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El poder del Tea-Party: Sexismo + Racismo

| Foto: Archivo

Publicado 7 julio 2014


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Muchos académicos y periodistas concuerdan en que el racismo ha sido el mayor impedimento de la democracia en Estados Unidos. La esclavitud de los negros, una de las bases de la riqueza del país, fue confinada gradualmente a los estados del sur. Sin embargo, luego de la supuesta emancipación de los esclavos, la élites blancas del sur consiguieron tanto resubordinar a los afroamericanos (contratándolos como aparceros y mano de obra barata), como limitar la expansión de la democracia en los Estados Unidos. Mantener a la población negra sin poder económico o político, le permitió a los gobernantes sureños limitar el éxito de los progresistas, en el sur y en toda la nación. El bloque sureño en el Congreso evitó que las personas de color pudieran tener acceso al estado de bienestar social creado en los años 30, ayudó a los capitalistas a limitar y reducir los sindicatos y apoyó la creación del ejército de Estados Unidos.

Todo esto está entendido totalmente por muchos historiadores de Estados Unidos. Sin embargo, algunos han documentado cómo la represión de los derechos de las mujeres ha afianzado la fuerza reaccionaria del racismo. La alianza del sexismo y el racismo es una unión en la política ultraconservadora en la actualidad.

Antes de hablar del “Tea Party”, volvamos 150 años atrás para ver las primeras manifestaciones de esa alianza, piedras fundacionales donde se construyeron más políticas conservativas. En la primera mitad del siglo XIX, el movimiento del norte de Estados Unidos a favor de la abolición de la esclavitud estaba conformada desproporcionadamente por mujeres. Las primeras defensoras de los derechos de las mujeres (Susan Anthony, Sara y Angelina Grimke, Elizabeth Cady Stanton y Maria Stuart) fueron antes abolicionistas. Además, estaban naturalmente aliadas con el sector radical del abolicionismo, ligado a William Lloyd Garrison, quien llamó a la emancipación inmediata y exigió derechos civiles y políticos para los liberados.

De hecho, los primeros movimientos por los derechos de las mujeres nacieron por los intentos de los hombres abolicionistas que querían evitar que las mujeres participaran en el movimiento contra la esclavitud. En 1830 el blanco abolicionista más conservador acusó a Maria Stuart y a las hermanas Grimke de conducta poco femenina por planificar dar un discurso en público. En 1840, el mismo grupo de hombres blancos evitó que las mujeres participaran en una convención internacional contra la esclavitud en Londres. Las mujeres tenían la necesidad de defender su derecho a expresar que literalmente fueron forzadas a ser las primeras en articular la perspectiva de los derechos de las mujeres. Veinte años después, durante la guerra civil de Estados Unidos (1861-1865), las abolicionistas acordaron suspender temporalmente la agitación en favor de sus derechos, para dedicarse exclusivamente a trabajar en pro de la emancipación y del bienestar de los liberados. En cambio, ellas esperaban que al final de la guerra, el Partido Republicano de Lincoln apoyara la completa legalidad de los derechos de las mujeres.

Luego de la guerra, la corriente radical del movimiento por los derechos de las mujeres hizo un llamado al sufragio adulto y universal. En cambio el Partido Republicano añadió las enmiendas 14° y 15° a la constitución, favoreciendo sólo a los hombres negros. Las mujeres, negras o blancas, fueron excluidas, lo que generó descontento e ira entre los abolicionistas que apoyaban los derechos de las mujeres. Se desarrollaron discusiones fuertes e irrespetos entre aquellos que veían apropiado que sólo los hombres pudieran votar y los que apoyaban la democracia. Este sentimiento se arraigó en el primer grupo de quienes veían los derechos de las mujeres como una distracción, un factor divisor. De hecho, la división fue creada por los líderes blancos del Partido Republicano, pero muchos afroamericanos también pensaban que los reclamos por los derechos de las mujeres dividían a sus adeptos.

Sin embargo, consideremos los resultados: luego de un breve receso en 1870, durante el cual los hombres negros luchaban por obtener poder político, la inhabilitación de los afroamericanos continuó por otro siglo, hasta que fue promulgada en 1965 la Ley del Derecho al Voto, lo que reveló la contribución de la coalición antiesclavitud a la retirada del gobierno federal sureño, lo que permitió que los sureños blancos pudieran instalar un sistema violento de supremacía blanca. No quiero decir con esto que la exclusión de las mujeres fue el factor principal en la continuación del poder reaccionario del sur, pero sin duda alguna fue un factor importante. Los derechos de las mujeres no sólo hubiesen significado el doble del voto negro, sino que le hubiesen permitido a las mujeres hacer en el sur más de lo que podían hacer en el norte: construir una ciudadanía social al establecer instituciones para el bienestar social y para la educación.

Durante la gran depresión de 1930, el presidente Franklin Roosevelt construyó otra poderosa coalición política, compuesta por la clase trabajadora y la clase media de las ciudades, incluyendo a las personas de color del norte, que podían votar. Pero los blancos del sur tenían mayoría en el Congreso, y fueron estos legisladores los que formaron un bloque que severamente limitó la legislación progresista. La dependencia de Roosevelt de los congresistas sureños impidió la promulgación de la ley antilinchamiento y la asistencia médica universal, hicieron que la Ley del Seguro Social excluyera a más ciudadanos, en su gran mayoría mujeres y negros y debilitaron los sindicatos laborales. Las mujeres que trabajaron durante el período de Roosevelt fueron, en un patrón que se incrementaría durante el siglo XX, empoderadas por una legislación más inclusiva y democrática, pero fueron marginadas y muchas veces rechazadas de los procesos políticos.

En la actualidad, el “Tea Party” es la iteración más reciente y más extrema de la “Nueva Derecha” diseñada al final de 1960. Todos los lectores seguramente están al tanto de que esta coalición conservadora ha utilizado el tema del aborto con gran éxito en su ascenso al poder. Ha creado un pequeño pero desproporcionado grupo que considera que el aborto es el peor de los males, incluso peor que los cientos de miles que Estados Unidos ha asesinado en sus intervenciones militares; los millones de niños que viven en la pobreza sin una educación decente o asistencia médica; el sinnúmero de adultos que han sufrido enfermedades y han muerto por falta de un seguro médico; los millones de desempleados que se quedaron sin compensación por desempleo; las secretarias, vendedores y camareros que pagan más impuestos que sus empleadores mil millonarios.

La propaganda del aborto, además, se ha realizado con cierto tono de odio hacia la mujer. La mujer abortiva es considerada prostituta, perra, frívola, sin corazón, inhumana. Argumentan que el aborto destruye la familia, cuando en realidad probablemente la proteja, la mayoría de las mujeres abortivas son madres que han decidido que no pueden tener más hijos. Tratan al aborto, y también al control de natalidad muchas veces, como una decisión de la madre, cuando casi siempre es una decisión conjunta de los progenitores.

Pienso que esta estrategia fue “diseñada”, y estoy segura de ello. La “Nueva Derecha” fue una estrategia planeada y articulada al final de 1960 para romper 30 años de la coalición Roosevelt. Los estrategas republicanos, con base en el sur, entendieron que no pueden ganarle al Partido Demócrata y que su candidato no podía ser electo presidente sin persuadir a algunos pobres, clase media y clase trabajadora. Esto significó persuadirlos de ignorar o pasar por alto las políticas republicanas que contravenían sus intereses económicos. Los líderes republicanos avistaron dos temas que les ayudarían a distraer a los votantes del tema económico: desegregación racial y los derechos de las mujeres.

En 1970, dos movimientos sociales solapados, derechos civiles y emancipación femenina, cambiaron radicalmente la escena política y significaron una amenaza para los intereses de los hombres blancos. Luego de que la desegregación de las escuelas se convirtió en ley, miles de padres blancos sureños retiraron a sus hijos de las escuelas públicas y crearon escuelas privadas, escuelas cristianas, únicamente para ellos. Muchos de ellos eran Evangélicos Protestantes. El presidente Nixon aprobó que las escuelas segregadas no fueran exentas de pagar impuestos, así que estos padres podrían ser movilizados por alguna fuerza política para defender sus escuelas. Los activistas republicanos Paul Weyrich y Richard Viguerie aprovecharon esta oportunidad para desarrollar una alianza con los pastores evangélicos Jerry Falwell y Bob Jones, argumentando que esta política federal era un ataque contra la cristiandad y sus valores. (Jones aseguraba que la segregación racial estaba escrita en la Biblia).

Anteriormente, la mayoría de los líderes evangélicos cristianos habían evitado la política, fueron los conservadores seculares quienes los introdujeron en la política. Es más, mientras más estuvieran inmersos por estos republicanos seculares, eran más hostiles en relación al aborto. En los últimos años de 1960, 18 estados de Estados Unidos rechazaron sus prohibiciones contra el aborto. Mientras más y más mujeres eran parte de la fuerza laboral, y la mayoría de las familias dependían de los salarios de las mujeres, se hizo necesario el control de la natalidad por el bien de la economía familiar. Fue cuando en 1973 la Corte Suprema invalidó las prohibiciones de abortar. La jerarquía católica protestó la medida, pero en todo momento el liderazgo evangélico la aceptó. En 1968 la revista evangélica más importante, Christianity Today, se refirió al aborto como un medio aceptable para mantener el bienestar familiar. En 1971 y luego en 1974 la Convención Bautista del Sur, el grupo evangélico más conservador, invitó a sus miembros a trabajar en pro del derecho a abortar “en caso que la mujer lo necesite, bien sea por motivos emocionales, mentales o de salud física)”. Tim y Beverly LaHaye, autores principales de libros sobre el matrimonio, aceptaron el aborto en su libro de 1976 El acto nupcial. En 1980, Ronald Reagan se dirigió a los evangélicos sin mencionar el aborto.

Weyrich y otros persuadieron a los ministros evangélicos de predicar la maldad del aborto (hay mucha correspondencia entre Weyrich y Falwell que corrobora esto). La coalición el Derecho Cristiano creada en conjunto, dio en el clavo con sus eslóganes el “niño no nacido” y el “derecho a la vida”. Consiguieron movilizar a millones y hacer que tuvieran nuevas creencias, que simbolizaban su ansiedad sobre la emancipación femenina.

Pero esta coalición tomó su explosiva y permanente fuerza de la combinación de la rabia contra los derechos civiles y el feminismo, combinación que aún persiste. Los avances en derechos civiles han forzado a la retórica racista a la clandestinidad, pero la elección de Barack Obama la revitalizó. Desde el momento en que el congresista republicano Joe Wilson gritó “¡mientes!” durante un discurso presidencial de Obama en el congreso. Dos cosas quedaron claras: que Obama no sería tratado con el debido respeto que le prestaron a los presidentes blancos y que la derecha se opondría a todas sus propuestas.

Así como muchos conservadores simplemente no pueden soportar un líder negro, otro grupo no puede soportar un mundo en el que las mujeres tomen decisiones fundamentales. No sugiero con esto que el sexismo y el racismo vayan de la mano. Son diferentes formas de dominación, pero se pueden mezclar bien.

Esta combinación, por supuesto, apunta directamente a estrategias de contestación. La lucha que nació en Carolina del Norte, “Lunes Morales”, es un ejemplo de cómo se realiza una combinación que rechaza tanto al racismo y al sexismo y que a la vez se auto-promueve. Esta alianza liderada por el ministro cristiano afroamericano, William Barber, ha unido tanto a la clase trabajadora y a la clase media, los blancos, negros y latinos, profesores universitarios, estudiantes de bachillerato, cristianos, musulmanes, judíos y ateos; pero más importante aún para este artículo, feministas y activistas de los derechos civiles. De hecho, sus bases son mayoritariamente femeninas. Esto puede que no sea suficiente para dar vuelta al ascenso republicano en Carolina del Norte, pero demuestra el potencial de una alianza antiracismo y antisexismo, que será explorada en un nuevo artículo.

* Profesorade historia en laUniversidad de Nueva York, la enseñanza de cursossobre género, movimientos sociales, el imperialismoylos EE.UU.en el siglo20 engeneral.Ha ganado prestigiosos premios, incluyendo Guggenheim, NEH, ACLS, RadcliffeInstituteybecasCullmanCenterde la BibliotecaPública de NuevaYork.


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