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Los jóvenes de la Revolución del 14 de Febrero convocan a una manifestación para el 14 de agosto exigiendo la dimisión de Al Jalifa. (Foto: HispanTV)

Los jóvenes de la Revolución del 14 de Febrero convocan a una manifestación para el 14 de agosto exigiendo la dimisión de Al Jalifa. (Foto: HispanTV)

Publicado 28 abril 2014

¿Qué es un santo para la Iglesia Católica? De manera sucinta puede decirse que la santidad es la forma que tiene la Iglesia de reconocer a alguien como modelo para el resto de los fieles poniendo de manifiesto sus virtudes. Los expertos eclesiásticos en este tema suelen advertir que la santidad no equivale a la perfección. En otras palabras: los santos y las santas han sido seres humanos con muchas virtudes, pero también con errores y contradicciones. Esta aclaración surge especialmente a partir de la decisión eclesiástica de reconocer la santidad de católicos contemporáneos a quienes también se les señalan errores o, aún más grave, claudicaciones o serias contradicciones. Quizás por la necesidad de proponer ejemplos imitables para los católicos y para la sociedad, durante el pontificado de Juan Pablo II se aceleraron los procesos y se multiplicó el número de santos.

En el caso de Juan XXIII y Juan Pablo II entran en juego una serie de factores que también ponen en evidencia la manera como el papa Bergoglio suele moverse en el escenario vaticano. Ambas causas de canonización estaban en marcha cuando Francisco fue elegido.

Juan XXIII (Angelo Roncalli) fue el pontífice que abrió las ventanas de la Iglesia Católica para conectarla con el mundo, reabriendo el diálogo con la historia secular y propiciando el más importante proceso moderno de cambio institucional a través del Concilio Vaticano II. Allí están las razones del reconocimiento de quien a través de un pontificado muy breve (1958-1963) fue bautizado como “el Papa bueno”, entre otros motivos por la transparencia y la sencillez de sus raíces campesinas.

El proceso de canonización de Karol Wojtyla fue iniciado el 3 de mayo del 2005, apenas un mes después de su muerte, cuando las normas vaticanas indican que ello no debería hacerse sino tras haber transcurrido al menos cinco años del fallecimiento. No menos cierto es que, según el derecho eclesiástico, toda norma cesa ante la autoridad del Papa. Y fue Benedicto XVI (Jozef Ratzinger) quien ordenó abrir la causa de canonización de Juan Pablo II.

En el caso de Benedicto pueden haber jugado varios factores. Wojtyla representaba un estilo conservador que el propio Ratzinger co-construyó con el polaco, pero además Juan Pablo II había adquirido, como resultado de su carisma y de sus viajes por el mundo, una gran popularidad aún más allá de las fronteras de una Iglesia necesitada de referentes. Destacando a Juan Pablo como modelo, Ratzinger se reafirmaba a sí mismo.

La celeridad con la que se llevó adelante el proceso –algo similar ocurrió con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escriva de Balaguer– no dejó de llamar la atención y también despertó críticas. Estas últimas surgieron en primer término de los familiares de las víctimas de abusos sexuales por parte de ministros de la Iglesia, considerando que Wojtyla nunca tomó medidas contra quienes cometieron estos delitos. En particular se le señala connivencia con el sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, pedófilo y a la vez importante contribuyente de fondos económicos para la Santa Sede.

Desde el comienzo de su pontificado Francisco cambió el estilo de gobierno en la Iglesia y, por lo menos en sus gestos, intenta dar otro mensaje al mundo y a los católicos. Pero al decidir la canonización en forma conjunta de Juan XXIII y Juan Pablo II demuestra también su habilidad para equilibrar la balanza entre dos “modelos” que bien podrían considerarse contradictorios. Roncalli fue el artífice de la renovación conciliar y a Wojtyla, además de las críticas antes mencionadas, se le pueden adjudicar muchas decisiones conservadoras que hicieron retroceder los avances conciliares. Francisco suele reivindicar el Vaticano II, pero exalta el carisma y la popularidad de Juan Pablo II. Al canonizarlos simultáneamente Bergoglio envía un mensaje también presente en otras decisiones: quiere ampliar las fronteras del catolicismo, incluyendo a todos más allá de las diferencias.

Para el futuro quedan muchas preguntas que Francisco tendrá que ir resolviendo también en este tema de las canonizaciones y que irán develando cuál es la estrategia que Bergoglio tiene para ir proponiendo “modelos”. Decidió impulsar la causa del arzobispo mártir de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero, asesinado por los militares el 24 de marzo de 1980, desbloqueando un proceso que estuvo paralizado durante el pontificado de Juan Pablo II. Pero tratándose de Argentina poco se ha hecho hasta el momento para reconocer la condición martirial de figuras como el obispo Enrique Angelelli, asesinado en La Rioja el 4 de agosto de 1976, o del cura Carlos Mugica, de cuyo martirio se cumplen cuarenta años el próximo 11 de mayo.

Al margen de lo anterior vale preguntarse también si Francisco –que cambió el estilo papal e insinúa cambios de fondo que todavía esperan su concreción– será capaz de modificar la tendencia que tiene la Iglesia Católica de instituir como santos a sacerdotes, religiosos y religiosas, relegando a un segundo lugar a los fieles laicos a quienes, según parece, es más difícil reconocerle méritos y virtudes desde la perspectiva vaticana. Sin perder de vista que son los clérigos instalados en las más altas posiciones de la institucionalidad jerárquica quienes dictaminan sobre la santidad de las personas.

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