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Ángel Guerra
Ángel Guerra

Latinoamericanista y analista internacional, articulista del diario mexicano La Jornada. Invitado frecuente en teleSUR. Fue director del diario Juventud Rebelde (1968-71), de la revista Bohemia (1971-1980) y de otras publicaciones cubanas de circulación nacional

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Apelando a una retorcida interpretación de la Constitución, Bukele pretendía imponer al Legislativo, a mano armada y con la presión de sus seguidores convocados a los alrededores del parlamento, la aprobación de un préstamo de 109 millones de dólares para la fase III de un programa de combate a las maras (pandillas), conocido como Plan de Control Territorial.

A propósito del deprimente espectáculo televisivo montado el 4 de febrero por Donald Trump para presentar el tradicional discurso sobre el estado de la Unión, tomo prestado para este artículo el título de una extraordinaria novela satírica de la escritora puertorriqueña Giannina Braschi.

Culpan a Cuba y Venezuela para justificar más agresiones contra ellas pero saben que es su modelo neoliberal de muerte lo que ha hecho que Haití, Honduras, Chile, Colombia, Ecuador, Bolivia, Argentina, México, y los que sigan, se levanten para derribarlo, en las calles o en las urnas.

La ofensiva imperialista yanqui contra los pueblos de nuestra región  está entrando en una nueva fase; en algunos países, con claros ribetes fascistas. Aunque no es el único síntoma, el obsesivo afán de Estados Unidos por matar de hambre e insalubridad a los pueblos de Venezuela y Cuba, solo para impedir que ejerzan el sagrado derecho humano a la autodeterminación, es un clarísimo ejemplo de ello. También lo es la cínica y alocada cruzada “antiterrorista”  en América Latina convocada esta semana en Bogotá por el secretario de Estado Pompeo y el subpresidente Duque, tomados de la mano con su títere Juan Guaidó.

Irán no se rendirá. Al asfixiarlo económicamente y amenazarlo militarmente, el magnate exacerba al extremo una causa de conflicto bélico que podría arrasar el Medio Oriente, pero también arrastrar a la humanidad al abismo nuclear, si se complica.

Sin la heroica y victoriosa resistencia venezolana y cubana frente al progresivo recrudecimiento del férreo bloqueo económico que les impone Estados Unidos, el cuadro político de América Latina y el Caribe estaría muy lejos de ser favorable al avance revolucionario y progresista. La resistencia es más desgastante aun para Washington, porque ve con nerviosismo que en Venezuela resultan derrotadas también sus peligrosas acciones desestabilizadoras, incluidos ataques armados, como le tocó a Cuba en su momento, por no hablar de las autoproclamaciones y otros circos de la oposición. La pelea cotidiana incluye también la decidida riposta  popular sandinista al  intento de golpe suave contra el gobierno de Nicaragua, lo que ha permitido conservar y acrecentar una correlación de fuerzas y un espacio político en nuestra región favorables a la llegada al gobierno de proyectos populares como el de Andrés Manuel López Obrador en México y  el del dúo Fernández-Fernández en Argentina. La existencia de estos dos gobiernos, por más condicionamientos geopolíticos y frustrantes herencias neoliberales que los limiten, refuerza considerablemente el cuadro latinocaribeño de resistencia contra el sistema mundial de dominación neoliberal, como lo estamos comprobando con sus valientes actitudes ante el golpe fascista en Bolivia, o con la decisión de AMLO de invitar al presidente Nicolás Maduro a su toma de posesión.

Estados Unidos, la oligarquía local y otras de la región concertaron con mucha antelación un plan detallado para derribar el gobierno de Evo Morales, desmantelar de raíz el Estado Plurinacional de Bolivia y apoderarse del gas, el ahora muy estratégico litio y otros recursos naturales del país.

En 2019, se demostró la falacia que auguraba el fin del “ciclo” progresista en América Latina y el Caribe. Bastaría con citar las rotundas victorias electorales de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina para refutarla. No obstante, la aseveración sobre el fin del ciclo se basaba en hechos reales y muy lamentables, pero a la vez aleccionadores para las fuerzas populares, progresistas y revolucionarias. Después de todo, la irrupción de gobiernos populares iniciada posteriormente al arribo a la presidencia de Venezuela por Hugo Chávez en 1999 parecía no solo estar en retroceso sino haberse detenido en 2016 tras dos derrotas muy graves para el movimiento popular en Nuestra América: el desplazamiento de la Casa Rosada en diciembre de 2015  del Frente para la Victoria, gracias al triunfo electoral de una coalición neoliberal  y proimperialista encabezada por Mauricio Macri; y el golpe de Estado mediático-judicial-parlamentario contra la presidenta de Brasil Dilma Rousseff en agosto del año siguiente. El golpe llevó una pandilla de bandidos al Planalto que, como ya había hecho el macrismo en el país rioplatense, inició un gobierno para el 1 por ciento: desmantelamiento de la soberanía nacional y protección social instaurado por los gobiernos del PT, especulación financiera desenfrenada y venta a las transnacionales de los recursos naturales y bienes públicos. Aunque estas fueron las más costosas derrotas en el período analizado, no fueron las únicas. En 2009, un golpe de Estado militar evidentemente orquestado por Estados Unidos derrocó al gobierno del presidente Manuel Zelaya, quien había ingresado a Petrocaribe, a la Alba y promovido una política exterior digna y soberana. Cuatro años después era derribado por un golpe parlamentario-mediático el presidente de Paraguay, Fernando Lugo, notable adherente del progresismo. A esto debe añadirse la artera traición de Lenín Moreno a sus compañeras y compañeros de la Revolución Ciudadana, al pueblo de Ecuador y a su propio discurso desde que se integró al primer gobierno del presidente Rafael Correa hasta que resultó electo a la primera magistratura del país, que impulsó un retroceso al vapor al neoliberalismo y un entreguismo sin precedente a Washington. De la misma manera, la injusta y perversa condena de cárcel al expresidente brasileño Lula da Silva en abril de 2019, maniobra evidente del imperialismo yanqui y la oligarquía local para impedir su segura victoria en la elección presidencial de octubre de ese año.  Como resultado, la elección de Jair Bolsonaro constituyó un refuerzo a las posturas ultraderechistas no solo en la región sino en el mundo; y a la profundización de las políticas neoliberales y las actitudes aun más obsecuentes hacia el imperialismo, también traídas a sus países por los nefastos presidentes Sebastián Piñera e Iván Duque. No obstante, la puesta de Lula en libertad provisional fue un logro de las fuerzas progresistas de Brasil y del mundo.

Donald Trump proclama en un trino su apoyo a Jeanine Añez, augusta sirvienta del imperialismo en Bolivia. La hasta hace poco desconocida senadora, hoy se sienta en el vetusto Palacio Quemado gracias a un golpe de Estado digitado desde Washington con el apoyo del jefe del ejército boliviano. Según Trump, la autoproclamada “trabaja para asegurar una transición democrática y pacífica a través de elecciones libres”. Y cierra su mensaje con la olímpica afirmación:  ¡Estados Unidos está con los pueblos de la región por la paz y la democracia! Sus palabras llevan el sello de Mauricio Claver Carone, su asesor para América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional, el mismo imperial y prepotente sujeto que se retiró enfurecido de Argentina cuando tomó conciencia que a unos metros de él, ¡horror!, se encontraban Jorge Rodríguez, ministro de información de la República Bolivariana de Venezuela, y el ex presidente de Ecuador Rafael Correa, quienes también asistían a la toma de posesión del presidente Alberto Fernández. Salido de las cloacas de la contrarrevolución de Miami, es seguro que a Claver-Carone le molestara aún más la presencia de Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba. Solo que como comenta mi compatriota y colega Randy Alonso Falcón, director de Cubadebate, haberse quejado de eso habría sido demasiado humillante para el enviado de Trump.

Cada país tiene problemáticas particulares que requieren recetas propias para su solución. Pero eso no significa que no haya flagelos estructurales que sufren por igual países como México, Haití, Honduras, Colombia, Chile, Perú, Argentina, por solo mencionar aquellos donde recientemente los pueblos se han rebelado contra el estado de cosas existente.