Derrumbe geopolítico

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Derrotados electorales


Por: Jorge Elbaum

8 de noviembre de 2026 Hora: 10:43

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Los reveses del eje Netanyahu-Bolsonaro-Trump (foto) erosionan la promesa de una marea reaccionaria irreversible. La disputa decisiva es por la capacidad de construir hegemonía, no por la supervivencia de sus dirigentes. Las piezas del dominó empiezan a caer haciendo crujir la soberbia de un tablero que se pensó como espacio de juego dispuesto para una temporalidad extensa. La derrota republicana en Estados Unidos, el triunfo de Lula da Silva sobre Flávio Bolsonaro y la pérdida de la mayoría del bloque de Benjamín Netanyahu abren una fisura en la internacional reaccionaria. Cada episodio tiene causas particulares y domésticas, pero en su conjunto cuestionan la presunta inevitabilidad de una derecha que confundió su expansión electoral con un destino histórico.

La derrota del trumpismo no autoriza a darlo por fenecido. Sobre todo, porque los poderes fácticos que lo encumbraron continúan alarmados por la pérdida relativa –en términos geopolíticos– de su poder global, aunque siguen concentrando un porcentaje creciente de la riqueza y la renta mundial. Los últimos acontecimientos electorales y las movilizaciones, tanto en Europa como en Japón y en Latinoamérica, vuelven a poner a la política en el centro de la disputa, desterrando las fantasías atomizadoras del mercado. Donde la propaganda desmovilizadora presentaba el ajuste, la individuación, la fragmentación y el autoritarismo como los únicos escenarios posibles, las multitudes, las huelgas, las manifestaciones y las calles vuelven a recuperar lo colectivo como acontecimiento desafiante.

Los demócratas recuperaron las dos cámaras del Congreso estadounidense. A partir de enero próximo podrán constituir comisiones de investigación y el apellido Epstein volverá a ocupar los titulares de los diarios. Trump conserva el veto y amplias atribuciones ejecutivas, pero la derrota reduce su margen político; no elimina su capacidad de hacer daño ni asegura una rectificación de su política exterior. La izquierda latinoamericana y el nacionalismo popular tienen claro que no pueden confundir a los demócratas con una fuerza antiimperialista. Su historial globalista y belicista obliga a desconfiar y a no caer en cualquier forma de ingenuidad. Pero, en esta oportunidad, los colectivos progresistas, ligados a Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, fortalecidos en las elecciones de medio término, habilitarán una disputa al interior del establishment neoliberal.

Desde una perspectiva geopolítica, Irán volverá a constituirse en el frente más amenazado. El costo de la guerra presiona a la Casa Blanca a negociar, pero la debilidad interna de Trump puede llevarlo a una escalada. En Ucrania y el Indo-Pacífico, el cambio parlamentario no borrará las continuidades estratégicas, pero es posible que la bancada demócrata vuelva a apostar por los ucronazis, dirigidos por el comediante Volodimir Zelenski. Para Latinoamérica y el Caribe, el riesgo fundamental seguirá focalizado en Cuba, que se ha constituido en un ejemplo de resistencia inigualable. Entre las alternativas que se barajan respecto a La Habana aparece la renuncia de Marco Rubio, probablemente el máximo responsable del sitio genocida que sufren diez millones de cubanos. Entre los pases de factura se lo acusa de garantizar que la isla implosionaría con el recrudecimiento del bloqueo.

El revés en catarata interpela también a los magnates tecnológicos. Musk y Peter Thiel encarnan la alianza entre concentración económica, plataformas y poder político. Su problema es la eventual pérdida de protección frente a demandas de regulación y mayores impuestos. Anunciar un colapso financiero sería precipitado, pero las acciones del NASDAQ se desplomaron desde el 5 de octubre por las encuestas que daban por derrotado a Trump y se hundieron luego de su fracaso electoral, el 3 de noviembre. En Israel, Netanyahu reunió 53 escaños; la oposición, 48; las listas árabes, 19. Ningún bloque alcanza la mayoría, pero el jefe del Likud está terminado. Si bien un relevo de quien está acusado de crímenes de lesa humanidad y genocidio no implica la descolonización de Cisjordania ni el fin del sitio de Gaza, la potencial participación de colectivos antisionistas –como los árabes de Ra’am y los de la Lista Conjunta, liderados por el Partido Comunista israelí– otorga, por lo menos, una tensión respecto al tema estructural de la política israelí, que es la ocupación de los territorios palestinos. Prescindir de Smotrich y Ben Gvir –los dos supremacistas más encumbrados– debilita, además, el proyecto ilegal de una anexión de Cisjordania.

En este marco, Milei queda expuesto a los reveses de sus máximos referentes internacionales. A eso se le suma el caso UENO y las denuncias contra Santiago Peña que terminan debilitando el eje destructivo del MERCOSUR, impulsado por Washington y ejecutado por Milei. Brasil recupera espacio para la integración regional mientras que Argentina queda expuesta a sus apuestas financieras y diplomáticas. Frente a estos sucesos, Brasil y Uruguay suman más capital político que Argentina y Paraguay, los dos títeres del Escudo de las Américas.

La derecha latinoamericana, que se creía en la cresta de una marea irreversible, se queda sin relato. El problema de muchos analistas, que creyeron ver un tsunami reaccionario, es que desatendieron el murmullo político que esta ofensiva genera. Ante la expansión trumpista, confundieron victorias electorales con un impulso autónomo del Departamento de Estado y de los operadores como Fernando Cerimedo. Confundieron visibilidad con arraigo y performatividad con tejido social. Obviaron responder a la pregunta primordial: ¿Cuánto puede resistir un entramado político atado con alambre desde el exterior, si no logra construir una fuerza social capaz de sostenerse de forma independiente de sus patrocinadores?

Con diferencias históricas que no deben borrarse, Hitler, Trump y Milei apelaron a formas del mito palingenésico, basado en el regreso a un supuesto pasado glorioso. Roger Griffin describió ese mecanismo en “La naturaleza del fascismo”. El Tercer Reich invocaba una grandeza imperial; el MAGA promete devolver a Estados Unidos a la cúspide del poder mundial; Milei idealiza la Argentina agroexportadora del siglo XIX. Hitler sostuvo su proyecto mediante la guerra. Trump apeló a la misma fórmula en Asia Occidental. Milei ensaya un malabarismo discursivo alrededor de Malvinas. Sus estrategias comunicacionales remiten a los mecanismos que Jason Stanley analizó en “Cómo funciona el fascismo”: antiintelectualismo, jerarquía, autovictimización, punitivismo y odio hacia sectores vulnerables, a quienes se responsabiliza por las crisis que produce el modelo neoliberal. El tembladeral de las ultraderechas exhibe una indudable impotencia para delinear el futuro de Occidente. Hace menos de una década se jactaban de expresar una revolución reaccionaria duradera, después de tramitar con parches la crisis económica estructural de 2008. La realidad es que el Occidente atlantista está en una encrucijada de la que Trump es solo su síntoma.

Autor: Jorge Elbaum

Fuente: Página 12

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