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La familia del comunero Rodrigo Melinao halló el cadáver con un disparo de escopeta en el tórax en la comuna de Ercilla. (Foto: soychile.cl)

La familia del comunero Rodrigo Melinao halló el cadáver con un disparo de escopeta en el tórax en la comuna de Ercilla. (Foto: soychile.cl)

Publicado 29 abril 2014

Releamos el primer párrafo de Cien años de soledad que, como ciertos libros sagrados, parece haber existido desde la eternidad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

En la primera oración aparece la figura retórica de la inversión, para trasponer la sucesión de la biografía del protagonista.

Arranca de un tiempo indefinido: “Muchos años después” -sin aclarar después de qué- para saltar al paralizado presente de la ejecución, abismarse en la “tarde remota” de la infancia cuando conoció el hielo -agua paralizada- y dar paso al agua licuada de un río que corre sobre huevos prehistóricos -los dos símbolos clásicos del devenir- y a una historia anterior al nacimiento del protagonista, que culmina en la anulación del tiempo mediante la agobiadora repetición de personajes e incidencias.

Comprenderemos por qué en la novela el acontecer está tan trastrocado y enrevesado como en las líneas que la inician o como en el recuerdo de toda la vida que pasa en unos instantes ante los ojos del agonizante. La soledad, como la retórica, puede hacer un solo segundo dure un siglo, o que un siglo cristalice en el aliento necesario para leer el más breve párrafo eterno de la literatura universal.

Mil y una galerías existen para penetrar el laberinto de Gabriel (del hebreo Gavri´el: Fuerza de Dios), pero sabemos que en Él acecha el Tiempo. El dédalo, símbolo de la matriz, nos encierra en un devenir sin culminación, pues nunca accederemos al centro, y sin libertad, ya que jamás hallaremos otra salida que las provisorias alas de la imaginación. Gabriel José de la Concordia García Márquez nace en 1927 en el pueblo de Aracataca, villorrio que sus habitantes quisieron después convertir en imaginario llamándolo Macondo.

Diez años antes había muerto allí el escritor venezolano Manuel Vicente Romero García, siempre soñando, como el coronel Aureliano Buendía, comandar un nuevo alzamiento que lo llevara triunfante a Caracas.

El padre de Gabriel lo deja hasta sus nueve años al cuidado de sus abuelos Tranquilina Iguarán y el coronel Eligio García, quien lo lleva a conocer el circo y el hielo. Paradoja fulminante la del niño, emblema del porvenir, que comienza la vida con ancianos, símbolos del pasado. El del anciano es un tiempo sin más proyecto que la memoria. En este permanente crepúsculo el niño apropia como recuerdos las experiencias que no ha vivido.

Los más importantes personajes de Gabriel son viejos. El Señor muy Viejo tiene alas muy grandes. Algunos, como Isabel, pierden todo sentido del tiempo viendo llover en Macondo. Sus pueblos parecen detenidos en malas horas, en un tiempo que no avanza ni retrocede.

A diferencia del doctor Fausto, Gabriel detuvo el instante, no el instante perfecto, sino el momento insoportable de la postergación, del desamor, del fracaso, por sí mismo eterno.
El destino del viejo es la soledad, dijo alguna vez Arturo Uslar Pietri.

El joven zarpa hacia su destino y el anciano permanece anclado en el suyo. En los relatos de la Fuerza de Dios recurre el tema de amantes separados por abismos de años. Al Patriarca los áulicos le suministran un harén de libertinas disfrazadas de colegialas.

El religioso de El amor y otros demonios ama a una adolescente. El niño de Vivir para contarlo es iniciado por una mujer muy mayor. Situaciones parecidas recurren en Memorias de mis putas tristes. El tiempo, que nos separa de todo, es la principal de las formas innumerables de la soledad. El amor que todo lo vence es nuestra única segunda oportunidad en esta tierra.

Fuente: http://www.rnv.gob.ve/index.php/luis-britto-garcia-gabriel-en-su-laberinto


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