La cita de cada jueves con la dignidad argentina
El gobierno argentino quita financiamiento a los grupos de derechos humanos cincuenta años después de la dictadura militar, mientras promueve un relato revisionista de los crímenes de la Junta Militar (1975-1978)
Estela de Carlotto
1 de abril de 2026 Hora: 15:50
🔗 Comparte este artículo
La dictadura militar funcionó con el respaldo del gobierno de Estados Unidos, de los principales medios de comunicación privados, influyentes grupos de poder civil, económico y eclesiástico.
Los profundos recortes en el presupuesto federal realizados por el presidente Javier Milei, tras su toma de posesión hace tres años, han perjudicado el compromiso del país con la verdad y la justicia. Sin embargo el mensaje reciente fue claro, mientras el gobierno insiste en la “memoria completa”, la sociedad argentina vuelve a movilizarse masivamente con la consigna “que digan dónde están”.
El complejo militar situado en el corazón de Buenos Aires es donde hace medio siglo miles de argentinos fueron torturados y desaparecidos durante la dictadura militar. Muchas personas yacen en fosas comunes secretas o fueron arrojadas vivas desde helicópteros, por lo que se desconoce el número exacto de víctimas. El cálculo aproximado de los grupos de derechos humanos ubica la cifra en 30.000 desaparecidos.
Cuentan los trabajadores de ese Memorial, que se han despedido a muchos miembros del personal. Ya no funcionan los proyectores donde podías ver rostros de los generales de la Junta, que generaban horror y reflexión. El centro cultural del yacimiento está cerrado y el museo del lugar ya no funciona tres días a la semana. Poco a poco se esfuerzan por imponer el silencio sobre la memoria.
El intento de cambiar el relato.
Mientras los familiares siguen buscando los cuerpos de los desaparecidos y claman por la vida de al menos 300 niños que los militares les robaron a las mujeres que parían en cautiverio -a menudo sus hijos fueron criados por los supervisores de la represión- se enfrentan a un gobierno que resta financiamiento a las instituciones encargadas de las búsquedas.
Cada paso del gobierno de Milei socava los cimientos de la democracia argentina, lo que repercute como amenaza sobre el pacto social erigido a favor de los derechos humanos. De forma consistente intentan cambiar el relato de rescatar la memoria histórica, por uno revisionista de la dictadura.
Milei describió los crímenes de la dictadura militar como “excesos” en medio de una guerra. Sostiene que durante décadas la izquierda ha distorsionado la historia de la dictadura, haciendo demasiado hincapié en los crímenes de Estado e ignorando la violencia de los grupos guerrilleros políticos de izquierda.
La Universidad de Buenos Aires ha realizado una encuesta (Pulsar.UBA) y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), donde el 71 % de los consultados tiene una visión negativa de la dictadura y el 70 % apoya la continuación de los juicios por causas de lesa humanidad. No existieron motivos que justificaran la intervención militar, dijo un 63 % de los encuestados. El 32 % sostiene el discurso de Milei: fue una lucha contra el terrorismo en la que hubo “excesos”.
El gobierno actual dejó de financiar a varios grupos como las Abuelas de Plaza de Mayo fundado por familiares de desaparecidos, comenzó por disminuir el desempeño de la Subsecretaría de Derechos Humanos y recortó su subvención.
Milei dice que fueron unos 9000 desaparecidos y eso al parecer ‘le basta’, basado en un informe preliminar realizado por una comisión gubernamental en 1984. Tras las elecciones presidenciales calificó de “estafa de los derechos humanos” y acusó a una dirigente de Abuelas de Plaza de Mayo de ser “totalitaria”. Ya en el gobierno, redujo la participación de su administración en los juicios contra los acusados implicados en la dictadura. Igualmente despidió a casi la mitad del personal de un organismo gubernamental creado para ayudar a encontrar a los niños robados a los desaparecidos y hace hincapié en los crímenes de la guerrilla.
Para ello funciona en equipo. ‘Sobresalen la vicepresidenta Victoria Villarruel, pionera de la farsa de la “memoria completa” (reacción contra la política de memoria de Kirchner y que reivindica a los represores porque estaban “en guerra”); ideólogos fascistoides como Agustín Laje (que blanquea a la Junta y asume que sus crímenes son justificables, o, acaso, excesos), o alienta a que, de plano, descendientes de represores, como Ricardo Bussi en Tucumán, se sumen a la imagen de Milei (por algo será)’; dice Héctor Alejandro Quintanar en su artículo: ‘Argentina y el último golpe de Estado: 50 años son nada’.
‘Hoy Milei y su coro contra “zurdos de mierda” rompen el vital consenso del “nunca más” y tuercen la historia, como si los victimarios de 1976 fueran los agraviados por una herida abierta por ellos mismos hace 50 años que, como decía el tango, no son nada, mientras la febril mirada del gobierno argentino busca, en las sombras de la mentira, cómo redimir una dictadura que nunca hallará justificación en la realidad’, concluye el también autor del libro ‘Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional’.
La administración de Milei le ha dado aires a la tesis de los dos demonios, según la cual el Estado cometió excesos en su autodefensa de los «subversivos» que cometían acciones terroristas contra la fuerza pública y personas inocentes. Al menos eso alegaron los líderes del régimen dictatorial para tratar de librarse de la condena.
El discurso revisionista de la historia fue enfocado como en años anteriores, a través de la cuenta de la Casa Rosada, apelando a la “memoria completa sin mentiras”. Los videos pasados fueron protagonizados por el periodista y escritor Juan Bautista Tata Yofre y Agustín Laje, uno de los referentes de la ultraderecha libertaria, quienes enarbolan este día de la Memoria por la Verdad y la Justicia Completa con la arenga: «Porque solo una sociedad que mira su pasado con libertad puede aprender de él y evitar repetir sus tragedias», dicen ellos.

Dictadura.
Los militares argentinos tomaron el poder con un golpe de Estado en 1976, iniciando la más atroz dictadura que asoló Argentina. Quienes encabezaron el derrocamiento del Gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, fueron los comandantes de las tres fuerzas armadas, Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti (Junta Militar).
La muerte de Juan Domingo Perón en 1974, abonó el terreno para que Argentina perdiera su curso. Ya había fracturas entre peronistas y un segmento de las Fuerzas Armadas desaprobaba el relevo presidencial de María Estela Martínez,quien asumiera la presidencia tras la muerte de Perón, el primero de julio de 1974.
A Isabelita la exhortaron a que renunciara, pero ella se apegó a la legalidad de su mandato como presidenta de Argentina y enfrentó los ánimos caldeados hasta el 24 de marzo de 1976, cuando las fuerzas militares de Argentina provocaron un golpe de estado encabezado por el general Jorge Rafael Videla.
El problema real vino más adelante. Con el nuevo golpe militar autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, la Junta Militar disolvió del Congreso, impuso la ley marcial y gobernó por decreto. Se entabló una represión violenta contra los movimientos de oposición.
Para la Junta Militar era pertinente eliminar a todos aquellos individuos y colectivos que fueran traidores al régimen. Cualquier persona con pensamiento político de izquierda o comunista, era perseguido. Asesinaron a sindicalistas, artistas, intelectuales, poetas, políticos y personas que no tenían que ver con la derecha o la izquierda, pero cayeron en listas que perseguía el régimen militar.
Un gran número de personas fueron asesinados por la Junta Militar y enterrados sin sepultura, lo que provocó que en 1977, la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra acusara al régimen dictatorial argentino por 2300 asesinatos políticos, unas 10000 detenciones y la desaparición de unas 30.000 personas.
La era más oscura y sangrienta de la historia argentina representó también graves consecuencias económicas y sociales para el país, aumentando la pobreza que alcanzó a un tercio de la población.
Aplicaron un plan sistemático de terrorismo de Estado para acallar a todas aquellas personas que se opusieran. Los secuestros, una táctica comúnmente empleada por las fuerzas represivas, solían ocurrir mayormente – un 62% de los casos, según datos de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP)- durante las noches, cuando en grupos de 5 a 50 personas, irrumpían en los domicilios de manera violenta amedrentando a familiares y vecinos.
Si la persona buscada no se encontraba en el hogar, desarrollaban un operativo llamado: «ratonera». Era literalmente una trampa hasta que cayera o en su lugar arrastraban como rehén a algún familiar o amigo, que podrían haber aparecido ante los ojos los «Grupos de Trabajo», en la agenda de un detenido. Vergonzosamente se recuerdan los saqueos conocidos como «Botín de Guerra», donde tras un allanamiento se confiscaban objetos, libros, hasta electrodomésticos y vinos.
Según cuenta la historia, existieron unos 800 Centros Clandestinos de Detención a donde llevaban a las víctimas, se aplicaban torturas como descargas eléctricas, golpeaduras o el uso de instrumentos de tortura entre los que redundaba la picana, la parrilla, el submarino e incluían las violaciones a mujeres y hombres.La mayor parte de los desaparecidos tenían entre 21 y 30 años. Cientos de miles de otras personas se fueron al exilio.
Para ubicarlo en contexto, citemos a la Operación Cóndor -década de los 70 y 80-. EE.UU. promovió y apoyó las dictaduras de Hugo Banzer en Bolivia (1971-1975), Ernesto Geisel en Brasil (1974-1979), Augusto Pinochet, Chile (1973-1990), Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), Juan María Bordaberry en Uruguay (1973-1976).
Chile, 1973: el militar Augusto Pinochet ejecutó un golpe de Estado apoyado por la CIA en contra del presidente electo socialista Salvador Allende. Jorge Rafael Videla, Argentina (1975-1978). También incluyó al Caribe, Venezuela, y demás países de la región, donde trabajaban como una red clandestina de las dictaduras para perseguir, vigilar, torturar, asesinar y desaparecer a grupos subversivos.
La dignidad que perdió el verdugo.
La vida del periodista, investigador, escritor y militante revolucionario argentino, Rodolfo Walsh se precipitó por los mismos errores que él termina de hacer notorios a su organización, cooptada por dobles agentes ―como Mario Firmenich o Patricia Bullrich― de los servicios de inteligencia argentinos y en última instancia, de la embajada estadounidense. El 25 de marzo de 1976, mientras dejaba algunos ejemplares en buzones de calle, entre tanto acudía a una cita con un joven compañero de luchas, ya quebrado tras salvajes torturas de los represores, Walsh ignoraba que se dirigía a una emboscada.
Al filo del mediodía, en el cruce de las calles San Juan y Entre Ríos, un grupo de tarea de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) —un pelotón especializado— le cerró el paso a Walsh con el objetivo de capturarlo vivo. Él se dispuso a pelear con todas las fuerzas de un hombre de 50 años. Se defendió como pudo esgrimiendo su revólver calibre 22, contra numerosas armas largas. Hirió a algunos agresores, pero cayó ametrallado. La dictadura se aseguró de que nunca apareciera su cuerpo, afirma el libro ‘Rodolfo Walsh: el hombre que se adelantó a la CIA’.
«La Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar», fue publicada al cumplirse un año del inicio de la dictadura. El periodista Rodolfo Walsh dejó como símbolo de su determinación, el legado de lo que Gabriel García Márquez llamara La Universal.
La carta abierta denunciaba los métodos y objetivos de la dictadura militar. Desnuda todo el horror de las desapariciones, los campos de tortura y exterminio, y hace pública también la entrega del país que hacen el gobierno y la oligarquía, a los poderes financieros internacionales. Hoy La Universal es un testimonio de la brillantez, del nivel de compromiso político y la calidad periodística de quien fuera un gran escritor, pero más aún un gran revolucionario.
«Te das cuenta de que tienes un arma: la máquina de escribir. Según como la manejas, es un abanico o una pistola», le había dicho Walsh al escritor argentino Ricardo Piglia, en marzo de 1970.
Revelaba en la misiva pública: “Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país, virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio”.
“La falta de límite en el tiempo, ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el “submarino”, el soplete de las actualizaciones contemporáneas. Mediante sucesivas concesiones, al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas, que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad, que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido”, testimoniaba el escritor.
La tristeza lo embargaba a la hora de su muerte; seis meses atrás, su hija María Victoria—Hilda en la clandestinidad— se quitó la vida a los 25 años para no caer en manos de sitiadores del ejército, durante el combate de la calle Corro. Junto a ella murieron otros cuatro miembros de la secretaría política de Montoneros, organización de la izquierda peronista, a la cual dedicó sus últimos años de vida, según un relato el investigador Juan Carlos Salazar Novoa.
Walsh, ya clandestino, investigó los hechos y, tres meses después, compartió la historia en una «Carta a mis amigos», mezcla de luto, dolor y repudio: «Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, Vicki anduvo a saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, solo su sonrisa se volvía más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarlos».
Luego de su experiencia en Cuba y en Prensa Latina, Walsh había regresado a su tierra para dedicarse a escribir en una casita a orillas del río Tigre. Allí lo sorprendieron las muertes de Jorge Ricardo Masetti en 1964, y del Che en 1967, ambas ocurridas en medio de experiencias guerrilleras en Sudamérica: Argentina y Bolivia.
El grave delito de Walsh consistió en divulgar la verdad, romper la censura sobre los medios de comunicación, descubrir cadáveres y desaparecidos, cuando el modelo de ejecuciones de la dictadura, no daba cabida almacenar cuerpos en fosas comunes, porque abría un potencial juicio internacional a crímenes de lesa humanidad contra el régimen militar.
La Junta optó por las desapariciones. Los llamados ‘traidores’, eran reclutados en centros clandestinos, torturados y asesinados. Muchos de ellos sufrieron ‘los vuelos de la muerte’. Se les drogaba, les ponían cemento en los pies y los lanzaban sin más testigos, desde aviones que sobrevolaban el Río la Plata.
Moraleja.
Si algo la historia enseña es a no repetir los errores. Durante aquel oscuro período, la sociedad argentina marcada por la opresión y la represión, también se convirtió en incertidumbre y el silencio.
Se acuñaron frases que afirmaron una sociedad individualista, descomprometida y temerosa: ‘Por algo será’: justificación vacía para el sufrimiento y la injusticia. ‘Yo, argentino’, la identidad nacional se utilizaba como escudo contra la persecución. ‘En algo andará’, infundir desconfianza hacia el prójimo. ‘No te metás’, una sociedad paralizada por el terror. ‘Algo habrán hecho’, narrativa oficial para legitimar la violencia estatal.

El Mundial de Fútbol de 1978.
Cuentan que le sirvió al régimen para revalidarse frente a la opinión pública. El recurso era ganar a toda costa y reavivar el sentimiento nacionalista, con una selección que contaba con figuras de la talla de Mario Alberto Kempes y Daniel Pasarella.
Argentina venció por 6 goles a 0, frente a un rival peruano de peso, aunque quedó latente el posible caso de corrupción de la dictadura argentina hacia los dirigentes peruanos. Al ganarle la final a Holanda, Argentina se coronó campeón mientras el pueblo vibraba de emoción y de miedo.
Las Malvinas, declive de la dictadura.
La guerra de las Malvinas se desata contra los ingleses, cuando en 1982 la armada argentina invade y la reclama como territorio austral. Margaret Thatcher desplegó su poderosa marina, que venció las ansias soberanas argentinas en pocos meses.
Si de algo sirvió este sacrificio, fue para detonar una crisis al interior de la Junta Militar, obligando a Reynaldo Bignone, el último dictador al mando, a entregar el poder y a llamar a elecciones. Raúl Alfonsín es electo presidente.
El 30 de octubre de 1983 se restaura la democracia en Argentina y comienza a enjuiciar a los principales responsables de estos 7 oscuros años para el pueblo argentino. Tras encausar en la Justicia civil a los militares perpetradores de delitos de lesa humanidad y violaciones masivas a los derechos humanos, más de 1000 fueron condenados a prisión. Se pidió perdón a las víctimas en nombre del Estado y se incorporó la memoria en la política estatal.
Con idas y vueltas, un indulto presidencial en favor de los cabecillas y una reapertura de los juicios con ampliación de responsabilidades en el trayecto, el proceso aún sigue en curso.
Abuelas.
La dictadura había decretado asueto el día que el periodista holandés Frits Jelle Barend eligió ir a la Plaza de Mayo, ubicada a cuarenta cuadras del Monumental. Filmó a las Madres de los desaparecidos, que desesperadas, en 1977 habían empezado a protestar en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, dando vueltas en círculo con pañuelos blancos en sus cabezas. Pidiendo ayuda y exigiendo respuestas a la Junta, se convirtieron en iconos internacionales de los derechos humanos.
Con las fotos de los desaparecidos, las madres de la Plaza de Mayo despertaron la indignación de la comunidad internacional. Sin embargo, ellas al igual que la mayor parte de la población, no sabían que muchos de sus hijos estaban secuestrados a solo setecientos metros del Monumental.
En los alrededores de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y del Monumental, dos militantes se animaron aquel 1 de junio a repartir folletos denunciando el horror. Se llamaban Rubén Alfredo Martínez y Celestino Omar Baztarrica. Hoy sus nombres abren la lista de los cincuenta desaparecidos que hubo durante el mes del Mundial, nueve de ellos mujeres embarazadas, algunos de cuyos hijos aún siguen siendo buscados; recordó el periodista Ezequiel Fernández Moores.
Otro método siniestro para evitar que se expandieran las ideologías “subversivas”, fue la apropiación y el despojo de la identidad de cientos de sus hijas e hijos, algunos criados en familias vinculadas al gobierno de facto.
La incansable lucha de Abuelas de Plaza de Mayo, ha conseguido identificar la identidad de 140 nietos y nietas. A pesar de haber perdido la financiación pública, recaudan dinero y continúan buscando a los hijos de los desaparecidos nacidos en cautiverio, ahora hombres y mujeres adultos.
Estela Barnes de Carlotto de 95 años, es uno de los grandes símbolos de resistencia a la dictadura argentina. El 5 de agosto de 2014, el ADN le confirmó que había encontrado a su nieto. “Luego de 36 años de búsqueda se hizo la luz. Apareció mi nieto Guido”, dijo De Carlotto.
«Los nietos y nietas que faltan están entre nosotros. Viven en nuestros barrios, trabajan y comparten actividades, transitan nuestras calles, están cerca, necesitan ser acompañados para animarse a conocer su verdadero origen», afirmó otro vocero del colectivo, evidenciando lo crucial que es su trabajo.
Evaluando el presente, Estela define a Milei. “Me indigna por su falsedad, por todo lo que tiene tan feo como persona. Su proyecto es dejar un país diezmado y arrasado. Insultar y humillar. Creo que hay cada vez más gente arrepentida. Ni hablar con la corrupción que ya se sabe que hay. Cuando ganó yo estaba con dos de mis nietas adolescentes. Les dije: ‘No lloren más. Acá empieza la lucha. Hay que pelearla. No lloren, chicas, todo pasa en la vida. La vamos a pasar mal, pero no es para siempre. Hay que seguir haciendo cosas como hicimos toda la vida, respetando”.
Todos los jueves, desde hace casi 50 años se reúnen en la plaza exigiendo noticias de sus hijos aún desaparecidos y hace poco, mientras marchaban cantaron “Milei, basura”.
Autor: Rosa María Fernández
Fuente: teleSUR




