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Postales de La Habana
A apenas unas horas de abandonar la isla, se puede concluir que el resultado de esa visita histórica ha sido bastante desigual.

Obama fue a Cuba persiguiendo una imagen para la Historia. Buscaba su particular “Ich bin ein berliner”, aquel yo también soy berlinés con el que Kennedy se ganó el favor de los habitantes del Berlín Este de la Guerra Fría. O quizás pretendía emular al Bill Clinton que apadrinó el utópico apretón de manos entre Isaac Rabín y Yaser Arafat en los jardines de la Casa Blanca. Como todo presidente de Estados Unidos, quiere dejar una fotografía icónica que recuerde su mandato. Una necesidad tanto más acuciante cuanto su gestión exterior ha estado marcada por sonoros fracasos, desde una política catastrófica en el Norte de África, Oriente Medio y Oriente Próximo que ha conducido a la deflagración de estados otrora estables como Libia, Siria o Iraq hasta los reveses en el Este de Europa de la mano de una Rusia que se mostró inflexible a la hora de impedir intromisiones en su ámbito de influencia. Y en el ámbito interno, las cosas tampoco le han ido mejor, con una salida en falso de la crisis que ha institucionalizado el empobrecimiento de las clases trabajadoras y su derrota en las tres grandes reformas planteadas, la financiera, la migratoria y la sanitaria.

Ante este panorama, qué mejor que volver la mirada hacia el patio trasero, hacia el Caribe, al auténtico Mare Nostrum estadounidense, principio y fin de toda su política exterior desde hace dos siglos. Aunque los focos mediáticos no se centren en otras zonas, Latinoamérica siempre es el principal objetivo geoestratégico de Estados Unidos y la era Obama no ha sido una excepción. Los datos son elocuentes: 76 bases militares desplegadas en el subcontinente –una presencia bélica sin parangón en el resto del mundo; la reactivación de la IV Flota en el periodo 2008-2009; el reforzamiento del Cuartel del Comando Sur, en Florida, con más de 2.000 personas que responden directamente al Pentágono y no a la Casa Blanca (la lógica militar por encima de la política); una actividad incesante de injerencia directa e indirecta para socavar los procesos de emancipación.

En este contexto, Cuba se perfilaba como la despedida por la puerta grande del primer presidente afroestadounidense de la historia. Una vez más, el mensaje que se quería trasladar al mundo es que los Estados Unidos ganaban un adepto más para la causa de la democracia. De nuevo se utilizaba el relato –tantas veces difundido desde las películas de Hollywood– de la cruzada de un individuo en la lucha por la libertad.

A apenas unas horas de abandonar la isla, se puede concluir que el resultado de esa visita histórica ha sido bastante desigual. El acto programado de mayor relieve –más allá del hecho en sí de que un presidente estadounidense pisara suelo cubano por primera vez en 88 años– fue su discurso desde el Teatro Alicia Alonso de La Habana, retransmitido en directo a todo el país. Y fue en esa intervención donde se pusieron de manifiesto todas las contradicciones de la política exterior de los Estados Unidos.

Obama sabía que no se dirigía a un pueblo sojuzgado por una nomenclatura inmovilista y que clama desde hace décadas por libertad, democracia y progreso. Esa descripción es una construcción mediática para consumo de las masas estadounidenses y, en menor medida, de las europeas. También era consciente de que Cuba es una excepción en un ámbito geográfico signado por la más devastadora pobreza. La isla ocupa el segundo lugar en el Índice de Desarrollo Humano dentro de los países latinoamericanos caribeños, superada tan sólo por Panamá pero sin la lacerante desigualdad de la patria de Torrijos. En el conjunto del subcontinente ocupa la quinta plaza, por delante de México, Colombia o Perú, países con un sistema democrático bendecido por la Casa Blanca.

Ante esta realidad, el presidente norteamericano sólo pudo vender las supuestas bondades de un formalismo democrático basado únicamente en elecciones, apelaciones a la potencialidad de la gente pero siempre desde lo individual –con su tradicional recurso autoreferencial de la llegada de una persona negra a la Casa Blanca como prueba del sueño americano– y un concepto de apertura laxo que no llegó a concretar. Paradójicamente, los mayores aplausos no se produjeron con esta “oferta democrática”, sino cuando se mostró a favor de acabar con el bloqueo económico.

Sucedía que Obama no se dirigía a un auditorio –no a los presentes en el teatro, sino al país entero que estaba escuchando sus palabras– ignorante y acrítico. La formación del pueblo cubano hunde sus raíces en una ingente labor educativa de décadas. Una labor educativa entendida no sólo como la capacitación para el desempeño profesional sino como la conformación de una actitud crítica hacia lo político y lo social. Que el pueblo cubano demanda cambios es evidente, pero lleva siendo así desde los inicios de la Revolución, en un diálogo continuo, a veces transformado en áspera discusión, entre el pueblo y una dirigencia que surge de ese pueblo (de ahí lo infructuoso de poner como ejemplo de las ventajas capitalistas el hecho de que un afroestadounidense llegue a ser presidente; es algo que los cubanos saben y experimentan desde hace sesenta años). Lo que no quieren los cubanos es que el todopoderoso vecino les imponga cómo tienen que ser esos cambios y hacia dónde.

Latinoamérica ha experimentado una profunda transformación en este siglo XXI. Siguiendo cierta estela cubana, los procesos de emancipación han significado la toma de conciencia de grandes franjas de los sectores populares, rompiendo los siempre estrechos límites de la izquierda politizada e intelectualizada. Los antaño desheredados de Venezuela, Ecuador o Bolivia tienen ya noción de cuál es su condición de clase y por qué. Y la educación, en su acepción más amplia, ha sido determinante para este cambio, absolutamente fundamental para librar la disputa por la hegemonía. Ya nada volverá a ser igual en la región. Puede venir una oleada neoconservadora, se perderán y ganarán elecciones, habrá reflujos involucionistas, pero la correlación de fuerzas es muy diferente de la de aquellos tiempos en los que el capitalismo podía practicar una política de tierra quemada.

A pesar de todas las críticas que se le pueda hacer, la Revolución Cubana fue pionera en la creación de un nuevo paradigma y la forma en la que ha recibido a Obama, con cortesía pero sin humillarse, refleja la dignidad con la que se ha conducido en todo tipo de situaciones, desde las más favorables hasta las más adversas. Obama, por su parte, inició su presidencia con un aparentemente esperanzador discurso en El Cairo que después traicionó y la finaliza con una alocución que ya sabía fracasada de antemano. Llegó buscando esa foto histórica y se marchó con una simple colección de postales de La Habana, cual turista despistado. Y para colmo de males, el atentado en Bruselas le robó la atención informativa.


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