Ramonet: «Vivimos la transición hacia un nuevo sistema histórico aún no totalmente definido»
Multipolaridad geopolítica y globalización fragmentada, competencia tecnológica y revolución IA, transición energética y demográfica, nuevas formas de guerra, crisis climática… No son problemas independientes, sino parte de una gran transformación histórica en que «soberanía» será palabra clave que debemos redefinir, afirma Ignacio Ramonet.
«Necesitamos volver a formular una pregunta que, en otros momentos de grandes transformaciones históricas, fue decisiva: ¿qué nueva sociedad queremos construir? Porque esta es quizá la característica más importante del momento que vivimos: el futuro todavía está abierto. Y precisamente porque está abierto, la ciudadanía debe contribuir masivamente a definirlo», señala Ramonet. Foto: CP.
10 de octubre de 2026 Hora: 21:02
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Mucha gente está perpleja. Desconcertada. Descolocada ante los acontecimientos que estamos viviendo. Hay una enorme incertidumbre. Una profunda inquietud. Incluso miedo. Porque, una vez más, no entendemos, no comprendemos lo que está sucediendo en nuestras sociedades y en el planeta. El mundo se ha vuelto muy difícil de leer, de descodificar. Y la información que recibimos no nos ayuda. Incluso nos confunde más. Muchas de nuestras herramientas conceptuales ya no nos permiten interpretar, descifrar lo que está pasando.*
Y es normal. Porque lo que estamos viviendo no es simplemente una nueva crisis internacional. Ni siquiera una policrisis. No es solamente una nueva fase de la rivalidad entre grandes potencias. Tampoco es únicamente una nueva revolución tecnológica. Lo que está ocurriendo es algo más profundo.
Estamos asistiendo a la convergencia, en un mismo momento histórico, de varias grandes rupturas que normalmente se producen separadamente: una transformación del sistema geopolítico internacional; una transformación de la economía-mundo; una revolución tecnológica; una transición energética; una mutación demográfica; una crisis climática y ecológica, y una profunda modificación de las formas de producción, de comunicación y de organización social. Y lo extraordinario de este nuevo momento es que todas estas transformaciones están ocurriendo simultáneamente y se están influyendo unas a otras.
Hoy, el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial está dando paso a un mundo más fragmentado y multipolar, al mismo tiempo que avanzan la inteligencia artificial, las transformaciones demográficas y la crisis climática. Esa simultaneidad convierte el momento actual en un período de incertidumbre excepcional.
Por eso creo que debemos evitar dos errores. El primero consiste en pensar que estamos simplemente ante una sucesión de crisis: la guerra, la inflación, las tensiones comerciales, la crisis energética, la rivalidad Estados Unidos-China, la inteligencia artificial… No. El segundo error consiste en pensar que todo esto constituye una especie de accidente pasajero del sistema. Tampoco.
Lo que estamos viviendo es la transición de un sistema histórico hacia un nuevo sistema histórico cuyo perfil todavía no está completamente definido. Y, precisamente por eso, este es un momento gramsciano en el que la política vuelve a adquirir una importancia extraordinaria, fundamental. Porque cuando las reglas de una época empiezan a dejar de funcionar y los nuevos paradigmas todavía no están establecidos, se abre un período de disputa por definir e imponer las nuevas reglas y los nuevos paradigmas de la nueva época histórica que comienza.
Para tratar de entender mejor este cambio copernicano que estamos viviendo, propongo los siguientes 20 apuntes con el objeto de visualizar mejor la actual cartografía conceptual de esta nueva transformación.
1- Geopolítica: de un mundo unipolar a un mundo con múltiples centros de poder
Durante más de tres décadas, desde la desaparición de la Unión Soviética en 1991, vivimos lo que podríamos llamar un momento unipolar. Estados Unidos quedó como única superpotencia global. Eso no significa que controlase absolutamente todo. Existían otras grandes potencias, economías regionales, instituciones internacionales y múltiples formas de resistencia. Pero la arquitectura general del sistema internacional estaba organizada alrededor de una sola superpotencia cuyo peso económico, financiero, militar, tecnológico y cultural era incomparable.
Ese período está terminando. No porque Estados Unidos haya dejado de ser una gran potencia; sigue siendo una potencia extraordinariamente poderosa. Pero han aparecido otros centros de acumulación de poder.
China es hoy una potencia económica, industrial y tecnológica de primera magnitud. La India aumenta su peso económico, demográfico y estratégico. Rusia conserva una enorme capacidad militar y energética. Brasil y México desempeñan un papel central en América Latina y poseen recursos estratégicos de dimensión continental. Países como Indonesia, Turquía, Irán, Arabia Saudita, Etiopía, Nigeria o Sudáfrica disponen de capacidades regionales y márgenes de autonomía cada vez mayores. Numerosas economías del llamado Sur Global intentan diversificar sus relaciones internacionales.
Los Brics son una de las expresiones de esta nueva transformación. No constituyen un bloque homogéneo y sería un error presentarlos como tal, pero expresan una realidad geopolítica: una parte creciente del mundo quiere disponer de mayor capacidad de negociación dentro de las instituciones internacionales y reducir su dependencia de un único centro de poder.
Estamos, por tanto, ante una multipolarización del sistema internacional. Pero debemos entender bien qué significa esto. Multipolaridad no quiere decir automáticamente cooperación. Tampoco significa que las rivalidades desaparezcan. Puede significar precisamente lo contrario: que habrá más actores con capacidad para competir, negociar, bloquear, guerrear, presionar y establecer alianzas variables.
El nuevo mundo que está naciendo puede ser más plural, pero también más conflictivo. Y esta es una de las grandes paradojas de este nuevo tiempo: nunca hemos necesitado tanto la cooperación internacional y, sin embargo, nunca ha sido tan difícil construirla.
2- El regreso de la geopolítica a la economía
Durante los años de la gran globalización neoliberal (1979-2008) se difundió una idea poderosa: la economía terminaría por relativizar la política. Las empresas producirían allí donde fuese más barato. Los capitales circularían libremente. Las cadenas de producción atravesarían las fronteras. Los Estados perderían progresivamente capacidad de intervención. La interdependencia económica terminaría haciendo demasiado costoso el conflicto entre grandes potencias.
Hoy sabemos que esa visión era incompleta sino errónea. La economía no ha sustituido a la geopolítica. La geopolítica ha regresado al corazón de la economía.
Lo vemos en todas partes. Los Estados subvencionan sectores estratégicos. Controlan determinadas exportaciones. Protegen determinadas tecnologías. Intentan asegurar cadenas de suministro. Acumulan reservas. Reorganizan sus relaciones comerciales. Buscan controlar minerales estratégicos. Utilizan las finanzas como instrumento de poder. Consideran determinadas infraestructuras tecnológicas como cuestiones de seguridad nacional.
El comercio internacional, que durante las ominosas décadas neoliberales fue presentado principalmente como una cuestión de eficiencia económica, vuelve a ser también una cuestión de soberanía. Para los grandes inversores, la pregunta ya no es solamente dónde es más barato producir, sino, cada vez más, dónde podemos producir sin quedar estratégicamente expuestos.
Esta transformación es enorme, porque significa que hemos pasado de una lógica dominada por la eficiencia a otra en la que eficiencia y seguridad compiten permanentemente.
3- La globalización no desaparece: se fragmenta
No creo que estemos asistiendo al final de la globalización. Estamos asistiendo a su transformación. Las cadenas mundiales de producción no han desaparecido, se están reorganizando. Aparecen conceptos como nearshoring, friend-shoring, regionalización, autonomía estratégica, resiliencia de las cadenas de suministro. La empresa que antes buscaba exclusivamente el menor coste comienza a preguntarse también si su proveedor está en un país considerado políticamente seguro. Esto está modificando profundamente la geografía de la producción.
Un dato importante: los sectores estratégicos —IA, microprocesadores, minerales críticos y transición energética— pasaron de ser el 16% de los nuevos proyectos internacionales de inversión en 2020 al 44% en 2025. Es una manera muy concreta de demostrar que no estamos hablando simplemente de una impresión geopolítica: el mapa del capital ya está cambiando.
Esto nos conduce a una conclusión importante. La globalización no está desapareciendo: se está convirtiendo en una globalización política y geopolíticamente condicionada. Y eso abre oportunidades, pero también peligros, porque una economía mundial fragmentada puede permitir a determinados países mejorar su posición negociadora, pero también puede producir una nueva división del mundo en grandes espacios económicos y tecnológicos.
Y entonces surge una pregunta decisiva: ¿será el XXI un siglo de cooperación entre regiones o un siglo de competencia entre bloques? Todavía no lo sabemos, pero esa disputa ya ha comenzado.
4- El verdadero campo de batalla: la tecnología
Y aquí llegamos, probablemente, al elemento más importante de todos. La nueva confrontación internacional no se desarrolla únicamente alrededor de territorios; se desarrolla alrededor de tecnologías. En el siglo XX, las grandes potencias competían por el petróleo, el acero, la industria pesada, las rutas marítimas, las armas nucleares. Hoy continúan compitiendo por esos recursos, pero aparecen nuevos recursos de otra dimensión: microprocesadores (chips), computación avanzada, inteligencia artificial, robótica, biotecnología, computación cuántica, satélites, astronáutica, cables submarinos, centros de datos, sistemas operativos, redes de telecomunicaciones y, sobre todo, datos.
La tecnología ha dejado de ser un simple sector económico, se ha convertido en un instrumento de poder geopolítico. Por eso, la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China tiene una importancia que va mucho más allá de las empresas concretas involucradas. Lo que está en juego es qué potencia tendrá capacidad para diseñar la infraestructura tecnológica de las próximas décadas.
Y aquí aparece una diferencia fundamental respecto de épocas anteriores: una potencia puede tener petróleo, territorio, una gran población, pero si no dispone de determinadas tecnologías, puede encontrarse dependiendo de quienes las controlan. Por eso, los microprocesadores se han convertido en un recurso estratégico. Y, por eso, la fabricación de los microprocesadores más avanzados es hoy una cuestión de seguridad nacional para varias grandes potencias.
5- La inteligencia artificial es mucho más que una revolución tecnológica
Ninguna de estas transformaciones tiene probablemente la capacidad disruptiva de la inteligencia artificial. La IA no es simplemente una nueva herramienta informática, es una tecnología que puede intervenir en prácticamente todos los sectores de actividad humana: en la industria, medicina, finanzas, educación, agricultura, administración pública, investigación científica, guerra, comunicación, producción y creación cultural y, naturalmente, en la política.
Pero hay algo todavía más importante: la inteligencia artificial puede modificar la relación entre conocimiento, trabajo y capital.
Durante la revolución industrial del siglo XIX, las máquinas sustituyeron progresivamente determinadas formas de trabajo físico. Ahora, las máquinas comienzan a intervenir sobre determinadas formas de trabajo intelectual. Y esto plantea una cuestión histórica: ¿qué sucederá cuando una máquina pueda realizar determinadas tareas que hasta ahora exigían la intervención de un ser humano cualificado? No tenemos todavía una respuesta completa, pero sí sabemos algo: la revolución de la inteligencia artificial no se distribuirá automáticamente de manera equitativa.
La inversión mundial en IA e infraestructura digital está concentrándose en un número reducido de países y sectores. También la inversión en sectores estratégicos —IA, microprocesadores, minerales críticos y tecnologías vinculadas a la transición energética— representa ya una proporción extraordinariamente superior a la de hace apenas cinco años. Esto significa que la brecha tecnológica puede convertirse en una nueva forma de desigualdad internacional.
Y aquí se plantea una cuestión fundamental para América Latina: ¿será América Latina simplemente consumidora de inteligencia artificial o será también productora de inteligencia artificial? Porque hay una diferencia enorme entre utilizar una tecnología creada en otra parte y poseer las capacidades científicas, industriales y educativas necesarias para desarrollarla.
6- Del petróleo a los datos, los chips y la capacidad de cálculo
Podríamos resumir el nuevo cambio histórico de una manera muy sencilla. Durante buena parte del siglo XX, el poder económico dependía de una combinación de territorio, materias primas, energía e industria. En el siglo XXI, se añade una nueva secuencia: datos, capacidad de cálculo, algoritmos e inteligencia artificial. Esto modifica, incluso, nuestra concepción de la soberanía. Antes hablábamos de soberanía territorial. Después hablamos también de soberanía energética. Hoy tenemos que comenzar a hablar de soberanía tecnológica y soberanía digital.
Surgen nuevos planteamientos, nuevas preocupaciones: ¿quién posee los datos? ¿Dónde están almacenados? ¿Quién controla los centros de datos? ¿Quién fabrica los microprocesadores? ¿Quién desarrolla los modelos de IA? ¿Quién controla las plataformas? ¿Quién establece los estándares? ¿Quién decide lo que puede hacer una inteligencia artificial? Son preguntas económicas, pero son esencialmente preguntas políticas y, finalmente, son preguntas de soberanía.
7- La nueva batalla por la energía
La energía es otro de los grandes ejes de la gran transformación actual. Durante décadas, se habló de transición energética como si consistiera simplemente en sustituir el petróleo, el gas y el carbón, o sea, las energías carbonatadas, por energías renovables. La realidad es mucho más compleja, porque la transición energética necesita enormes cantidades de minerales: litio, cobre, níquel, cobalto, grafito, tierras raras (un grupo de 17 elementos claves para fabricar los imanes permanentes potentes que requieren los motores de vehículos eléctricos, los teléfonos inteligentes y los aerogeneradores) y muchos otros materiales indispensables para sustituir los combustibles fósiles por tecnologías limpias como los vehículos eléctricos, la energía eólica y la solar. La demanda de esos minerales se triplicará para 2030.
Por eso, la transición energética no elimina la geopolítica de los recursos. La transforma.
En ese respecto, América Latina ocupa una posición muy importante. La región dispone de una parte significativa de los recursos minerales, energéticos, hídricos y agrícolas que necesitará la economía del futuro. Pero tener recursos no significa necesariamente controlar la riqueza que esos recursos generan. Esa es una lección histórica que América Latina conoce demasiado bien. Durante siglos, la región exportó materias primas e importó productos elaborados. El desafío del siglo XXI consiste en no repetir automáticamente esa estructura.
Porque puede producirse una nueva forma de extractivismo: extraer litio, cobre, níquel o tierras raras, exportarlos y, después, importar baterías, vehículos eléctricos, componentes tecnológicos y productos de alto valor añadido fabricados en otros lugares. Porque el verdadero desafío no es solamente quién posee los minerales, sino quién controla la cadena de valor completa.
8- El Sur Global no es un bloque, pero sí una realidad histórica
Quisiera detenerme aquí sobre una expresión que utilizamos con frecuencia: Sur Global. Conviene utilizarla con prudencia. El Sur Global no es una entidad homogénea. India no es Brasil; Brasil no es México; México no es Sudáfrica; Sudáfrica no es Indonesia; Indonesia no es Arabia Saudita. Cada uno de estos países tiene intereses nacionales específicos. Pero hay algo nuevo: numerosos países del Sur están intentando ampliar su margen de autonomía. Quieren diversificar mercados, divisas, proveedores, alianzas diplomáticas; participar más activamente en las instituciones internacionales. Sobre todo, quieren que su peso económico creciente tenga una traducción política.
La distribución del poder económico mundial ya no corresponde exactamente a la distribución del poder institucional heredada de mediados del siglo XX. Y esta es una de las contradicciones fundamentales del sistema internacional contemporáneo. El mundo económico ha cambiado mucho más rápidamente que las instituciones creadas para gobernarlo.
El problema de las Naciones Unidas. El problema del Fondo Monetario Internacional. El problema del Banco Mundial. El problema de la OMC. Todos ellos tienen, en última instancia, una preocupación común: ¿cómo adaptar la gobernanza mundial a una distribución del poder que ya no es la de 1945?
9- La gran paradoja de nuestro tiempo: más interdependencia y más fragmentación
Hay una paradoja que me parece particularmente importante. Nunca hemos estado tan interconectados. Un teléfono contiene componentes fabricados en múltiples países. Una computadora depende de minerales extraídos en un continente, procesadores fabricados en otro, software desarrollado en otro y capital procedente de otro. Los alimentos viajan miles de kilómetros. Los capitales circulan instantáneamente. Los mensajes atraviesan el planeta en fracciones de segundo. Sin embargo, políticamente, el mundo parece fragmentarse. Esta contradicción es central.
La interdependencia material aumenta, mientras disminuye la confianza política. Y eso es peligroso, porque los grandes problemas de nuestro tiempo no se detienen en las fronteras. El cambio climático no tiene nacionalidad. Una pandemia no reconoce límites ni aduanas. La inteligencia artificial, tampoco. Las grandes crisis financieras atraviesan los continentes. Los océanos son comunes. La atmósfera es común. Las redes digitales son globales. Y, sin embargo, la respuesta política tiende a ser cada vez más nacional.
Necesitamos, por tanto, una nueva arquitectura de cooperación internacional. Pero no una cooperación que ignore las profundas desigualdades existentes, sino una cooperación que permita también corregirlas.
10- La contradicción de la revolución tecnológica
Hay otro aspecto que me parece fundamental: la tecnología puede aumentar extraordinariamente la productividad, pero productividad no significa automáticamente bienestar. Una economía puede producir más y distribuir peor. Puede disponer de tecnologías extraordinarias y consentir enormes desigualdades. Puede tener inteligencia artificial y mantener a millones de personas sin acceso a una educación adecuada. Puede disponer de robots y tener trabajadores precarizados. Puede producir cantidades enormes de riqueza y concentrarla en pocas manos. Por eso, debemos distinguir dos preguntas.
La primera es: ¿qué puede hacer la tecnología? La segunda, mucho más política, es: ¿para quién se utiliza la tecnología y cómo se distribuyen sus beneficios? Esta es probablemente una de las grandes preguntas del siglo XXI.
La expansión de la IA puede ampliar la brecha entre economías si no se desarrollan capacidades nacionales, infraestructura digital, educación y mecanismos de gobernanza inclusivos. La revolución tecnológica, por tanto, no elimina la cuestión social. La vuelve todavía más compleja.
11- Una nueva cuestión social
Durante el siglo XIX, la cuestión social estaba determinada fundamentalmente por la relación entre capital y trabajo industrial. El movimiento obrero nació para responder a aquella transformación. Durante el siglo XX, aparecieron el Estado social, los derechos laborales, la negociación colectiva, la seguridad social, la educación pública.
Hoy comienza a aparecer una nueva cuestión social: ¿qué ocurre cuando determinados trabajos (físicos e intelectuales) pueden ser automatizados? ¿Qué sucede cuando un pequeño número de empresas controla plataformas utilizadas por miles de millones de personas?
¿Qué sucede cuando los datos personales se convierten en una mercancía? ¿Qué ocurre cuando un algoritmo decide quién recibe un crédito, quién aparece en una plataforma, qué información ve una persona o qué trabajador es contratado?
La relación entre capital y trabajo no desaparece, pero se transforma. Y los partidos políticos tendrán que comprender esta nueva realidad. Porque las categorías sociales del siglo XX ya no describen exactamente las nuevas sociedades del siglo XXI.
12- La batalla por la información
Existe, además, otra transformación decisiva. La revolución digital ha democratizado extraordinariamente la capacidad de producir información, pero también ha concentrado extraordinariamente la capacidad de distribuirla. Y esto produce una paradoja: nunca tantos individuos habían podido expresarse, y nunca tan pocas plataformas habían tenido tanta capacidad para organizar la circulación de esa expresión. La información se ha convertido en una infraestructura de poder. La inteligencia artificial introduce ahora una nueva dimensión. Ya no se trata solamente de producir y distribuir información; se trata de producir textos, imágenes, vídeos, voces y contenidos sintéticos a una escala prácticamente ilimitada.
Esto transforma el ecosistema político. La frontera entre información, propaganda, entretenimiento y manipulación puede hacerse cada vez más difícil de distinguir. Por eso, la defensa de la democracia en el siglo XXI no consiste solamente en defender instituciones electorales. También implica defender ecosistemas de información suficientemente plurales, verificables y transparentes.
13- La cuestión militar también está cambiando
La revolución tecnológica está transformando igualmente la naturaleza de la guerra. Drones. Satélites. Robots. Sistemas autónomos. Ciberataques. Inteligencia artificial. Guerra electrónica. Sistemas de reconocimiento. Armas de precisión.
La guerra del futuro —y en algunos aspectos ya la guerra del presente— combina tecnologías que hace apenas unas décadas pertenecían a la ciencia ficción. Esto tiene una consecuencia política fundamental. La superioridad militar depende cada vez más de la superioridad tecnológica.
Y eso significa que la frontera entre economía civil, industria tecnológica y seguridad nacional se hace progresivamente más difusa. Un microprocesador puede ser un componente de un teléfono, pero también puede formar parte de un sistema militar. Un algoritmo puede recomendar una película, pero también puede utilizarse en inteligencia militar. Un satélite puede proporcionar información meteorológica, pero también información estratégica militar. La tecnología civil y la tecnología militar están cada vez más interconectadas.
14- La transición ecológica y la transición tecnológica son inseparables
Hay otra cuestión que no podemos olvidar. El siglo XXI es también el siglo de la crisis climática. Esto significa que la transformación económica tendrá que ser simultáneamente tecnológica y ecológica. La inteligencia artificial puede ayudar a optimizar redes eléctricas, prever catástrofes, mejorar la agricultura o gestionar el agua, pero también consume cantidades crecientes de energía y de recursos hídricos, y requiere enormes infraestructuras físicas.
Por eso, no existe una transición digital separada de una transición energética. Ambas están convergiendo. Y los países que controlen simultáneamente energía, minerales, infraestructura digital y capacidad tecnológica dispondrán de una ventaja estratégica considerable.
15- El mundo entra en una época de incertidumbre
Si intentamos reunir todas estas piezas, podemos identificar una especie de ecuación histórica. Tenemos multipolaridad geopolítica, fragmentación de la globalización, competencia tecnológica, revolución de la inteligencia artificial, transición energética, lucha por los minerales críticos, crisis climática, transformación demográfica, rearme y nuevas formas de guerra, y una profunda desigualdad en la distribución de las capacidades tecnológicas.
No son 10 problemas independientes. Forman parte de una misma gran transformación. Por eso, debemos abandonar la tentación de analizar cada crisis por separado. El mundo que está naciendo es un sistema (o sea, un conjunto de elementos ordenados e interrelacionados que trabajan de forma coordinada para cumplir un objetivo o una función específica) y debemos comprenderlo como sistema.
El FMI proyecta para 2026 un crecimiento mundial de alrededor del 3%, pero subraya que ese crecimiento es muy desigual y que conviven fuerzas contradictorias: los efectos económicos de los conflictos y un fuerte ciclo de inversión impulsado por la tecnología.
Es una buena metáfora de nuestro tiempo. Vivimos entre los vientos cruzados de la guerra y la tecnología.
16- ¿Y qué significa todo esto para los partidos políticos?
Llegamos así a una pregunta esencial: ¿qué significa esta gran transformación histórica para los partidos? Creo que significa, en primer lugar, que los partidos no pueden limitarse a administrar las consecuencias de las transformaciones; tienen que comprenderlas. Un partido político del siglo XXI no puede hablar solamente de salarios, impuestos, vivienda, jubilación, educación o sanidad —aunque todos estos temas continúen siendo esenciales— sin comprender qué está ocurriendo con la inteligencia artificial, con las cadenas mundiales de producción, con los minerales críticos, con la transición energética, con las plataformas digitales y con la nueva distribución internacional del poder.
Porque esas transformaciones determinarán precisamente el futuro de los salarios, del empleo, de las migraciones, de las jubilaciones, de la educación, de la vivienda y de los servicios públicos.
La política social y la geopolítica ya no pueden pensarse separadamente. La política industrial y la política exterior, tampoco. La política tecnológica y la política educativa, tampoco. Y la política energética y la política climática, tampoco. Todo está comenzando a formar parte de una misma problemática, un mismo sistema.
17- La cuestión de la soberanía
Por eso, creo que una palabra recuperará una importancia enorme durante las próximas décadas: soberanía. Pero debemos redefinirla. Soberanía no significa aislamiento, no significa encerrarse, rechazar la cooperación internacional. Al contrario: en un mundo profundamente interdependiente, ningún país puede ser completamente autosuficiente.
La soberanía del siglo XXI debería significar capacidad de decisión: capacidad para decidir qué producir, qué tecnología desarrollar, qué recursos proteger, qué datos controlar, qué infraestructuras construir, qué alianzas establecer, qué modelo energético adoptar, qué educación proporcionar y cómo distribuir los beneficios de la transformación tecnológica. La soberanía no consiste en estar solo: consiste en no estar obligado a aceptar todas las decisiones de otras potencias.
18- La gran batalla será por la distribución de los beneficios de la nueva revolución
Y aquí llegamos, quizá, al punto esencial: las revoluciones tecnológicas no determinan por sí mismas el futuro. Crean posibilidades. Pero las sociedades deciden cómo distribuir esas posibilidades. La máquina de vapor no produjo automáticamente el movimiento obrero. La electricidad no produjo automáticamente el Estado social. Internet no produjo automáticamente una sociedad más democrática.
La tecnología abre posibilidades. La política decide, en buena medida, quién se beneficia de ellas.
Por eso, la gran pregunta de las próximas décadas no será solamente quién desarrolla la inteligencia artificial, sino quién la controla, quién controla los datos, quién controla la capacidad de cálculo, quién controla los centros de datos, quién controla los minerales críticos, quién controla las plataformas, quién establece las reglas y quién recibe los beneficios. Esta es, en última instancia, una cuestión de poder.
19- La nueva sociedad exige también una nueva cultura política
Durante buena parte del siglo XX, los partidos políticos fueron grandes máquinas de interpretación de la realidad: explicaban el mundo, organizaban intereses, construían identidades, proponían proyectos de sociedad.
Hoy se enfrentan a una dificultad inédita: la realidad cambia más rápidamente que muchas de nuestras categorías políticas. Por eso, necesitamos partidos capaces de volver a pensar. No solamente de reaccionar. Pensar el mundo que viene. Pensar el trabajo que viene. Pensar la educación que viene. Pensar la democracia que viene. Pensar la soberanía que viene. Pensar la relación entre seres humanos y máquinas. Pensar la relación entre inteligencia artificial y poder. Pensar qué significa ser ciudadano en una sociedad gobernada cada vez más por algoritmos. Y pensar, también, qué significa la palabra igualdad cuando el acceso a las tecnologías más avanzadas puede convertirse en uno de los principales factores de diferenciación entre individuos, empresas y países.
El desafío es enorme, pero también lo es la oportunidad. Porque cuando un orden histórico se transforma, las sociedades no están condenadas a adaptarse pasivamente: pueden intervenir, elegir, disputar, construir alternativas.
???? En el Coloquio Internacional «Fidel, Legado y Futuro», en La Habana, se proyectó mi mensaje sobre « FIDEL Y LA GEOPOLÍTICA » reafirmando la plena trascendencia del pensamiento del Comandante. #100AñosConFidel https://t.co/u7I2DTKMee
— IGNACIO RAMONET (@IRamonet) August 12, 2026
20- Conclusión
Estamos viviendo un cambio de época y entrando en un nuevo sistema histórico. El mundo unipolar está siendo sustituido por una estructura más compleja de múltiples centros de poder. La guerra vuelve a condicionar la geopolítica. La globalización no desaparece, pero se fragmenta. La economía vuelve a estar profundamente condicionada por la geopolítica. La tecnología se convierte en una dimensión esencial del poder internacional. La inteligencia artificial inaugura una revolución cuyo alcance apenas comenzamos a comprender. La energía y los minerales críticos adquieren una importancia estratégica renovada. La crisis climática obliga a transformar nuestros sistemas productivos. Y las desigualdades tecnológicas amenazan con crear nuevas formas de dependencia.
Todo esto ocurre simultáneamente. Y precisamente por eso estamos ante una transición histórica. No sabemos todavía exactamente qué mundo emergerá de ella, pero sí podemos identificar la gran batalla que se está desarrollando. Es la batalla por quién controlará los recursos, las tecnologías, los datos, las infraestructuras y las reglas de la nueva economía mundial. Y, en última instancia, es la batalla por algo todavía más profundo: ¿quién tendrá capacidad para decidir cómo será la sociedad del futuro?
Esa es la cuestión que deben plantearse hoy los ciudadanos y los partidos políticos. Porque si la política renuncia a responderla, otros responderán por ella: las grandes corporaciones multinacionales, los mercados, las plataformas tecnológicas, los Estados más poderosos, los propietarios de los datos, los propietarios de las infraestructuras, los que controlan los algoritmos y los que controlan las tecnologías estratégicas.
Por eso, quizá la tarea política fundamental de nuestro tiempo sea recuperar la capacidad de imaginar. Imaginar una sociedad en la que la revolución tecnológica no produzca solamente más productividad, sino también más derechos. Una economía en la que la transición energética no reproduzca viejas dependencias. Una globalización que no signifique subordinación. Una multipolaridad que no se transforme en una nueva carrera de bloques. Una inteligencia artificial puesta al servicio de la humanidad y no simplemente de la acumulación de capital. Una democracia capaz de sobrevivir a la transformación radical de nuestro ecosistema informativo.
En definitiva, necesitamos volver a formular una pregunta que, en otros momentos de grandes transformaciones históricas, fue decisiva: ¿qué nueva sociedad queremos construir? Porque esta es quizá la característica más importante del momento que vivimos: el futuro todavía está abierto. Y precisamente porque está abierto, la ciudadanía debe contribuir masivamente a definirlo. Porque es también un nuevo tiempo democrático, en el que la política vuelve a tener una vigencia decisiva. Hoy más que nunca.
* «Un nuevo sistema histórico. Veinte apuntes para una cartografía de la nueva transformación». Ponencia presentada en el XXX Seminario Internacional Los partidos y la Nueva Sociedad, Ciudad de México, 9 de octubre de 2026.
Autor: Ignacio Ramonet




