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22 abril 2020
La tiendita de la esquina

Para miles de nosotros en estos tiempos “pandas” la tiendita de la esquina sigue siendo la salvación. A diferencia de los oxos y sieteonces, en la tienda de la esquina te conocen, es de ambiente familiar –llevan generaciones atendiendo–, te dan servicio personalizado, si vives cerca te llevan las cosas, cuando mandas a tu hijo de seis años a comprar caguamas y cigarros sí se los venden y si andas corto de dinero te persignan con el “…ay luego me lo trae”.

La tiendita de la esquina

El concepto del comercio al menudeo en México es relativamente nuevo, si tomamos en cuenta la larguísima tradición de los centros de abasto desde tiempos prehispánicos, sobre todo en la capital. Por centro de abasto se entiende “una instalación cerrada y de ordinario cubierta, situada en determinados puntos de las poblaciones, para el suministro de todo tipo de bienes y objetos de servicio para el hogar”.

Dentro de su historia, México ha tenido varios tipos de centro de abasto, desde el famoso y prehispánico tianguis, las alcaicerías –mercado cerrado de textiles–, las ferias –de origen medieval–, los mercados, hasta la tiendita de la esquina, con todas sus variantes. Es más, si nos fijamos bien un Shopping Mall no es más que un tianguizote con ínfulas de grandeza.

En la Nueva España el comercio al menudeo tomó fuerza a finales del siglo XVIII, a partir de que Carlos III, harto de estar en banca rota, cambió diametralmente las relaciones comerciales entre España y sus colonias. Siendo un rey calzonudo, mandó a todos a freír castañas y quitó millones de trabas burocráticas que la corona imponía a los comerciantes, dejándolos libres de transitar con sus mercancías por todos los puertos del reino en pos de un libre comercio y además acabando con los grande monopolios:

“Simultáneamente a la libertad que se concedió a los comerciantes peninsulares, se facultó en 1774 a las colonias para que intercambiasen sus productos, después de que durante largo tiempo estuvo prohibida toda comunicación y comercio entre ellas”.[1]

Esto trajo enormes beneficios a la metrópoli y convirtió a muchos comerciantes no sólo en magnates, sino en gente de peso en lo político y social.

El primer mercado permanente y cerrado de la época virreinal fue el Parián. La palabra es de origen filipino y significa precisamente mercado, aunque tiene otra acepción de origen paquistaní que significa “lugar de descanso o parada temporal en un viaje extenso”. A partir del siglo XVII se construyeron estos tipos de centros comerciales en diversas ciudades del país, donde vendían principalmente sedas, telas, zapatos, perlas, especias, entre muchos otros productos finos, la mayor parte llegados de Manila, puerto donde confluían mercaderías de diversas partes del Lejano Oriente.

Los parianes estaban divididos en cajones, donde se vendían las mercancías. Por ejemplo, el Parián capitalino de principios del XIX contaba con ciento ochenta cajones y otro tipo de almacenes. Estos cajones eran comprados no tanto por los mayoristas, sino por particulares con solvencia (cajoneros), aunque también era común que una persona le rentara su cajón al dueño o que varias personas formaran una compañía para rentar uno o varios cajones. La mayoría de los cajoneros no pretendían entrar a las grandes ligas de los mayoristas, pues para hacerlo se precisaba de un enorme capital, que significaba o vender todas las posesiones familiares o endeudarse hasta las manitas.

Con el crecimiento de la ciudad y su población los mercados y parianes comenzaron a ser insuficientes. Así los mayoristas –opulentos y ambiciosos– y uno que otro próspero cajonero, comenzaron a comparar partes de una o varias casonas no sólo en la ciudad, también a las afueras e inclusive en provincia. Nace así la tienda de abarrotes. La palabra hace referencia cuando se le ponía “barras” a una carga, o sea que una carga pesada se abarrotaba, se afianzaba bien para su transporte.

Sin embargo, al principio y durante mucho tiempo a este tipo de tiendas no se les llamó de abarrotes, sino pulperías y mestizas. La única diferencia entre ambas era que una tienda mestiza vendía en mayores cantidades –por libras, más que por onzas–. A diferencia de los puestos al aire libre que vendían nada más comestibles y artículos baratos, la tienda pulpera y mestiza estaba dentro de un inmueble, tenía un mostrador que daba a la calle. En los dos tipos de tienda se vendía las mismas mercancías: pequeñas cantidades de artículos importados, especialmente ropa y herrajes, junto con una variedad increíble de ferretería, telas de producción local, petates, alimentos básicos y bebidas. Además, aceptaban como pago tanto fichas como artículos que el cliente dejaba en prenda y tenían un horario regular de 5:30 a.m. a 10:00 p.m.

Las pulperías se convirtieron en las tienditas de la esquina porque por reglamento debían estar en las esquinas, aunque a finales de la colonia se les permitió ponerse en cualquier parte de la cuadra. Pero la costumbre hizo que hacia finales del XVIII más de la mitad de éstas estuvieran localizadas en las esquinas.

Por supuesto pronto hubo más pulperías abarroteras que mestizas: En una encuesta llevada a cabo en 1795 para determinar cuáles tiendas deberían vender pan, los panaderos identificaron 154 establecimientos separados, propiedad de 131 individuos. Contrariamente a lo que ocurría con los más grandes negocios al menudeo, pocos propietarios de pulperías poseían más de un expendio, y no se encontró ningún caso en que un pulpero tuviera una tienda fuera de la ciudad. De los 131 dueños, 2 tenían tres tiendas, 17 tenían dos, y los 114 restantes sólo una cada uno.[2]

Cabe mencionar que en ese mismo año nueve mujeres eran dueñas de pulperías. Ahora bien, ser dueño de una tienda pulpera era el sueño de todo propietario de puestos pequeños. Significaba por fin poseer una tienda “de a de veras”, aunque el salto era bastante riesgoso. Por principio tenía que invertir cuando menos mil pesos en la tienda. De ahí debía darle al gobierno mil quinientos, con los cuales garantizaba las fichas que iba a expedir y la mercancía inicial.

Lo cierto es que un abarrotero trabajador podía vivir cómodamente con toda su parentela y en ocasiones hasta dejar buena herencia a los hijos. Además por costumbre las tiendas eran manejadas físicamente por empleados a sueldo o socios del propietario que no tuvieran pretensiones de “subir” a las grandes casas comerciales: Había una barrera social muy bien definida en el mundo comercial de la ciudad entre, por un lado, aquellos que trabajaban en las grandes casas comerciales, sus principales sucursales, otras tiendas propiedad de particulares que vendían mercancía en general y a gran escala, y, por otro, quienes estaban empleados en los niveles más bajos del comercio local, tales como la venta de licores al menudeo, abarrotes, artículos básicos para el hogar y artículos de producción doméstica.[3]

Estas gentes estaban íntimamente ligados a la vida de la tienda y en la mayor de las veces eran transferidos con todo y pulpería si ésta se vendía. Por ejemplo: Tomás Castro administraba la pulpería de Vicente Bustillo a sueldo, pero cuando Bustillo vendió la tienda a Joaquín Palacios, este último retuvo a Castro y lo ascendió e hizo su socio. Tres años más tarde, como la compañía era un éxito, renovaron la sociedad bajo nuevos términos. Palacios invirtió 4,800 pesos (una cantidad mayor a la de su precio de compra original), y Castro aportó 1,289 pesos de su propio dinero.[4]

Hoy hay alrededor de un millón de tienditas de la esquina en todo el país y 200 mil sólo en el valle de México, aportan 7 por ciento del producto interno bruto (PIB) y concentran 42 por ciento de los abarrotes que se facturan en el país,[5] aunque la ola de las cadenas presumidamente llamadas “de conveniencia” (del inglés convenience store) y mini-súpers sigue creciendo.

Así fue como de la prioridad de abastecer eficazmente las necesidades básicas del pueblo, sobre todo de bajos recursos, nació el negocio familiar de las tiendas de la esquina o de abarrotes, miscelánea, estanquillo, cremería o tendejón, aunque ahora lo hípster es decir tienda de barrio.

Pero eso sí, algo es seguro: mientras haya esquina, habrá tienda… con todo y su don Toño.

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[1] .- Tianguis, ferias y mercados en México, José Antonio Martínez Álvarez, compilador, Serie: Compilaciones (2015), Amazon Digital.
[2].- Empresarios coloniales. Familias y negocios en la ciudad de México durante los Borbones, John E. Kicza, Fondo de Cultura Económica, México, 1986.  
[3].- Ibid.
[4] .- Ibid.
[5].- Pedro Fernández, vocero de la primera Expo Tendero https://expotendero.org/
 


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Perfil del Bloguero
Gerardo Australia es músico, compositor y divulgador de historia que publica regularmente en Milenio, Reforma, Jornada y en el Semanario.
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