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Katu Arkonada
Katu Arkonada

Tiene un diplomado en Políticas Públicas. Exasesor del Viceministerio de Planificación Estratégica, de la Unidad Jurídica Especializada en Desarrollo Constitucional y de la Cancillería de Bolivia. Ha coordinado las publicaciones "Transiciones hacia el Vivir bien" y "Un Estado muchos pueblos, la construcción de la plurinacionalidad en Bolivia y Ecuador". Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad.

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Entre 2005 y 2015, el Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (IPSP), nacido en 1995 y con la sigla MAS prestada para su primera contienda electoral, logró una hegemonía política y social nunca antes vista en la historia de Bolivia, más longeva incluso que la del MNR de la Revolución de 1952.

Comenzamos 2020 y se avivan los rescoldos de un 2019 turbulento, que comenzó con una Venezuela bajo asedio, y terminó con un golpe de Estado contra el proceso de cambio boliviano y con Evo Morales como asilado político de los gobiernos de México primero, y Argentina después, todo ello mientras insurrecciones populares desafiaban nuevamente al modelo neoliberal en Haití, Honduras, Ecuador o Chile, a las que se sumaban las grandes movilizaciones contra el sistema político en Colombia.

Escribo mi última columna del año (nos volveremos a leer el sábado 4 de enero de 2020) desde Caracas, donde participo como ponente de un seminario organizado por la Red en Defensa de la Humanidad, TeleSur, y el Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Venezuela.

Este análisis (auto)crítico parte también desde el más absoluto compromiso con el proceso de cambio que transformó Bolivia durante 13 años, y desde la lealtad al MAS-IPSP y a su líder Evo Morales, siempre acompañado por Álvaro García Linera, y en contra de cualquier utilización perversa de la crítica, como se ha venido haciendo desde ciertos sectores de centro-izquierda, o desde algunos feminismos latinoamericanos.

A pesar de las dificultades, es innegable que el país cambió. La imagen de hace un año mientras AMLO se dirigía a la toma de posesión en su Jetta blanco, y un ciclista le dice a su lado “no tienes derecho a fallarnos”, es la imagen de un país lleno de esperanza, pero, sobre todo, tremendamente politizado.

El golpe dentro del golpe de Estado se ha ejecutado de manera impecable, de modo que los anteriores líderes opositores, policiales y militares, creen que son los responsables de haber forzado el asilo de Evo Morales del país. Pero las responsabilidades trascienden Bolivia y apuntan directamente a Estados Unidos.

El golpe de Estado en Bolivia sigue su curso, y se hace necesario entender por qué se están produciendo los acontecimientos y cuales son los siguientes pasos que se van a producir, tanto por parte de los golpistas, como parte del campo popular en resistencia al golpe.
Son varias las matrices de opinión que se han ido conformando en estos días por parte de los medios de comunicación, la derecha internacional, e incluso un sector del centro-izquierda, que, por acción, u omisión, acaba justificando el golpe.

¿Cómo se ha podido desmoronar el proceso político que más igualdad generó en el país más desigual de América Latina y el Caribe? Quizás en la misma pregunta está la respuesta.

Desde abajo, las movilizaciones populares en Chile, Ecuador, Honduras o Haití han sacudido el territorio latinoamericano, del Caribe a la Patagonia. Las de mayor intensidad se están produciendo en Chile, el país donde se dio un golpe de Estado a un presidente socialista para convertirlo en laboratorio de un modelo neoliberal.

¿Cómo es posible que en el país con mayor crecimiento de la región se ponga en duda la continuidad del presidente responsable de su estabilidad política y económica?