Los tambores ancestrales contra la teología colonial y racial del desastre

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Vista de los daños materiales en el estado La Guaira tras el sismo del pasado 24 de junio. Foto: EFE


Por: Ana Márquez Ugueto - Nelson Maldonado-Torres

12 de julio de 2026 Hora: 11:36

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En medio del movimiento tectónico que generó el doblete sísmico y sus trágicos resultados, en medio de la angustia y el dolor, se generó y se continúa generando una campaña de satanización de las creencias del pueblo afrovenezolano que busca marcarlo irremediablemente como responsable del sufrimiento y la pena que confrontan las zonas afectadas violentamente por los sismos en toda Venezuela. No es extraño que los sectores que más han sido afectados por la catástrofe de una tal llamada “civilización” basada en la supuesta superioridad de la europeización, la blancura, y el mestizaje asimilacionista anti-negro y anti-indígena, sean vistos como culpables de los males que afectan a las sociedades donde habitan.

Rezagado en parte por la vena secular del discurso de la modernidad pero a la vez afirmado como valor cultural blanco, mestizo, o civilizatorio, el cristianismo toma múltiples formas y frecuentemente moviliza expresiones teológicas dudosas en vías a hacer clara la indispensabilidad de su posición en el mundo. Cristianismos de corte colonial, racista, sexista, y homófobos conjugan la afirmación del culto a la prosperidad económica junto a la demonización de lo negro, lo indígena, y lo que pone en cuestión el supuesto orden natural del ideal de la familia de tipo burgués o pequeño burguesa. La fuerza de los cristianismos y de tantas otras expresiones espirituales anti-coloniales y anti-racistas existentes tienden a quedar opacadas en estos contextos, mientras la cultura, las espiritualidades, y la misma existencia de las y los condenada/os de la tierra es puesta en juicio y encontrada culpable de antemano.

Estamos pues en frente de otra de las metáforas que el racismo estructural nos genera: el “doblete supremacista”, dos sismos identitarios que, por una parte, posicionan intentos de culturicidios para asesinar simbólicamente el acervo cultural del pueblo afrovenezolano, y al mismo tiempo, un epistemicidio rampante que insiste desde el dogma religioso cristiano de la teología de la prosperidad, matar las formas de conocimiento ancestral bantú, que se han dado en lo fáctico por más de tres siglos en nuestras tradiciones. El doblete sísmico desnudó las fallas de la tierra, pero también las fallas geológicas de una parte del tejido social venezolano, que sigue marcada por un racismo latente.

En algunos canales y a través de algunos pastores influencers en redes sociales, estas figuras públicas del llamado ecosistema digital cristiano-evangélico hispano, utilizaron el doblete sísmico para generar debates doctrinales fanáticos sobre la fe local, verbigracia la presencia de estos llamados racistas y clasistas que hemos encontrado en canales y perfiles teológicos en YouTube e Instagram, asociados a plataformas de debate religioso que abordaron los acontecimientos bajo la categoría de la “Teología del Desastre».

En estos foros digitales, calificaron abiertamente la festividad de San Juan como expresiones de «idolatría masiva». Narrativas tales como del «Dios Celoso» se masificaron, junto a sermones en videos argumentando que la coincidencia del sismo el 24 de junio era una muestra de que «Dios estaba purificando a Venezuela» ante prácticas que, según ellos, desde su dogma enunciativo, abrían puertas espirituales a la oscuridad.

Llegamos a ver En TikTok e Instagram videos que se viralizaron de supuestos jóvenes profetas independientes y ministerios de «guerra espiritual” donde se afirmaba que los sismos de magnitudes 7.2 y 7.5 habían sido profetizados semanas antes debido a la «decepción divina” frente a los actos inmorales y la idolatría del país evidenciando el deseo fundamentalista de criminalización de la fiesta de San Juan, llegando al absurdo y profundo irrespeto de generar videos con testimonios de ciudadanos venezolanos de fe evangélica que afirmaban que en todo el país se estaban haciendo «pactos satánicos”, “brujería y hechicería» bajo el nombre de San Juan, aprovechando el impacto del video de Naiguatá exigiendo incluso que las prácticas tradicionales afrodescendientes fueran penalizadas o prohibidas por el Estado.

Las absurdas expresiones en torno a la espiritualidad y cultura afrovenezolana propagadas tras los terremotos no son meras opiniones religiosas aisladas, sino que más bien constituyen una actualización del racismo estructural y operan bajo la lógica de la colonialidad del ser, la cual invalida la memoria histórica y la riqueza semiótica de la espiritualidad bantú en la afrovenezolanidad.

Queda al descubierto cómo el racismo y la ideología de la blanquitud en ciertas personas repiten los patrones de la Provincia de Venezuela en el siglo XVIII. Mucho avance tecnológico y mucho atraso racista se van conjugando en este ataque actual evidenciando que lo que permanece intacto es el miedo colonial al cimarrón y a su autonomía, readecuándose hoy en miedo digital a la fiesta de San Juan.

Estamos pues lamentablemente en presencia del racismo religioso en la era de los algoritmos, convertido este espacio virtual en un nuevo “tribunal eclesiástico inquisidor” que irrespeta nuestras ceremonias de la fiesta de San Juan reduciéndola a su concepto colonial de «hechicería» y a su prejuicio frente a lo diverso como «pactos oscuros». Definitivamente esto hay que atajarlo, por la paz y la convivencia pero sobre todas las cosas por el respeto a la diversidad cultural que incluso es mandato constitucional en la medida en que, desde el prólogo de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela en 1999, Venezuela se declara como estado de justicia y de derecho, sumergidos en una sociedad multiétnica y pluricultural.

Pedagógicamente nos toca explicar en medio de la confusión que deja como escenario de profundo sufrimiento el doblete sísmico, que el clamor «¡Que tiemble la tierra!» es una metáfora centenaria de vitalidad, de catarsis y fuerza acústica, no un conjuro geológico. Esta

literalidad sesgada del canto durante las festividades del 24 de junio poniendo en el banquillo de los acusados a la población afrovenezolana de Naiguatá en el estado La Guaira, evidencia que el ecosistema digital despojó a la frase de su metáfora poética e histórica. «¡Que tiemble la tierra!» Es una frase centenaria que describe el repique sincronizado del tambor, es una muestra de fuerza, júbilo y vitalidad comunitaria, no un llamado a la destrucción.

Al relacionar la festividad de San Juan que es un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco como ignorancia o maldad, se intenta borrar el saber ancestral de resistencia y los cultos solsticiales y agrarios bantúes que, como civilizaciones del trópico, los africanos desarrollaron en América, solo para reditar la imposición colonial de una única visión del mundo: la occidental moderna, blanca supremacista, es una manifestación latente de racismo estructural y discriminación hacia la herencia africana. Culpar a la afrovenezolanidad y a nuestros tambores por el desastres acaecido con los terremotos, es una práctica colonial que se usaba hace siglos para castigar la libertad de los esclavizados.

Es por ello que una de las estrategias reparatorias en este momento es comprender que mediada por la colonialidad del ser funciona como un marco comprensivo alrededor del ataque al tambor demostrando que el pensamiento eurocéntrico y occidentalizado sigue operando como el único juez de lo que es «verdadero», «racional» y «bueno,” olvidando además que para esa diáspora venezolana —que hoy cuenta con muchas personas esparcidas por el mundo—, el toque de tambor ha dejado de ser descolonialmente hablando, una “expresión folclórica regional” para convertirse en un símbolo de identidad nacional, un refugio de resistencia emocional y una herramienta de visibilización cultural en el extranjero.

El tambor venezolano ha adquirido un significado profundo articulado con representaciones novedosas como el «Territorio Portátil» que ancla de identidad, ha representado una conexión inmediata con la tierra de origen, funcionando como mecanismo de memoria colectiva. El tambor unifica a venezolanos de distintas regiones se presenta incluso como espacio para que el sentimiento de una misma identidad rítmica se manifieste como orgullo nacional.

Por su parte las redes afrovenezolanas y los movimientos sociales de cultores han emitido pronunciamientos colectivos contundentes centrado en el «respeto a la espiritualidad cimarrona y la unidad en el dolor nacional» como parte de la campañas de pedagogía patrimonial en redes sociales, para así frenar los discursos de odio, exigiendo respeto a la libertad de culto consagrada en la Constitución. De igual manera recordaron que los sismos son fenómenos tectónicos que la ciencia ya explicó detalladamente y que con nuestra cultura, nuestros cantos y los argumentos históricos necesarios, las cofradías han visibilizado el ataque y lo han transfigurado en una real condición de posibilidad para educar a esa parte del país que, a menudo, desconoce la profundidad mística y social de sus propias raíces cimarronas.

La fiesta de San Juan en Venezuela ha sido geoculturalmente el horizonte emocional de las creencias de una amplia gama del pueblo afrovenezolano; como celebración y veneración conjuga lo cultural, histórico y simbólico, vigorizando el sentido de la realidad que insurge desde sus valores, lenguajes y códigos que como comunidad afrovenezolana han compartido siempre. La fiesta de San Juan Bautista unifica a casi todos los estados costeros y centrales del país integrando simultáneamente a comunidades de Miranda, Aragua, La Guaira, Carabobo, Yaracuy, Guárico y el Distrito Capital, y es sin duda alguna el fermento de la resistencia histórica irrumpiendo siempre desde la devoción, el impulso para que la memoria viva del lugar de la libertad concedida y arrebatada en tiempos de esclavitud, nunca se vaya de nuestros recuerdos.

En la cosmogonía afrovenezolana, San Juan es el dueño del agua y la agricultura. El día de San Juan coincide en su fecha con el solsticio de verano que es el día más largo del año, lo que es parte de un sistema filosófico, espiritual y cultural que le da importancia a la relación de la vida humana con la naturaleza, la regulación de las lluvias, la fertilización de la tierra y la bendición de las cosechas, propio de las civilizaciones del trópico. San Juan Congo, San Juan Guaricongo, San Juan el Bautista y San Juan el Evangelista, así como también San Juan Chiquito o Sanjuancito, son, todos bajo una misma simbólica, el santo purificador desde hace más de tres siglos en Venezuela. Esta devoción tiene una clara raíz etnolingüística predominantemente bantú. Refleja la complejidad multiétnica y pluricultural—en el contexto de violencia y deshumanización colonial y racista—entre el catolicismo español impuesto y múltiples cosmovisiones africanas del área cultural Bantú que comprende regiones de las actuales naciones como el Congo, Angola y Gabón. El resultado incluye la afirmación y expresión creativa de la ancestría africana robada y/o violentada por la colonización.

La riqueza y la creatividad cultural y espiritual de África y de su diáspora raptada y esclavizada como parte del establecimiento de sociedades que se autodenominaron como modernas no pueden aparecer sino como fuentes del mal y de la perversión en esos contextos. El beneficio psicológico de esta operación es obvio: el mal del racismo, de la aniquilación, del empobrecimiento masivo, y de la vulnerabilidad permanente de los sectores racializados en sociedades “modernas,” queda invisibilizado y sus acciones justificadas ante la presencia de sectores que se conciben como origen del mal social. La conciencia del cristiano conservador (y del típico liberal) de corte racista queda pues limpia ante la demonización de sectores que han sido condenados por parte del sistema social y geopolítico imperante a permaneces como blancos de una guerra perpetua. Aquí consiste la verdadera tragedia de fondo: la naturalización de la guerra perpetua constituye la catástrofe dentro de la cual se dan los desastres que confrontamos. La culpabilización de los sectores afrovenezolanos es parte de un rito bastante establecido que busca limpiar la culpa de los sectores colonialistas y racistas mientras se alimenta el hambre por la guerra anti-negra y racista perpetua, bendecida frecuentemente por teologías racistas de la prosperidad.

Hoy en esa necesidad de revertir el filicidio moderno a través de formas creativas contra-catastróficas en nuestra geocultura y sociedades, reconocemos con orgullo que muchos de los nombres de los instrumentos, cantos y bailes del ciclo de San Juan proceden directamente de lenguas de la familia bantú tales como el kikongo o el kimbundu, que la palabra bantú kúmakó, usada en ciertas regiones de África Central para referirse a troncos huecos o árboles específicos, es el nombre de nuestro tambor rey el Cumaco, que el Malembe que en lenguas bantúes significa literalmente «despacio», «con cuidado» o «paz”, es uno de nuestros cantos de procesión, que el Zangueo como paso danzario y que incluso la figura mística de «San Juan Congo» en Curiepe son, junto a los otros términos mencionados, parte de los elementos que nos abren el camino para ejercer nuestro derecho a la ancestría que nos robó la invasión a África, y nuestro rechazo a la colonización de nuestra cultura ancestral y la denuncia a la esclavización de nuestros ancestros. Así pues, a las teologías racistas del desastre oponemos formas de pensamiento y expresiones culturales y artísticas, incluyendo teologías, de la contra-catástrofe o contra-catastróficas como parte de giros decoloniales desde las diásporas africanas y desde los espacios moderno-coloniales de condena hoy. Con pena profunda por el dolor de las vidas pérdidas de forma tan trágica en los sismos y con furia ante la instrumentalización de ese dolor para continuar y profundizar la violencia contra el pueblo afrovenezolano, expresamos con ahínco: ¡Que el sonido de los tambores nos continúe guiando en este recorrido!

(Artículo tomado de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales En Defensa de la Humanidad de Ana Márquez Ugueto / Venezuela y Nelson Maldonado-Torres / Puerto Rico)

Autor: Ana Márquez Ugueto - Nelson Maldonado-Torres

Fuente: REDH

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