene que ser imparcial, no puede jugar con las pasiones políticas.

Salvador de la patria

Rousseff repasa las recientes protestas multitudinarias de la oposición y el oficialismo, algo menores, pero en las que ambas partes mostraron su capacidad de movilización.

Acepta que hubo multitudes, pero que aun así los movilizados no llegaron ni a 2 por ciento de la población total brasileña.

Una de las curiosidades del alzamiento neoconservador es que en las protestas contra el gobierno también se hostiliza a la mayoría de la dirigencia partidaria opositora.

En el acto más concurrido, realizado el 13 de marzo, cuando hubo 500 mil personas en San Pablo, la concurrencia enardecida, mayoritariamente blanca y de clase media, además de exigir la caída de Dilma, no permitió que tomaran la palabra Aécio Neves y Geraldo Alckmin, dos presidenciables del opositor Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB).

El único personaje ovacionado en la Avenida Paulista, centro de San Pablo, fue el juez Sergio Moro, quien presume de llevar adelante en Brasil un proceso similar al mani pulite (manos limpias) italiano, de los años 90.

“Me preocupa el discurso contra la política… que puede dar paso a un salvador de la patria”, concluye Rousseff.

Fuente original >> La Jornada Impeachment, el chantaje de un opositor


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