Latinoamérica necesita con urgencia un blindaje de las soberanías
Por: Fernando Buen Abad
4 de octubre de 2026 Hora: 15:37
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“Un gobierno republicano ha sido, es, y debe ser el de Venezuela;
sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la división de los poderes,
la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición
de la monarquía y de los privilegios«. Simón Bolívar
No se trata de una consigna ornamental, ni de una reedición retórica de un nacionalismo apolillado, sino de una advertencia de carácter político, económico, tecnológico, cultural, energético, alimentario y militar, que busca impedir que nuestras sociedades continúen siendo tratadas como territorios susceptibles de explotación y saqueo, e impedir definitivamente que se conviertan en laboratorios de experimentación geopolítica o reservas estratégicas administradas por el poder imperialista. Lo crucial ya no se limita a la proclamación de la independencia obtenida hace dos siglos, sino a la definición de lo que implica ser soberanos en una era en la que el capital transnacional puede condicionar los presupuestos públicos, en la que las plataformas digitales disputan a los Estados el control de la información, en la que las cadenas globales de suministro pueden transformarse en instrumentos de presión, en la que las sanciones económicas sustituyen parcialmente a las antiguas formas de coerción y en la que minerales, agua, biodiversidad, alimentos, energía, datos y territorios vuelven a tener una centralidad estratégica comparable a la que tuvieron el oro, la plata y las rutas comerciales durante la primera expansión colonial. Y ya basta de aranceles extorsivos. “…Si la soberanía reside en el monarca, es un contrasentido hablar de un pueblo soberano.” C. Marx.
Nuestra soberanía, por tanto, no puede reducirse a la existencia formal de fronteras, banderas, constituciones y gobiernos reconocidos internacionalmente. Un Estado puede conservar intacta su personalidad jurídica mientras pierde progresivamente la capacidad material de decidir sobre aquello que determina la reproducción de su sociedad. Hay soberanías nominales y soberanías efectivas. Existen naciones que poseen territorio, pero no controlan sus infraestructuras fundamentales; que poseen moneda, pero dependen de mecanismos financieros que extorsionan su política económica; que llevan a cabo elecciones, pero sufren una colonización comunicacional capaz de generar consensos, gestionar indignaciones y transformar la percepción social en un bien algorítmicamente modulable. Un problema latinoamericano serio consiste precisamente en esa distancia entre la soberanía declarada y la soberanía ejercida.
Por eso el blindaje debe comenzar por reconocer que ningún país latinoamericano, aislado, dispone de todas las capacidades necesarias para enfrentar la magnitud de las presiones contemporáneas. La integración deja de ser entonces una aspiración diplomática para convertirse en una condición material de supervivencia histórica. La antigua fragmentación regional, derivada de los conflictos de independencia, intensificada por las oligarquías locales y posteriormente implementada por diversas estrategias de dominación externa, representa una vulnerabilidad estratégica. Una región que exporta materias primas de manera individualizada, negocia infraestructuras estratégicas de forma descentralizada, se enfrenta a la competencia por inversiones y carece de mecanismos comunes de defensa económica, acaba debilitando su propio poder de negociación. La riqueza latinoamericana es enorme; su dispersión política convierte esa riqueza en vulnerabilidad.
Blindar las soberanías significa, en primer término, construir soberanía económica. No se puede afirmar la autonomía política sostenible cuando una crisis de liquidez externa puede interrumpir un programa gubernamental, cuando la estructura productiva se encuentra subordinada a la exportación de bienes primarios y a la importación de tecnología, o cuando la política pública se encuentra subyugada a la disciplina de acreedores, mercados financieros y agencias cuya lógica no se alinea necesariamente con las necesidades sociales de nuestras comunidades. Esto demanda la recuperación de las capacidades estatales de planificación, el fortalecimiento de los bancos públicos y los mecanismos regionales de financiamiento, el desarrollo de sistemas de compensación comercial que disminuyan las dependencias monetarias superfluas, la protección de sectores estratégicos y el avance hacia cadenas productivas regionales que faciliten la transformación interna de una proporción considerablemente mayor del valor generado por nuestros recursos nacionales.
Sin embargo, el blindaje económico del siglo XXI sería incompleto sin soberanía tecnológica. El colonialismo contemporáneo también se escribe en código. Quien controla los semiconductores, las nubes informáticas, los sistemas operativos, los grandes modelos de inteligencia artificial, las plataformas de comunicación, los satélites, los cables submarinos y la infraestructura de datos posee capacidades de poder que ningún tratado diplomático puede neutralizar por sí solo. Latinoamérica no puede aceptar que sus sociedades sean simultáneamente proveedoras de materias primas, consumidoras de tecnología y fuentes masivas de datos cuyo valor económico y estratégico se secuestra o saquea fuera de la región. Necesitamos capacidades propias de cómputo, investigación científica, telecomunicaciones, ciberseguridad, inteligencia artificial, biotecnología y producción de conocimiento. La dependencia tecnológica no es una categoría abstracta: puede convertirse en dependencia política.
Lo mismo ocurre con la energía y los bienes estratégicos. El petróleo, el gas, el litio, el cobre, el hierro, las tierras raras, el agua dulce y la biodiversidad no deben ser contemplados exclusivamente como mercancías destinadas a satisfacer demandas externas. Son componentes de una ecuación geopolítica que determinará buena parte de las relaciones internacionales durante las siguientes décadas. El desafío no consiste en cerrar las economías nacionales ni en negar el comercio internacional, sino en impedir que la condición exportadora vuelva a traducirse en subordinación estructural. La región necesita una doctrina de aprovechamiento soberano de sus recursos estratégicos: extracción responsable, industrialización, transferencia tecnológica, investigación científica y participación pública suficiente para que la renta derivada de esos recursos contribuya a elevar las capacidades nacionales y regionales.
Nuestra soberanía alimentaria merece idéntica consideración. Una civilización que no puede garantizar alimentos a su población queda expuesta a presiones externas de una naturaleza particularmente perversa. La concentración de semillas, fertilizantes, tecnologías agrícolas, cadenas logísticas y grandes sistemas de comercialización puede transformar una necesidad elemental en un mecanismo de dependencia. América Latina posee condiciones extraordinarias para producir alimentos, pero producir no basta: importa quién controla las semillas, el crédito, la tierra, el transporte, el almacenamiento, la transformación industrial y la distribución. El blindaje soberano exige recuperar una visión integral del sistema alimentario y comprender que la seguridad alimentaria no es solamente una cuestión agrícola: es una dimensión de la seguridad nacional y de la dignidad colectiva.
También necesitamos soberanía cultural y comunicacional. Una región incapaz de producir sus propias categorías para interpretar el mundo termina pensando con conceptos fabricados para intereses ajenos. La batalla por la soberanía pasa por universidades, medios públicos, industrias culturales, editoriales, cine, literatura, investigación histórica y plataformas digitales. No se trata de construir murallas contra otras culturas, sino de impedir que la circulación asimétrica de mercancías simbólicas produzca una progresiva desposesión de nuestra capacidad para nombrar la realidad. Quien impone el lenguaje con que una sociedad interpreta sus conflictos adquiere una ventaja política considerable. La disputa por el sentido forma parte, por ello, del blindaje soberano.
Nada de esto será suficiente si la región continúa concibiendo la defensa como una cuestión exclusivamente militar. La seguridad contemporánea es multidimensional: comprende energía, alimentos, finanzas, infraestructura, ciberespacio, satélites, agua, salud pública, cadenas logísticas, información y protección de recursos estratégicos. Una política latinoamericana de defensa soberana debería orientarse a impedir que cualquier potencia externa pueda convertir una dependencia específica en un mecanismo de coerción. Esto requiere cooperación regional, inteligencia estratégica compartida, protección de infraestructuras críticas y una concepción de la defensa subordinada al derecho internacional y a la preservación de la autonomía de los pueblos.
Nuestro blindaje de las soberanías tampoco puede confundirse con autarquía. La soberanía no significa aislamiento: significa capacidad de decidir las condiciones de la interdependencia. El mundo contemporáneo será inevitablemente interdependiente, pero no todas las interdependencias son equivalentes. Algunas son cooperativas y mutuamente beneficiosas; otras son asimétricas y reproducen relaciones de subordinación. La tarea histórica consiste en transformar dependencia en interdependencia negociada, vulnerabilidad en capacidad de negociación y dispersión en articulación estratégica.
Para ello, Latinoamérica necesita recuperar una idea que durante demasiado tiempo fue reducida a nostalgia: la integración como construcción de poder. No habrá soberanía regional mientras cada país negocie por separado aquello que podría negociar colectivamente. No habrá autonomía tecnológica sin cooperación científica. No habrá seguridad energética duradera sin coordinación regional. No habrá defensa efectiva de los recursos estratégicos si la región carece de una estrategia común. No habrá verdadera soberanía financiera mientras el ahorro latinoamericano siga siendo insuficiente para financiar el desarrollo latinoamericano. Y no habrá emancipación cultural mientras nuestra producción intelectual continúe fragmentada y condenada a disputar, individualmente, espacios dominados por gigantes comunicacionales transnacionales.
Porque el siglo XXI está configurando una nueva cartografía del poder. Las grandes potencias compiten por tecnologías, rutas comerciales, minerales críticos, mercados, datos, energía y posiciones estratégicas; las instituciones multilaterales atraviesan tensiones profundas; la economía mundial se reorganiza mediante bloques, alianzas flexibles y políticas industriales; y la geopolítica vuelve a penetrar con fuerza en decisiones que durante décadas se presentaron como asuntos puramente económicos. En semejante escenario, la neutralidad pasiva puede terminar siendo una forma de indefensión. Latinoamérica necesita una política exterior basada en la cooperación, el multilateralismo, la autodeterminación de los pueblos y la diversificación de sus relaciones internacionales, pero acompañada por capacidades materiales que hagan posible sostener esas posiciones.
Blindar las soberanías significa, obligadamente, comprender que la independencia no es un acontecimiento concluido, sino una tarea histórica permanente. Bolívar entendió que la fragmentación convertiría a las nuevas repúblicas en piezas vulnerables dentro del tablero mundial; Martí comprendió que la emancipación política sería incompleta sin emancipación cultural; Mariátegui mostró que las estructuras económicas no podían separarse de la cuestión nacional; y las experiencias posteriores de integración latinoamericana confirmaron, con sus avances y retrocesos, que ningún proyecto soberano puede sobrevivir mucho tiempo si no construye instituciones capaces de transformar voluntad política en poder material. Hoy esa lección adquiere una dimensión nueva. La soberanía ya no se defiende solamente en las fronteras: se defiende en los bancos centrales, en los laboratorios, en los servidores, en los campos, en los puertos, en las universidades, en las redes digitales, en los satélites, en las fábricas, en las reservas de agua y en la capacidad de nuestros pueblos para decidir qué producir, qué intercambiar, qué investigar, qué proteger y qué destino colectivo construir.
Latinoamérica no necesita elegir entre encerrarse sobre sí misma o someterse a cualquier corriente de la globalización. Necesita algo mucho más difícil: convertirse en sujeto histórico de la interdependencia mundial. Un blindaje de las soberanías no sería una muralla contra el planeta, sino la infraestructura política necesaria para relacionarse con el planeta sin entregar la capacidad de decidir. Esa es la tarea de fondo: pasar de ser espacio disputado a ser actor; de proveedor subordinado a productor de valor; de mercado fragmentado a comunidad estratégica; de objeto de las decisiones ajenas a sujeto consciente de su propia historia. Sin esa transformación, la soberanía seguirá siendo una palabra solemne pronunciada sobre estructuras vulnerables. “El derecho de las naciones a la autodeterminación significa exclusivamente su derecho a la independencia en el sentido político, el derecho a la libre separación política respecto de la nación que la oprime.” Lenin
Autor: Fernando Buen Abad
Fuente: TeleSUR
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