Brasil ante el balotaje: entrevista con la economista Ana García
En un escenario de polarización, Brasil celebra este domingo elecciones que pesan en su futuro y en el balance geopolítico regional, bajo fuerte presión de EE.UU. Bolsonaro avanza un programa vacío de propuestas específicas; sin tener aún todas las soluciones, el Gobierno de Lula sí puede ofrecer una respuesta real, a largo plazo.
Brasil se debate entre dos modelos, en una elección que define perspectivas de derechos, soberanía y desarrollo inclusivo o entrega de recursos. La salida para el próximo Gobierno, cualquiera que sea, es diversificar las relaciones comerciales y las asociaciones económicas, para estimular también a otros sectores, especialmente los industriales, a exportar más. Foto: EFE.
24 de octubre de 2026 Hora: 21:13
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A horas del balotaje presidencial en Brasil, la elección enfrenta dos proyectos políticos y económicos con implicaciones que trascienden las fronteras del país y pueden incidir en el rumbo de América Latina y el Caribe, en un escenario marcado por las disputas geopolíticas y la competencia entre Estados Unidos y China.
Ana García, profesora de Relaciones Internacionales y coordinadora del Centro de Estudios Avanzados de la Universidade Federal Rural do Rio de Janeiro (UFRRJ), analiza la coyuntura electoral, los desafíos de la reindustrialización brasileña y las tensiones que condicionarán al próximo Gobierno.
La extrema derecha ha logrado consolidarse en Brasil y llega al balotaje con Flávio Bolsonaro como principal figura. ¿Cómo interpretas este escenario político y qué explica su crecimiento?
Ana García (AG)— El escenario político brasileño no ha conseguido superar la polarización. En realidad, el ascenso de la extrema derecha viene de hace mucho tiempo y se manifestó con mayor claridad a partir del golpe que llevó al impeachment de la expresidenta Dilma Rousseff. Pero esos grupos ya se estaban organizando y eran visibles en las calles, al menos desde las protestas de 2013.
Con el impeachment de Dilma y la llegada de Temer al poder, la extrema derecha logró organizarse para finalmente ganar las elecciones. La prisión de Lula y la falta de una alternativa, de un liderazgo mayor en la izquierda, llevaron a buena parte de la sociedad brasileña a adherir al proyecto del bolsonarismo.
Ahora, Flávio Bolsonaro consiguió ganar fuerza después de muchas disputas políticas. Al principio, su candidatura fue muy cuestionada y pocos esperaban que llegara hasta donde llegó. Sin embargo, las otras candidaturas no tuvieron posibilidades y, al final, se produjo lo que llamamos voto útil.
Flávio también logró presentarse como una novedad: una persona más joven, que habla mejor que su padre y tiene una imagen pública mejor. Consiguió, además, que Michelle Bolsonaro, con su llegada a las mujeres evangélicas, se colocara a su lado, lo que le permitió atraer a ese sector.
Los indicadores macroeconómicos brasileños son positivos. ¿Cómo se explica, entonces, que la economía tenga un peso en el voto favorable a la derecha?
AG— Los datos macroeconómicos son muy positivos: tenemos superávit comercial, una tasa de desempleo baja y un reajuste anual del salario mínimo de acuerdo con la inflación. Pero también tenemos una tasa de interés muy alta, que impide realizar grandes inversiones, y un nivel de endeudamiento de las familias muy elevado.
Lo relevante es esa distancia entre los indicadores macroeconómicos positivos y la sensación de las familias de que las cosas no están bien, por el endeudamiento y los precios de los alimentos básicos. La derecha construyó su narrativa alrededor de la vida cotidiana de las personas, mientras Lula se concentró en los datos macroeconómicos. Eso permitió a Flávio Bolsonaro capitalizar el descontento.
¿El proyecto económico de la extrema derecha tiene capacidad para responder a ese malestar? ¿Qué alternativas deberían ponerse en discusión?
AG— La mentira que se cuenta es que abrir más el mercado, alinearse con Estados Unidos, desregular y privatizar resolverá los problemas económicos de las personas. El programa de Flávio Bolsonaro es un programa vacío de propuestas: presenta esas medidas como una solución sin especificar qué va a hacer. Sabemos que esa receta no ha funcionado en la región.
En los últimos 30 años, desde la década de 1990, hemos escuchado la misma narrativa de más privatización y más libre mercado. Hay que llevar la discusión a la vida cotidiana: el transporte es privado, ¿está mejor o peor? La gran empresa nacional de electricidad, Eletrobras, fue privatizada durante el gobierno de Bolsonaro. ¿La energía llega mejor a las casas? ¿Es más barata o más cara? La energía aumentó de precio después de la privatización.
El Gobierno de Lula sí puede ofrecer una respuesta real, a largo plazo; no es que ya tenga todas las soluciones. Hace falta ampliar los grandes programas para la industria, para atraer inversiones industriales y reindustrializar Brasil, en sectores claves como la tecnología, la investigación y el desarrollo. No se trata de la industria tradicional, antigua y contaminante, sino de industrias ambientalmente sostenibles.

Realmente, necesita implementar el programa Nova Indústria Brasil, que se lanzó en 2024 y que contempla estas áreas: la digitalización, la transición energética y una economía que vuelva a situar a Brasil en las cadenas productivas de punta.
Pero, además, al comparar modelos, hay que hablar de los derechos conquistados. La empleada doméstica es una figura tradicional de la sociedad brasileña, vinculada a una herencia del período de la esclavitud, y durante mucho tiempo no tuvo derechos laborales. Esos derechos fueron conquistados durante los gobiernos del PT.
La reducción de la jornada laboral sin reducción salarial también es un derecho para la clase trabajadora que no fue una propuesta de la derecha. Pero hoy una gran parte de la población urbana trabaja bajo modalidades que se presentan como emprendimiento o autoempleo. Estas personas no están cubiertas por los derechos laborales tradicionales. Necesitamos alternativas para quienes trabajan en la economía de plataformas, como repartidores y conductores de Uber, y para los microemprendedores individuales, entre quienes hay una gran proporción de mujeres. Toda esa población necesita respuestas de políticas públicas que le permitan sentirse más segura económicamente.
La elección también ocurre en un contexto de creciente presión de Estados Unidos para limitar la presencia de China en América Latina. ¿Qué consecuencias puede tener el resultado electoral para Brasil?
AG— Una cuestión a destacar es que el Gobierno de Donald Trump tiene pocas ofertas reales para América Latina. Fuera de algunos ejemplos, como la promesa de una línea de crédito para Argentina, ofrece muy pocas alternativas económicas concretas. Y, en ese sentido, la región sigue muy cercana a China. Perú necesita a China para la compra de minerales y las inversiones; Chile tiene acuerdos comerciales y de inversión con ese país, y Argentina mantiene una relación financiera importante. Brasil también tiene una fuerte dependencia comercial de China, que ofrece inversión extranjera directa e invierte en infraestructura y en la industrialización de la región.
Esto significa que, incluso si la derecha ganase, Flávio Bolsonaro tendría un problema difícil de resolver. Trump ejerce presión directa sobre Brasil para que reduzca sus relaciones con China y su participación en los BRICS, y adopte un alineamiento automático con Estados Unidos. La contradicción es que los sectores que apoyan a la extrema derecha, especialmente el agronegocio y la minería, dependen de China. Las exportaciones brasileñas hacia ese país están vinculadas principalmente al petróleo, la soja, el agronegocio y los minerales, mientras que Brasil importa productos de mayor valor agregado y alta tecnología.
Entonces, es imposible que Brasil renuncie a sus relaciones con China. Tenemos una dependencia muy grande de los recursos externos que ingresan en dólares gracias al comercio con ese país. Ese comercio genera un colchón de estabilidad monetaria para la economía brasileña. Suelo decir que, si China hubiera hecho con Brasil lo que Estados Unidos hizo, la economía brasileña habría quebrado. No dependemos tanto del comercio con Estados Unidos y por eso no quebramos. Pero nuestro superávit comercial depende, en gran medida, de China.
La salida para el próximo Gobierno, cualquiera que sea, es diversificar las relaciones comerciales y las asociaciones económicas, para estimular también a otros sectores, especialmente los industriales, a exportar más. Brasil perdió una parte importante del comercio con América Latina, donde antes era un exportador relevante de productos industrializados. Otros países de la región se orientaron hacia China y Brasil perdió parte de ese mercado. Es importante que consiga recuperarlo.
Además, la relación con Estados Unidos es inestable. Un Gobierno que puede imponer o retirar aranceles, dejar de comprar o cambiar sus decisiones para ejercer presión no garantiza estabilidad comercial. Tampoco está claro qué beneficios concretos obtuvo Brasil en materia de tecnología, productos de alto valor agregado o investigación conjunta a partir de su alineamiento con Estados Unidos.
En ese escenario, ¿qué necesita Brasil para fortalecer su soberanía económica?
AG— Es fundamental dar continuidad a los proyectos que garanticen la soberanía brasileña sobre sectores críticos para la economía y ampliar las iniciativas de reindustrialización. Esa reindustrialización debe ser social y ambientalmente inclusiva y sostenible. No queremos recibir industrias atrasadas, contaminantes y con tecnología obsoleta.
Tampoco podemos contar con que Estados Unidos, la Unión Europea o incluso China resuelvan ese problema por nosotros. Necesitamos una estrategia nacional clara que permita llevar a esos países a la mesa de negociación. China seguramente estaría abierta a una negociación de ese tipo, pero Brasil debe presentar primero sus propuestas y estrategias. Eso todavía falta, incluso durante el gobierno de Lula.
¿En qué momento se encuentran los BRICS y cuáles son los principales desafíos para que el bloque avance en una agenda alternativa al orden económico occidental?
AG— Los BRICS están en una encrucijada: o avanzan o se estancan y vuelven a perder fuerza. El grupo vivió un período de grandes avances desde finales de la década de 2000 hasta aproximadamente 2014-2016, con la creación del Nuevo Banco de Desarrollo y una agenda ambiciosa. Después, hubo una etapa de relativo estancamiento, sin nuevas agendas propias.
El bloque recuperó impulso a finales de 2022 y, sobre todo, desde 2023, con la expansión y el debate sobre alternativas monetarias y financieras a la dependencia del dólar. La presidencia rusa de 2024 impulsó varias propuestas en esas áreas.
Las presidencias posteriores de Brasil y la India fueron más tímidas. Brasil, preocupado por el regreso de Donald Trump al poder, evitó llamar demasiado la atención, reforzó la idea de que los BRICS no eran un grupo antioccidental y retiró de la agenda el debate sobre la desdolarización. Se concentró en el comercio y en cuestiones institucionales, sin dar continuidad a las propuestas más ambiciosas de la presidencia rusa.
La India, por su parte, tuvo como gran logro mantener unido al grupo ante el riesgo de que las tensiones internas lo fragmentaran. Ahora los BRICS necesitan incorporar a los nuevos miembros y encontrar una solución para la toma de decisiones. Pasar de cinco a 10 integrantes en poco tiempo hace más difícil alcanzar consensos. Es un problema, por ejemplo, que el bloque no haya podido dar una respuesta colectiva a los ataques sufridos por Irán, uno de sus miembros.
Al mismo tiempo, es necesario avanzar en agendas realmente alternativas a Occidente: infraestructuras de transacciones financieras, mecanismos de compensación entre bancos centrales. También está pendiente el acuerdo de reservas contingentes, una propuesta de 2014 que debería funcionar como alternativa al Fondo Monetario Internacional y no como un simple complemento.
En mi opinión, el único país con capacidad para impulsar esa agenda es China, el miembro más fuerte del grupo, que asumirá su presidencia el próximo año. Sin embargo, probablemente, buscará primero una mayor cohesión entre los 10 países y una agenda que permita armonizar sus posiciones y evaluar hasta dónde pueden avanzar en los asuntos externos.
¿Qué escenarios se abren para los BRICS y para la política exterior brasileña según el resultado del balotaje?
AG— Si Lula continúa en el Gobierno, Brasil seguirá participando de esa agenda, aunque intentará no abrir nuevas disputas con Estados Unidos. El Gobierno no tiene interés en aumentar las tensiones y buscará retomar las negociaciones para resolver el conflicto arancelario.
Con un Gobierno de Flávio Bolsonaro, sería más difícil. En general, los países tienden a permanecer dentro de las instituciones internacionales, porque el costo de abandonarlas puede ser mayor que el de seguir participando, aunque sea con un perfil bajo.
Brasil necesita mantener buenas relaciones con China. Por eso, la tendencia de un Gobierno de Flávio sería posiblemente mantener un perfil bajo dentro de los BRICS, dejar que la presidencia china transcurra con la menor exposición posible y evaluar después cómo avanzar.
El Gobierno de Jair Bolsonaro también tuvo relaciones estrechas con la India y con Rusia. Bolsonaro visitó Rusia aproximadamente un mes antes del inicio de la guerra en Ucrania. Por eso, los BRICS no serían completamente irrelevantes, incluso para un Gobierno de esa orientación política. Lo que cambia hoy es la presión estadounidense. Ese será uno de los factores centrales que el próximo Gobierno brasileño tendrá que calcular.
Autor: teleSUR - Belén de los Santos




