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El presidente de EE.UU., Barack Obama, repitió el mensaje de cerrar la prisión de la base naval de Guantánamo que hasta ahora no ha logrado.

El presidente de EE.UU., Barack Obama, repitió el mensaje de cerrar la prisión de la base naval de Guantánamo que hasta ahora no ha logrado. | Foto: EFE

Publicado 18 enero 2016



El presidente de Estados Unidos, en su último discurso ante el Congreso, apenas hace mención a la inmigración, lo que muestra su conformidad con mantener el statu quo. 

Una frase casual fue la que el presidente Barack Obama le dedicó, el pasado martes, al tema de la inmigración en su último discurso del Estado de la Unión; tan solo días después de que su administración decidiera darle prioridad a la deportación de mujeres y niños que vinieran a Estados Unidos en busca de asilo.

En un discurso que se transmitió en horario de máxima audiencia, Obama afirmó lo siguiente: “Seguiré insistiendo para que se hagan progresos en los trabajos que todavía necesitan hacerse”, por ejemplo, “arreglar el sistema de inmigración que no funciona.” Y eso fue todo. A un año de que termine su mandato y luego de deportar a más de dos millones de personas, el presidente solo puede ofrecernos unas cuantas palabras que se escucharon más como una obligación política – que no puede ni mencionar- que como una prioridad política.

Sin embargo, en 2008, el entonces candidato Obama declaraba que “la gente necesita... que promulguemos, de una vez por todas, una reforma integral de inmigración” y que “no podemos esperar 20 años más para hacerlo, no podemos ni esperar 10 años más; necesitamos hacerlo para el final de mi primer período como presidente de los Estados Unidos de América.”

Ciertamente un sistema de inmigración tan inservible que deja a alrededor de 12 millones de personas sin estatus legal es un tema tan importante que lo hizo declarar, hace aproximadamente ocho años, que esa sería “la mayor prioridad en mi primer año como presidente”; pero, tan solo 10 días antes de dicha declaración, ya se empezaban a sentir los efectos de las medidas enérgicas que implementó contra los inmigrantes centroamericanos que vivían en EE.UU. sin la documentación debida.

“Llegaron en camiones sin distintivos”, explica Joana Gutierrez, quien declaró a los reporteros que agentes de inmigración habían entrado a su casa sin una orden judicial. “Entraron y se llevaron a los niños, a mi sobrina y a mi esposo; no les importó que los niños estuviesen llorando. Lo que hicieron fue un abuso.”

En realidad lo que hicieron estaba en conformidad con la política estadounidense implementada bajo el mandato del mismo presidente que había prometido reformas. La administración de Obama decidió que, para desalentar a aquellos que huían de la pobreza y la violencia en las Américas, era necesaria una demostración de fuerza. Esto, sugerían las medidas, es lo que les pasará si vienen a la tierra de la libertad: los agentes del Estado te llevarán a ti y a tu familia a un centro de detención y los enviarán de vuelta al sitio del que huían; donde morirán, muy probablemente.

De hecho, un estudio sobre las muertes que se reportan en las noticias reveló que, desde 2014 a octubre de 2015, no menos de 83 solicitantes de asilo deportados el año anterior por el gobierno de EE.UU. habían sido asesinados a su regreso a países de Centroamérica como El Salvador, Guatemala y Honduras; países que han sido destrozados tanto por la política comercial de Estados Unidos como por su apoyo a gobiernos represivos en nombre de la estabilidad y la libre empresa.

El 6 de enero, el último grupo de seres humanos que, dentro de las fronteras estadounidenses, fue sacado a la fuerza de sus hogares llegó nuevamente a Guatemala: 131 personas en total, a las que les seguirán cientos más. Si lo ocurrido en el pasado nos sirve de prólogo, en un plazo de un año, varios de ellos habrán sido asesinados mientras que la mayoría tendrá que trabajar muy duro dentro de la pobreza que buscaban dejar atrás, quizás haciendo ropa o recogiendo los cultivos que serán enviados libre de impuestos a sus anteriores vecinos en Estados Unidos.

Y lo peor de todo está fuera de la vista, al menos para la mayoría que veía el mensaje del presidente: como respuesta a la afluencia de solicitantes de asilo desde finales de 2013 a finales de 2014, Obama comenzó a pagarle decenas de millones de dólares a México para aterrorizar e impedir el paso de los pobres a la frontera estadounidense. Como resultado de esto, las deportaciones desde EE.UU. son ligeramente bajas, mientras que las deportaciones desde México aumentaron alrededor de 70%.

Sin embargo, que una reforma integral de inmigración ya no sea la mayor prioridad de este presidente estadounidense no es del todo injustificable, ya que, para aprobar ese tipo de reformas, Obama necesitaría el apoyo del Congreso que, actualmente, está lleno de republicanos (y demócratas) conservadores que, si no sienten ninguna compasión por los sirios que tratan de escapar de una zona de guerra en ruinas, mucho menos la sienten por los latinoamericanos que tratan de huir de las economías deshechas y de la violencia de la guerra por las drogas.

Pero reforma integral o nada no son las únicas opciónes disponibles. Por ejemplo, como presidente, Obama podría decidir de forma unilateral no llevar a cabo las deportaciones que, en estas últimas semanas, decidió ejecutar unilateralmente. En junio de 2012, por citar un ejemplo, Obama firmó una orden ejecutiva para evitar la deportación de aquellos cuyos padres trajeron de niños a Estados Unidos. Dicha orden, aunque limitada, fue una acción honorable, pero también el producto de la acción directa y la movilización de aquellos más vulnerables al desalojo efectuado por el Estado. Obama bien podría hacer algo similar nuevamente.

Si bien el próximo presidente podría, en un año, invalidar cualquier orden ejecutiva que el actual mandatorio emita, la deshonra de haber enviado de vuelta a hombres, mujeres y niños -cuyo único crimen fue el de buscar una mejor vida- a un lugar donde podrían ser asesinados o en donde, en última instancia, sus ánimos serán aplastados, estaría en la consciencia de otro.

Pero ¿por qué Obama, cuando está en proceso de construir su legado, se empeña en hacer cumplir ferozmente unas leyes de inmigración que él mismo prometía reformar cuando asumió el poder? Esa es una pregunta que no tiene una respuesta precisa. Quizás es porque quiere ayudar a su partido en las próximas elecciones, suponiendo que tanta compasión hacia los pobres y los oprimidos no hará más que ayudar en las encuestas a los fascistas declarados; o quizás es porque realmente no le importan las vidas que está destruyendo.

Tal vez, en lugar de ser el progresista que algunos pensaron que sería cuando ya no tuviese la perspectiva de una reelección, el presidente nos está mostrando quién era realmente en todo este tiempo: no un hombre profundamente preocupado por la política del gobierno estadounidense de separar a las personas de sus seres queridos y desintegrar a las familias, sino un administrador competente y entusiasta del cruel sistema que heredó.

Charles Davis es editor para teleSUR inglés


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