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Mauricio Macri, presidente electo de Argentina.

Mauricio Macri, presidente electo de Argentina. | Foto: The Telegraph

Publicado 27 noviembre 2015
In memóriam de Danilo Aguirre, sandinista, periodista, abogado nicaragüense, solidario defensor de los derechos humanos atropellados por las dictaduras sudamericanas de los 70.

Mauricio Macri resultó electo presidente argentino y dio razón al pronóstico de los encuestadores, aunque no a sus proyecciones numéricas, que otra vez fallaron. Para ello contaron con el apoyo de una amplia campaña de difusión realizada por los grandes medios en manos de los grupos empresariales que adversaron sistemáticamente la gestión de Cristina Fernández, a la que de paso agregaron a Néstor Kirchner y a todo aquello que se vinculara con esa vertiente del peronismo.

Acerca de la reinstalación en la presidencia de un personaje de la derecha más conservadora, desde estas mismas páginas, el 29 de octubre pasado adelantábamos que Argentina “parece inclinarse por devolver el timón a esa corriente, donde el peso de la argumentación recae en que el comercio internacional desciende, el dólar se revaloriza, el precio de los comodities baja, mientras los modelos de shock y ajuste prevalecen en el escenario político, que agitados como estandarte de un cambio por los grandes medios pasan a incrustarse de forma predominante entre la ciudadanía”.

A esto le sumábamos que un eventual triunfo de esa expresión conservadora se debía, en parte, al éxito de la campaña que apuntaba la necesidad de cambiar la dirección del Ejecutivo, tanto como a “las inconsistencias y escaso aliento que entraña la propuesta de continuidad populista-progresista; fallas en ciertas ejecuciones de gobierno; corrupción; errática política de alianzas; hasta dudas sobre las candidaturas, como en el caso de Aníbal Fernández para la provincia de Buenos Aires”. Y esto último también fue cierto para el candidato del oficialismo Daniel Scioli, de quien se supuso en un momento que tenía garantizada la victoria y el error de su escogencia quedó de manifiesto con los resultados de las dos vueltas comiciales. Con simplismo alguien apuntó que Scioli no se escribe con K, lo que poco importaba, sino que su candidato perdió en el bastión peronista de la provincia de Buenos Aires, la del 36% del padrón.

Lo cierto es que más allá de la proclamación de un ganador, en estos momentos hay que tener en cuenta cuánta importancia tienen para quienes hacen hincapié en la vitalidad del mercado interno, las promesas de negocios que supone la llegada de capitales de empresas trasnacionales, con algunos de las cuales ya negoció el actual gobierno. En este rubro se pueden contabilizar las mineras, sojeras y petroleras que se llaman Barrick Gold, Monsanto o Chevron.

Este es el camino que anticipamos transitará el nuevo gobierno, que no hace más que exhibir el inocultable estancamiento de la economía argentina, presente en el último cuatrienio, -con descenso pronunciado de reservas que llevaron a contraer deudas internacionales con altísimas tasas-. Acaba así el discurso que se sostuvo hasta ahora de que la política era dominante sobre lo económico.

Estos temas, que sólo periféricamente abordaron Macri y Scioli conduce, por ejemplo, a un arreglo más o menos cercano con los fondos buitre (holdouts) como vía de tránsito hacia una vinculación con el FMI. Los economistas de uno y otro candidato no exponían demasiadas diferencias sobre el tema; si acaso, tenían matices acerca de los detalles y las formas, no sobre la orientación y conducción económica general.

Axel Kicillof -actual ministro de Economía y Finanzas Públicas- decía de los fondos buitre en agosto de este año: “Pagar es una trampa. No pagar es imposible. Lo entiendo. Estamos trabajando en una negociación, que implica una correlación de fuerzas, como pasó con Repsol” (multinacional española a la cual el gobierno indemnizó).

Y este consejo es el que seguramente seguirá el gobierno que se inaugura el 10 de diciembre, en el que la política habrá de estar en relación de dependencia de los designios privados -nacionales y extranjeros- dejándole al Estado la potestad de contribuir a generar un buen clima de negocios que atraigan al capital, decidiéndolo a invertir.

Dicho de otra manera: dejando de lado las consideraciones acerca de las personalidades de los participantes del balotaje, la realidad es que de lo que se trata es de relaciones de clase, siendo determinante para el Estado y quien lo dirija que el capital que se obtenga por las inversiones se vuelva a aplicar, para lo cual se le darán a éste las debidas garantías que permitan su reproducción ampliada. Las trasnacionales, el empresariado argentino y las layas que representan a ambos -en esta etapa económica recesiva- apostaron por quien ofrecía mejores y mayores garantías de docilidad para la concreción de estas prácticas. Y lo hicieron pensando en que quizá a Scioli le quedaba algún resabio de los gobiernos de estos 12 años y continuaba el “dispendio” de las menguadas arcas oficiales, seguía con ciertas políticas de subsidios -algunas aplicaciones con inocultables contenidos clientelares-, por lo que los mass media no tuvieron contemplaciones y se lanzaron al ataque. Recordaban que las modificaciones de los últimos gobiernos habían puesto en severo riesgo sus ganancias cuando aplicaron nuevas reglamentaciones y regulaciones a las concesiones públicas, ante lo que pretendieron erigirse como adalides de “la libertad de expresión”, aludiendo a la democracia en la comunicación y erigiéndose como “dictadores” de la misma, aunque para nadie es sorpresa que a diario practican un ejercicio de selección -acorde con sus intereses- de la información. Ejercen una simple, llana y vulgar libertad de empresa.

Cuando asuma Macri se encontrará en el Congreso con el apoyo de una primera minoría en Diputados y con el amplio control justicialista en el Senado.

Vale, asimismo, recordar aquí a Atilio A. Borón y sus apreciables diferencias -sin embargo- entre los candidatos del pasado domingo. Con acierto escribió que aquellos ”que militamos en el amplio y heterogéneo campo de la izquierda, pensamos que en esta coyuntura concreta (...) el voto por Scioli es, desafortunadamente, el único instrumento con que contamos para impedir un resultado que sería catastrófico para nuestro país, para las perspectivas de la izquierda en la Argentina y para la continuidad de las luchas antimperialistas en América Latina. Sería bueno que hubiese otro instrumento político para detener a Macri, pero no lo hay. El voto en blanco ciertamente no lo es. Perón también era un político burgués, al igual que José P. Tamborini (...) Ambos también se movían en el campo de la derecha, pero a pesar de ello había algunas diferencias, nada menores por cierto. En la coyuntura actual el indiscriminado repudio al binomio Macri-Scioli adolece de la misma falta de perspectiva histórica y de rigor analítico. Son, sin duda, dos políticos que juegan en la cancha del capitalismo. Uno, Macri, es un conservador duro y radical; el otro, Scioli, se inscribe en una tradición de conservadorismo popular de viejo arraigo en la Argentina.”

En torno a Macri, la derecha más conservadora se reinventó.

Al final, también, hay que acompañar las sospechas sobre el rumbo que tendrá el próximo gobierno en materia de derechos humanos y acceso a la justicia que promovieron los últimos gobiernos en torno a los crímenes de la dictadura cívico-militar. La semana pasada, en La Mansión -centro clandestino de detención-, desde 2000 Casa de la Memoria y la Vida, pintaron "El 22 se termina el curro": retoma la frase de Macri de abril de 2014 que afirmaba "Conmigo se termina el curro de los derechos humanos".


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