El Saqueo en Malvinas: La Soberanía como Moneda de Cambio en el Régimen del Valor
Durante la guerra de 1982, Estados Unidos brindó apoyo logístico y de inteligencia al Reino Unido, en un contexto en el que Argentina reclamaba la soberanía del archipiélago.
Por: María Fernanda de la Quintana
22 de julio de 2026 Hora: 10:10
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El proyecto Sea Lion, con financiamiento israelí y operación británica, avanza sobre el Atlántico Sur mientras el gobierno de Milei evita presentar denuncias en los tribunales de Tierra del Fuego y mantiene sin cumplir su promesa de reclamo diplomático.
La explotación petrolera en las Islas Malvinas por parte de las empresas Navitas (Israel) y Rockhopper (Reino Unido) representa un hito en la arquitectura de desposesión argentina en el Atlántico Sur. El proyecto Sea Lion —que proyecta extraer sus primeros barriles comerciales para marzo de 2028— no es un hecho comercial aislado, sino la consolidación de un enclave de autofinanciamiento para la ocupación.
Las empresas y el yacimiento
Sea Lion fue descubierto en 2010 por Rockhopper Exploration, la primera firma en confirmar viabilidad comercial en la Cuenca Norte del archipiélago. Durante casi quince años el proyecto quedó frenado: la caída del precio del petróleo después de 2014 y la reticencia de compañías cotizantes a exponer sus balances a un yacimiento remoto y jurídicamente conflictivo lo mantuvieron congelado. Ese estancamiento se rompió cuando Navitas Petroleum, de origen israelí, ingresó al proyecto y asumió el financiamiento que Rockhopper no podía sostener sola, quedándose con el 65% de la participación y la operación del campo, mientras la firma británica retuvo el 35% restante.
En diciembre de 2025 ambas compañías tomaron la decisión final de inversión sobre la primera fase del desarrollo, que apunta a 170 millones de barriles con una producción pico de 50.000 barriles diarios. Una segunda fase, prevista para los tres años posteriores al primer petróleo, sumaría otros 149 millones de barriles, llevando el total ya sancionado a 319 millones de barriles. Pero esa cifra no agota la escala real del yacimiento: la propia Rockhopper reconoce un recurso contingente de 917 millones de barriles brutos en el campo completo, casi el triple de lo que hoy está en marcha. Lo que se firmó en diciembre de 2025, entonces, no es el techo del saqueo: es apenas su primera fase, la puerta de entrada a un desarrollo que se proyecta a más de treinta años.
La inacción como política de Estado
Mientras las empresas avanzan en la ingeniería, el financiamiento y el cronograma de producción, la respuesta argentina se limita al plano declarativo. En junio de 2026, el canciller Pablo Quirno expresó ante el Comité de Descolonización de la ONU el rechazo argentino al avance de Sea Lion, en una sesión que culminó con una resolución aprobada por consenso instando al Reino Unido a negociar. Pero ese gesto diplomático no tuvo correlato judicial: el marco jurídico argentino otorga a los tribunales de Tierra del Fuego la competencia territorial para iniciar causas contra la explotación ilegal de recursos en la plataforma continental disputada —es, de hecho, el fuero natural donde estas denuncias deberían tramitarse—, y sin embargo la gestión nacional no ha iniciado allí ni una sola causa desde que Navitas y Rockhopper sancionaron el proyecto.
La omisión es la continuidad de un patrón. El propio Milei se comprometió públicamente, en el último aniversario de la guerra de Malvinas, a formalizar un reclamo diplomático ante el avance petrolero. Meses después, esa presentación oficial sigue sin materializarse. ¿Por qué un gobierno que no escatima épica patriótica en sus discursos guarda silencio judicial exactamente cuando ese patriotismo debería traducirse en una demanda concreta? La respuesta más plausible es que la afinidad ideológica del mandatario con Israel y con el Reino Unido opera como un límite no explicitado pero real a la defensa activa de los recursos del Atlántico Sur. El gobierno ha convertido la integridad territorial en una variable subordinada a sus lealtades geopolíticas.
El 16 de julio, horas antes de la semifinal mundialista contra Inglaterra, el gobierno firmó el Decreto 590/26, que abre la puerta a la exploración petrolera de la empresa británica Challenger Energy Group en el Mar Argentino continental —con una cláusula que cede jurisdicción a tribunales arbitrales extranjeros. Sea Lion no es la excepción: es la lógica de fondo de una política exterior que entrega soberanía, mar y jurisdicción a las mismas potencias con las que Argentina disputa Malvinas.
El impacto económico en las islas
Los números del régimen fiscal colonial completan el cuadro. Las autoridades kelpers cobrarán un 9% de regalías y un 26% de impuesto a las ganancias sobre la producción de Sea Lion. Si el proyecto avanza según lo previsto, en los próximos dieciocho meses ese esquema empezará a inyectar cientos de millones de dólares anuales a las islas —un volumen de recursos sin precedentes para una población de apenas unos pocos miles de habitantes—.
Esa cifra, tiene sobre todo, una lectura geopolítica. La independencia financiera que ese flujo garantiza a las autoridades coloniales las vuelve, por primera vez, menos dependientes del subsidio británico, y esa autonomía complica cualquier futuro reclamo de soberanía argentina de un modo que ningún fallo judicial ni ninguna resolución de Naciones Unidas puede revertir. Cuanto más tiempo pase sin una denuncia formal, más se consolida un hecho económico que empieza a operar como si fuera un hecho de derecho.
La discusión, sin embargo, trasciende el incumplimiento de una obligación diplomática o judicial. La magnitud del proyecto Sea Lion obliga a preguntarse qué está verdaderamente en disputa cuando un territorio ocupado deja de ser únicamente un enclave militar para convertirse en un enclave energético capaz de financiar su propia consolidación. Allí comienza un problema que ya no es solo jurídico ni geopolítico, sino también ético y civilizatorio.
La teología del PIB frente a la realidad vivida
El proyecto Sea Lion inyectará, mediante regalías del 9% e impuestos a las ganancias del 26%, cientos de millones de dólares anuales a las autoridades coloniales kelpers. Allí se expresa con nitidez la lógica del régimen del valor: la soberanía deja de ser una cuestión política para convertirse en una ecuación económica. El Atlántico Sur pasa a cotizar como un activo más, donde el territorio vale por la renta que genera y no por las condiciones de vida que hace posibles. El ecosistema, la proyección estratégica del mar argentino y el derecho de las generaciones futuras simplemente desaparecen de la contabilidad porque no producen una tasa de retorno inmediata.
El gobierno argentino aplica aquí la lógica del «realismo» extractivista: medir el éxito por la entrada de divisas, aceptando que el progreso es la devastación del Atlántico Sur. Al evitar el conflicto, el Estado no está siendo pragmático; está cumpliendo su rol de garante de un régimen de valor donde la vida y el territorio son medios para la acumulación ajena.
Contabilidad invertida: la soberanía como trinchera
La disputa por Malvinas hoy es una contabilidad invertida. Enfrentar el proyecto Sea Lion exige romper con el metrónomo que impone el mercado, aquel que ordena «perforar y cavar» para validar la existencia.
La contabilidad invertida propone cambiar la unidad de medida de la riqueza. En lugar de preguntar cuánto produce un territorio, pregunta qué hace posible ese territorio. En lugar de contabilizar barriles exportados, incorpora aquello que la economía convencional excluye: estabilidad ecológica, autonomía estratégica, biodiversidad, capacidad de decisión política y continuidad histórica. No invierte simplemente los signos de una planilla; invierte el criterio mismo con el que una comunidad decide qué considera valioso.
El espejo de esta idea está en Yasuní. Cuando Ecuador debatió dejar el crudo bajo tierra en el Parque Nacional Yasuní, la propuesta fue el primer intento serio de un Estado de medir su riqueza por la capacidad de no extraer. Fracasó por falta de financiamiento internacional, pero dejó una pregunta que sigue abierta y que esta nota retoma para Malvinas: ¿puede un país definir su soberanía no por lo que saca de su territorio, sino por lo que decide no tocar? Argentina hoy ni siquiera tiene la posibilidad de plantearse esa pregunta sobre Sea Lion, porque el yacimiento ya no está bajo su control: está bajo el de Londres, Tel Aviv y las autoridades coloniales de Stanley.
Esa pérdida se vuelve concreta en el Atlántico Sur. Defender el mar es plantarse frente al mismo algoritmo que decide, en Londres y en Tel Aviv, qué se extrae y cuánto vale. O la soberanía se convierte en un refugio para una vida que no se deja medir por el precio, o el Estado sigue administrando ruinas con mejores modales.
El caso Sea Lion muestra que el colonialismo del siglo XXI ya no necesita únicamente fuerza militar: necesita transformar la soberanía en un problema de rentabilidad.
Mientras el Estado argentino permita que el valor de cambio dicte la política, la soberanía será apenas una retórica vacía. La salida es la defensa de lo vivo sin volverlo mercancía. Es el momento de decidir si el futuro será tiempo-vida o tiempo-mercancía. Frenar el saqueo es recuperar el control: nuestra soberanía es la vida que no se deja subastar.
Autor: María Fernanda de la Quintana
Fuente: teleSUR
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