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¿Para qué Marx?

| Foto: Archivo

Publicado 1 abril 2015
El lugar de la librería vaciado de mesas y libreros, ha sido transformado en un foro de televisión con periódicos desparramados en el suelo. Hay una especie de tocador y en el extremo señalado por una gran flecha roja en el piso, dos sillones y una mesita con libros sobre Marx, es el lugar de la entrevista.

Howard Zinn es el autor del monólogo “Marx en el Soho” curiosamente publicado en Estados Unidos en 2001. El teatrero italiano Adalberto Rosseti lo ha transformado en un ameno montaje titulado “¿Valdrá la pena hablar de Marx?” con la participación del actor Alonso Gálvez, asombrosamente parecido al joven Marx. Un invitado marxista es entrevistado por Rosseti con agudos comentarios entre cortes semejantes a los anuncios comerciales, en este caso inexistentes. La actual puesta en escena, después de una exitosa temporada en el Foro Helénico, es en el Centro Cultural El Juglar, a diario habitado por organizaciones culturales y por maestros de materias diversas, todo lo cual garantiza un público crítico al encuentro de buenos espectáculos.

El lugar de la librería vaciado de mesas y libreros, ha sido transformado en un foro de televisión con periódicos desparramados en el suelo. Hay una especie de tocador y en el extremo señalado por una gran flecha roja en el piso, dos sillones y una mesita con libros sobre Marx, es el lugar de la entrevista. Carteles con el rostro de Marx en rojo y el nombre de la obra adornan las paredes. En el centro, una pantalla registra lo que va ocurriendo. La operadora de la cámara y el del sonido intervienen para objetar a Marx, ella como Jenny, su esposa, y el otro como hombre común, escéptico e impertinente.

La entrevista aborda problemas fundamentales agudizados por quien pregunta y ampliados por quien responde. Esto da lugar a actualizaciones y exabruptos suspendidos por el entrevistador, que llama a corte a manera de entrada del actor que narra la precaria vida de la familia Marx en Londres, donde investiga la crítica de la economía política, participa en la organización de la Internacional de los Trabajadores y convive lo menos posible con sus coterráneos refugiados en Inglaterra.

En algún momento, Jenny manifiesta sus celos por la forma en que Marx mira a Gretchen, la sirvienta de la familia. Hay pasajes sobre las investigaciones de Marx replicadas por la crítica de Jenny al lenguaje de imposible entendimiento para los trabajadores. Marx responde justificando el lenguaje teórico de El Capital, a diferencia del usado en el Manifiesto del Partido Comunista. Jenny dice la primera frase de la proclama: “un fantasma recorre Europa”, he ahí una imagen misteriosa y atractiva. Todo esto da lugar al desarrollo de la entrevista.

Marx narra las diferencias con Proudhon, el activista y autor de La filosofía de la miseria objetada por Marx en el texto Miseria de la filosofía. Marx comenta que Proudhon quiere hacer justo al capitalismo para beneficio de todos, cosa imposible ante la reducción de todo lo existente a mercancía. Las diferencias con Bakunin, el anarquista, incluyen la de vivir sin sitio fijo y aposentarse en las casas de los compañeros. En la de Marx se emborrachó, pelearon cuerpo a cuerpo y Bakunin meó por la ventana ante el escándalo del dueño.

Las relaciones entrañables con las hijas de Marx y Gretchen, y la furia de Marx al declararse no marxista ante los discursos de su yerno, Paul Lafargue, según precisó el entrevistado, van construyendo la figura histórica como dialéctica entre una vida llena de carencias materiales y el arduo trabajo teórico alternado con la actividad política.

Se menciona la maternidad de Gretchen y el entrevistado tiene que precisar que el padre fue Marx y que el hijo no supo quién lo engendró y vivió y murió como un humilde trabajador. Cosas del machismo que exigieron preguntas y respuestas sobre las mujeres y el feminismo. Entre situaciones de vida, propuestas económico-políticas, arengas revolucionarias resultantes de la crítica de la economía política y comentarios cruzados en la entrevista, la imagen de la ondeante bandera roja con la hoz y el martillo, al compás de “La Internacional”, el himno comunista de siempre, remite al principio y al final de la obra a los símbolos aún usados en las ceremonias de los trabajadores organizados contra el capitalismo.

En El Juglar caben unos cuarenta espectadores. El miércoles 25 de marzo la mayoría eran jóvenes, algunos de ellos interesados en el tema por sus profesores y profesoras. Sin recursos de propaganda masiva, la obra es presentada en universidades y encuentra locales de compañeros interesados en el buen espectáculo. Cada función cuenta con un entrevistado distinto, del que el director-entrevistador extrae lo necesario para dar a entender la totalidad compleja y dialéctica de Marx como evidencia de humanidad plena orientada a transformar el mundo y no sólo a interpretarlo, como dice en la obra al citar la celebre Tesis XI sobre Feuerbach.


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