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El astro portugués junto a Míchel Salgado y Vítor Baía visitaron al primer mandatario de Venezuela (Foto: Prensa Presidencial)

El astro portugués junto a Míchel Salgado y Vítor Baía visitaron al primer mandatario de Venezuela (Foto: Prensa Presidencial)

Publicado 27 febrero 2014

Cuando el avión despegó del aeropuerto de Ciudad Bolívar me faltaban seis meses para terminar el servicio militar.

A pesar de que, como de costumbre, no éramos informados de nada y solo se nos hacían llegar órdenes, ya todos sabíamos que Caracas se había amotinado. La policía, más que desbordada, había participado de los saqueos con un hambre más vieja que la de la misma gente. Sabíamos también que las garantías constitucionales habían sido suspendidas y que se había decretado el toque de queda.

“Nos llevan a echar plomo”, dijo Altemar, un muchacho de Ocumare de la Costa que fue reclutado el mismo día que yo y que se la pasaba cantando canciones de Ismael Rivera. Dime por qué, le decíamos en juego.

El avión tomó altura y terminó de girar para enrumbarse. Pensé en mi padre. “Yo seré un pobre maestro de escuela”, me decía, “pero no quiero que vayas a perder el tiempo aguantándole insolencias a esos parásitos”.

Él me entendía muy poco en aquel tiempo y, a decir verdad, no sabe nunca mucho de mí. En realidad no le queda tiempo. Da clases de quinto grado en la Escuela 5 de Julio de Los Jardines, estudia Educación y se mete en los conflictos de los maestros.

De mis hermanos tampoco sabe mucho. La que me sigue tiene 16 años, después viene el otro varón, que tiene 12, y por último está la pequeña, que tiene 7 y a quien mi madre no dejó que mi padre llamase Nicaragua, porque aún cuando ella reconocía que había Francias, Italias, Libias y Argelias, sostuvo firmemente que Nicaragua del Valle quedaba muy pesado. Acordaron llamarla Estelí, que es más de niña, pero que no impedía que mi padre, al hacerle cariños por las noches, en algún momento de enternecimiento la llamase “mi ciudad heroica”. Estelí, muerta de risa, le preguntaba: “¿Mi qué?”, y él le seguía haciendo cosquillas hasta que se quedaba rendida.

El avión se sentía pesado con su barriga llena de soldados. A mi lado, Altemar cantaba que “El Nazareno le dijo que cuidara a sus amigos...”.

Mi padre me entendía poco porque no se daba cuenta de que yo no le hacía tanto caso a lo que me decía a mí, como a lo que le escuchaba decir a los demás.

Se la pasaba hablando con sus compañeros de la educación en el país. Afirmaba que era un túnel sin salida, una pérdida de tiempo. Opinaba que la universidad era una mentira; que los alumnos pobres –como yo– que salían de los liceos públicos –como el mío– no tenían vida a la hora del cupo; que no se había diseñado la educación como un trampolín sino como un filtro.

Debía tener razón, porque al final de mi cuarto año de bachillerato me encontré no solo con Física y Matemáticas raspadas con cero ocho, sino además con un gran desaliento para seguir en ese liceo de mentiritas, en el que muchas veces el candado de la puerta amanecía con un palillo metido en la ranura de la llave y los 800 alumnos perdíamos el viaje. Los profesores que habían asistido se apresuraban a advertir con tono de castigo: —Bueno, muchachos, ya lo saben, materia vista.

Sería por eso que yo jamás llegué a ver al maldito móvil que salía del punto A, se dirigía al punto B, y me atropelló a mí como un bolsa por no saber calcular la aceleración ni el tiempo ni el nombre del chofer que lo manejaba.

Bruto no soy. Los sábados, cuando le meto una mano a mi tío Melchor en el taller que montó en la acera frente a su casa, no hay platinos que se me resistan. Los frenos que yo purgo ya él ni los revisa, y conozco por su nombre todas las piezas de un motor.

El avión dio un fuerte tumbo.

—¡Gran poder de Dios!, exclamó Matías, un distinguido que es de Irapa y que ya va a salir del servicio.

—Debe haber nubes como piedras, dijo Altemar.

—Como arroz, afirmé yo.

—Como monte, completó un nuevo que es de Carapita y a quien le dicen Grillo.

Convencidos de que la abundancia de nubes hacía temblar al avión, sentimos algo como un miedo que nos silenció. Ni Altemar cantaba.

Dos meses sin salir había pasado en la casa, como un preso, huyéndole a la recluta. Lo más que llegaba era a la esquina, y en más de una oportunidad salí corriendo al ver, a lo lejos, a alguna patrulla. La recluta me enfermaba. Me parecía que si me agarraban, me iban a tener que matar porque yo no iba a irme por las buenas.

Mi padre repetía el cuento de que él no iba a permitir que yo fuese a perder el tiempo y a pasar trabajo a un cuartel, pero al mismo tiempo no conseguía ni por asomo el más pequeño recurso para lograr una excepción valedera.

No le decía nada por no herirlo, pues yo entendía que los maestros de escuela que se la pasan en equipos de estudio y en encuentros de educadores no tienen palanca.

Entonces lo pensé mejor y me decidí a pasar ese trago por mi cuenta. Era mejor salir de eso por mi decisión y no exponerme a que me agarrase un policía, con el apellido atravesado, yendo al cine con mi novia.

Además, yo sentía que me estaba llegando el tiempo de abrir paso y que no podía apostar mis cartas a terminar ese bachillerato chimbo para quedarme a las puertas de la universidad con un 11 de promedio entre pecho y espalda.

En el cuartel podía aspirar a hacer un curso de mecánica con el que pudiese, al salir, acomodarme más en serio con mi tío Melchor. Pensar en abrir por mi cuenta mi pedacito de vaina.

Sabía que tendría que pasar por humillaciones, por el “¡tiéndete, moco!”, por el “¡párate firme en el medio del patio hasta que me acuerde!”, pero eso me permitiría a mí poder contarlo, pues ya estaba cansado de que otros me lo contaran.

Se lo dije a mi compinche Abraham la madrugada de un domingo, al salir del cumpleaños de una vecina suya que se llama Yelitza.

—¿Te vas a presentar en Conejo Blanco?, me preguntó sin mirarme, apoyado en el poste que está en la entrada del callejón.

—No sé, le contesté.

Se calló un rato y después me advirtió: —Sea que te vayas a presentar o que te lances a la plaza Miranda para que te recluten, no lleves ropa ni zapatos buenos porque te los quitan.

Me fui a la casa pensando en ese dilema. Dicen que los que se presentan tienen más oportunidades, por eso decidí irme a la plaza Miranda a buscar que me reclutaran. Aunque yo iba a servir por mi voluntad, no me pareció bueno que ellos lo supieran.

Ese mismo domingo por la tarde se lo dije a mi madre. Le advertí que no hiciera nada porque de todas maneras me iba a ir. Si mi padre se enteraba solo lograría molestarlo antes de tiempo. Traté de explicarle lo del curso de mecánica. Sentí que no me escuchaba.

Con un largo silencio, mi madre dijo lo que me tenía que decir: no estaba de acuerdo. No tenía fuerza para estar en desacuerdo. No tenía ninguna alternativa que ofrecerme.

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El lunes por la mañanita, después de que mi padre y mis hermanos pequeños se fueron a la escuela y mi hermana al liceo, mi madre me vio salir del cuarto con una franela de propaganda, los bluyines más viejos de ir al liceo y unas botas de lona y suela de goma bastante rotas. Sacó del horno una arepa de las llamadas “ruedas de camión”, buchona de queso rayado y chorreando margarina, y puso en la mesa un tazón de café con leche humeante. Dejó un billete de 20 bolívares junto al plato de la arepa y me dio un beso lloroso junto con la bendición. Antes de meterse al cuarto me pidió que avisara cuanto antes como pudiese.

Desayuné con calma y lloré un poquito, no tanto por mí como por ella. La vida era con mi madre como una lija gruesa. En su rosario de amarguras, mi ida al cuartel era otra avemaría más. Salí a la avenida y cogí la camioneta para El Silencio. En la cartera llevaba la cédula y el billete de 20 y en el pecho, áspera, la mayoría de edad vuelta decisión.

Al llegar a la plaza Miranda vi la patrulla montada en la acera y a los policías que de cuando en cuando paraban a algún peatón para pedirle la cédula. Caminé hacia ellos. Al aproximarme, un policía me recibió con el tradicional “ven acá pajarito”.

—Carajo, sí, me agarraste, dije para mis adentros.

—Cédula y libreta militar, me exigió con una vocezota.

—Aquí está la cédula, dije. Libreta no tengo.

—¡Móntate ahí!, ordenó, señalando la patrulla.

Sentado en el banco de la camioneta veía pasar a la gente. Buscaba algún conocido que pudiese avisar a mi madre que ya me habían reclutado.

La maniobra del aterrizaje nos puso a todos en alerta. Durante el viaje los rumores habían estirado lo que sabíamos de la situación.

Íbamos para una guerra que había en Caracas, en la peligrosa calidad de refuerzos. Había que estar bien salado para pescar una guerra en los dos años de servicio militar. Aposté una vez más a mi buena suerte.

La cosa en realidad me había salido bien. Mucha humillación al principio con aquel cabo aspirante que se creía el diablo suelto, hasta que el gochito Argimiro, pagando un calabozo de tres meses a pan y agua por todos nosotros, le reventó la jeta de un solo y vengador recto de derecha. Mucho aburrimiento, muchas horas de soledad sin gracia en garitas perdidas que no le importaban a nadie, pero también –por qué negarlo– la fascinación del arma al hombro. Y por fin, hacía ya dos meses, el curso de mecánica. Aquella guerra seguro que no era para mí. Seguro que nos mandarían a patrullar las calles, a vigilar las colas y las noches, pero yo no había ido a servir para meterme en guerra alguna. La plomazón habría pasado cuando yo llegase.

Todavía era de noche cuando aterrizamos, pero después de bajar del avión, cuando estábamos en formación para montarnos en los autobuses que nos iban a trasladar, el Ávila se empezó a dibujar contra la luz gris de aquel día que parecía no querer salir. De La Carlota a Conejo Blanco se concretó el amanecer. Al pasar frente a El Valle, las ráfagas me quitaron la ilusión. Ahí mismo, en mi parroquia, la guerra me estaba esperando. El miércoles que se anunciaba bien podría ser el de ceniza.

Para ñángara, en mi casa con mi padre bastaba y sobraba. Yo más bien miraba esas cosas de lejos, como si no fuera conmigo. Tenía amigos para jugar futbolito, basket, chapita, y para ir a los bonches a ponerme bravo con mi novia si venía con la franelita recortada en la barriga, como si su ombligo fuese el ombligo del pueblo y no el mío, nada más que el mío, el que estaba puesto para que lo jurungase yo en la medianoche de los cines. Me ganaba unos churupos con mi tío Melchor para pagarme la parte de la vida que no era comer y medio vestirme, y para retratarme con mi madre de a cien bolos por semana. Pero algo sí sabía de la vida.

Sabía que los malos habían inventado el modo de pagar y de darse el vuelto. Que el saqueo lo habían empezado ellos hacía muchos años. Sabía además, me lo enseñaron muy bien en el cuartel, que la carne de soldado es muy barata.

Conejo Blanco era un hervidero. Contingentes de soldados llegaban de distintas partes del país. Patrullas llegaban de sus guardias. En eso vi a Elías.

Había sido reclutado tres meses antes que yo y le faltaban escasas semanas para entrar en la prebaja. Estaba en Fuerte Tiuna desde enero. Era mi amigo de toda la vida. Vecino del barrio y compañero de escuela.

—¡Qué, parroquia!, ¿cómo está la vaina?

Elías se volteó y me vio.

—¿Qué, chamín? –me contestó palmeándome la espalda–. Jodida.

Por primera vez me iba a informar de lo ocurrido en fuentes de toda mi confianza. Tomando en cuenta lo escaso del tiempo, Elías resumió:

—La matazón fue ayer, chamo. La gente andaba de su cuenta y se creyó que la cosa era parranda. Plomo y plomo, chamo, sin ver. Barrer las calles llenas de gente a punta de plomo. Sin ver. Mandar a la gente para su casa a ráfaga limpia. Tranquilo, chamo, ustedes agarran la situación bajo control. Los mandarán a buscar a los que andan echando tiros desde los bloques. Empezaron anoche, pero ¿qué?, no tienen vida. La matazón fue ayer.

Elías se fue a dormir y a mí me mandaron a formar.

Me montaron en un jeep artillado, al mando de un oficial desconocido, que sin saber de mí ni de mi vida le dijo secamente al que manejaba: “Arranca para Los Jardines”.

Durante el trayecto pude leer en las fachadas y paredes de los edificios la reciente historia escrita por las balas. Algo grande debió pasar para que el plomo fuera tan grueso.

Temí. ¿Dónde estaría mi padre? ¿Cómo estaría mi familia?

Yo no quería estar en aquel jeep lleno de balas como un polvorín, un puercoespín de ametralladoras. Quería ir a mi casa y me di cuenta de que el jeep me estaba llevando en la forma más odiosa. Acercándonos a Los Jardines me hundí en el casco cuanto pude para evitar en lo posible ser reconocido. Estaba llegando a mi patio. No era tanto lo mucho que yo conocía esas calles como lo que esas calles me conocían a mí.

Subimos hasta apostarnos frente a los bloques que dan al parque en el que monté triciclo hasta cansarme cuando era bastante más carajito.

Detrás de los bloques, entretejida en callejones y escaleras, está mi casa. Aquel barrio era más yo que yo mismo. Si la patria es algo, es ese amuñuñamiento de casas que trepaban el cerro y que ahora miraba con el pecho trancado por el miedo, la rabia, y unas inmensas ganas de salir corriendo.

De pronto, como una oleada desde El Valle hacia Coche, comenzaron a oírse ráfagas y disparos contrapunteados. Aquello parecía un 31 de diciembre a las 12 de la noche que no acababa nunca de pasar.

El oficial señaló un lugar en la parte alta de un bloque.

—Allá están los francotiradores- dijo.

—Tomar posiciones-, ordenó.

Los francotiradores, pensé. Conocía a algunos. Les tenía una rabia heredada de mi padre. No eran capaces de organizar ni una partida de pelotica de goma, pero en aquel bururú en el que ellos no tenían arte ni parte, agarraban sus pistolas de ser guerrilleros, subían a sus azoteas de ser revolucionarios, y le daban rienda suelta a su sarampión de francopendejos.

Eran la excusa para que aquel maldito oficial diera la orden que me tenía la sangre mala desde que salimos de Ciudad Bolívar .

—Disparen-, gritó.

Disparen. Como si no fuera mío el aire. Míos los recuerdos pegados en las esquinas. Mías las ganas de vivir sueltas por los callejones.

Disparen. Como si una ráfaga no pudiera rebotar en la pared del apartamento de Luisa, dar rozando en el techo de la casa de Chabela y malograr al señor Ángel en el balcón de su casa.

Disparen. Como si uno nunca hubiese cantado Gloria al bravo pueblo.

Disparen. Nada suyo parecía haber en los blancos de las balas.

Disparen. Como si uno no pudiera darse a sí mismo en plena madre.

Disparen, ordenó. ¡Malhaya sea!.


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