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El jefe de Estado de Bolivia sostuvo que el presidente chileno, Sebastián Piñera, "falsea la verdad". (Foto: Archivo)

El jefe de Estado de Bolivia sostuvo que el presidente chileno, Sebastián Piñera, "falsea la verdad". (Foto: Archivo)

Publicado 11 febrero 2014

Durante más de un decenio, el ascenso de la izquierda en los gobiernos latinoamericanos ha llevado a cabo logros notables en la reducción de la pobreza, de la integración regional y a una reafirmación de la soberanía y de la independencia. Estados Unidos se ha mostrado hostil hacia los nuevos gobiernos de izquierda y, al mismo tiempo, ha seguido una política exterior bélica, en muchos casos abiertamente desdeñoso del derecho internacional.

Entonces, ¿por qué Human Rights Watch (HRW), a pesar de proclamarse a sí misma como “una de las principales organizaciones independientes del mundo” respecto a los derechos humanos, ha mantenido tan sistemáticamente posturas y políticas semejantes a las de los Estados Unidos? Esta compatibilidad con la agenda del gobierno de EE.UU. no se limita a Latinoamérica. En el verano de 2013, por ejemplo, cuando surgía amenazadoramente la posibilidad de un ataque unilateral con misiles de los EE.UU. a Siria (una evidente violación de la Carta de la ONU), Kenneth Roth, director ejecutivo de HRW, especuló en cuanto a si sería suficiente un bombardeo meramente “simbólico”. “Si Obama decide atacar a Siria, ¿se conformará con el simbolismo o hará algo que ayudará a proteger a la población civil?”, preguntó por Twitter. John Tirman, director ejecutivo del Centro de estudios internacionales de la universidad Massachusetts Institute of Technology, con presteza denunció el “trino” como “probablemente la declaración más ignorante e irresponsable jamás dada por un importante defensor de los derechos humanos”.

La adaptación de HRW a la política de los EE.UU. se ha extendido también a las extradiciones secretas (la práctica ilícita de secuestrar y transportar a sospechosos de todas partes del mundo para que sean interrogados y a menudo torturados en países aliados). A principios de 2009, cuando se informó que la recién electa administración de Obama iba a dejar intacto este programa, Tom Malinowski, director de cabildeo de HRW en Washington en aquel entonces, sostuvo que “en determinadas circunstancias hay un papel legítimo” de las extradiciones secretas y recomendaba paciencia: “quieren diseñar un sistema que no traiga como consecuencia el envío de personas a calabozos extranjeros para torturarlas”, dijo; “sin embargo, el diseño de ese sistema va a tomar un tiempo”.

No extendió HRW la misma consideración a Venezuela, el enemigo de facto de los Estados Unidos, cuando en 2012, José Miguel Vivanco, director de HRW Americas, y Peggy Hicks, directora de defensa mundial de derechos, escribieron una carta al presidente Hugo Chávez alegando que su país no cumplía con los requisitos para participar en el Consejo de Derechos Humanos de la O.N.U. Sostenían que los miembros del Consejo deben mantener los más altos criterios para el fomento y protección de los derechos humanos, pero que, desgraciadamente, “Venezuela actualmente está muy por debajo de los estándares aceptables”.

Teniendo en cuenta el silencio que guardó HRW respecto a la afiliación de los EE.UU. al mismo Consejo, uno se pregunta cuáles son exactamente los estándares aceptables de HRW.

Uno de los factores subyacentes de la conformidad general de HRW con la política de los Estados Unidos quedó en claro el 8 de julio de 2013, cuando Roth utilizó Twitter para felicitar a su colega Malinowski por su postulación al cargo de subsecretario de Estado para la democracia, los derechos humanos y el trabajo (DRL, por sus siglas en inglés). Malinowski estaba preparado para avanzar los derechos humanos en su calidad de funcionario de política exterior de alto nivel para una administración que convoca semanalmente reuniones conocidas con el nombre de “Martes del terrorismo”. En estas reuniones, Obama y los miembros de su cuerpo administrativo deliberan sobre la ejecución de asesinatos extrajudiciales alrededor del planeta mediante el uso de aviones telecomandados, aparentemente utilizando una “lista de asesinatos” secreta que ha incluido a varios ciudadanos estadounidenses, así como a una jovencita de 17 años de edad.

El ingreso de Malinowski al gobierno fue, en realidad, un reingreso. Antes de HRW, se había desempeñado como redactor de discursos para la secretaria de Estado Madeline Albright y para el Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca. También se había desempeñado como asistente especial del presidente Bill Clinton, cargos todos que incluyó con orgullo en su biografía en HRW. Durante su vista de confirmación ante el Senado el 24 de septiembre, Malinowski prometió “profundizar el consenso bipartidista respecto a la defensa de la libertad que los Estados Unidos lleva a cabo en todo el mundo” y prometió a la Comisión de Relaciones Exteriores que sin importar adónde condujera el debate en los Estados Unidos sobre Siria, “el mero hecho de que ahora lo tenemos muestra lo excepcional que es nuestro país”.

Ese mismo día, Obama se paró frente a la Asamblea General de la ONU y declaró: “es posible que algunos no estén de acuerdo, pero yo creo que Estados Unidos es excepcional”. Suponiendo que por “excepcional” Obama quiso decir excepcionalmente benévolo, una de los que estuvieron en desacuerdo fue la presidenta brasileña Dilma Rousseff, quien había iniciado su intervención en el mismo estrado vilipendiando la “red mundial de espionaje electrónico” de Obama, la que ella consideraba como una “falta de respeto a la soberanía nacional” y como una “grave violación de los derechos humanos y civiles”. Rousseff contrastó el comportamiento desvergonzado de Washington con su caracterización del Brasil como un país que ha “vivido en paz con nuestros vecinos por más de 140 años”. El Brasil y sus vecinos, sostuvo, han sido “democráticos, pacíficos y respetuosos del derecho internacional”.6 El discurso de Rousseff materializó la amplia oposición de Latinoamérica al excepcionalismo de los EE.UU. y, por lo tanto, clarificó la relación mutuamente antagónica de la izquierda con HRW.

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