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Esta actividad no dejará de ser una fiesta brava, llena de sangre y maltrato animal, en la que se degradan todos los presentes, incluso el matador.

Esta actividad no dejará de ser una fiesta brava, llena de sangre y maltrato animal, en la que se degradan todos los presentes, incluso el matador. | Foto: EFE

Publicado 14 diciembre 2018

Criar a un animal con tanto amor para que uno mismo u otra persona se divierta y divierta a los espectadores, torturándolo, matándolo. ¿Eso es arte?

Yo no creo que por el simple hecho de que a un puñado de escritores, columnistas y artistas le gusten las corridas de toros signifique que este espectáculo de sangre derramada violentamente en la arena sea una actividad artística, bella. Y puesto que el arte debería de contribuir a elevar el espíritu, la condición más profunda del ser humano, por eso yo no logro entender cómo es posible que sea bello y, por ende, ennoblezca el espíritu humano el deporte de torturar los toros para después matarlos; el objetivo es arrancarles los aplausos a un público sediento de sangre taurina, juego macabro, monstruosa crueldad animal, sadismo deportivo, que a todas luces no deja de ser un show abominable y bestial.

A mi modo de ver y entender las cosas la tortura de un animal —de cualquier especie— es de mal gusto, extravagante, burda, además de antiestética. Los más reconocidos hinchas de las corridas de toros sostienen que el símil zoológico recibe cuidado y tratamiento de forma esmerada, son criados con pulcritud, gozan de buena salud, es decir, son estimados y mantenidos como si fueran verdaderas mascotas. Sin embargo, se necesita poseer sentimientos demasiado bajos como para que uno entregue su mascota en sacrificio lúdico y espectacular. Yo lo juzgo en su justo valor de ser un acto vil.

Se habla y hasta se escribe con frecuencia de que las corridas de toros son el arte de lidiar toros, de la hermosura del combate, del sentido o significado del juego, del sacrificio y de la fiesta. Criar a un animal con tanto amor para que uno mismo u otra persona con traje ridículo se divierta y divierta a los espectadores, torturándolo, matándolo. ¿Eso es arte? ¿Es arte la maldad? ¿El arte envilece al artista que lo practica, o lo ennoblece, o ninguna de las anteriores cosas hace? ¿No les parece en verdad que es una aberración, digo más, una perversión, infamia?

No obstante, lo que los eruditos de la tauromaquia han llamado la lucha entre el toro y el torero es un enfrentamiento desigual, porque en dicha faena siempre resulta favorecido el torero. Hay un eterno ganador, es el mismo por los siglos de los siglos: el torero. Además, no nos digamos mentiras: las corridas de toros son para eso: para que el toro se canse de tanto correr, agotarlo, torturarlo, y, a continuación, matarlo. No hay otro fin. Insisto: hay un solo objetivo y es macabro. La tauromaquia se trata de eso, de que el toro sea el que resulte muerto. De hecho, el otro nombre del torero es el de matador.

Los argumentos de los amigos y defensores de las corridas de toros pueden ser muy rebuscados y pueden hacer todo tipo de malabares lingüísticos para justificar y defender las corridas de toros, pero estas no van a dejar ser una fiesta brava, llena de sangre y maltrato animal, en la que se degradan todos los presentes, incluso el matador. Por eso afirmo que es desgraciada la bestia humana que maltrata a un animal.


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