Entre réplicas y escombros: la solidaridad que no mide el sismógrafo
El 24 de junio, Venezuela tembló, pero esta no es la crónica del terremoto. Es la crónica de quienes, sin pedirlo, se convirtieron en las réplicas más profundas: la de la solidaridad que no se mide en escalas.
Un grupo de rescatistas bajo los esrombros durante una pausa para hidratarse y alimentarse en medio de las labores de búsqueda y rescate en Tucacas, Falcón. Foto: Emily Caro.
28 de junio de 2026 Hora: 22:04
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Los terremotos dejan tras sí varias réplicas. En el caso de Venezuela, más de 400 se habían registrado al tercer día del siniestro. Pero hay otros millones de réplicas que no se cuantifican y mueven las estructuras de cualquier persona que haya vivido el 24 de junio en Caracas, Trujillo, La Guaira, Falcón, Carabobo, Miranda o Yaracuy.
En situaciones de catástrofe, el trabajo de algunos es auxiliar; el de otros es socorrer, mover escombros, taladrar, entregar alimentos, cuantificar a rescatados y desaparecidos, resguardar equipos y trasladar lo necesario. Pero los primeros en llegar y prestar apoyo siempre son los vecinos. Sin formación, sin registro, sin licencia, se lanzan al peligro para buscar a quienes salvar.
Solidaridad sin uniforme: voluntarios de todo el país se unieron a las tareas de búsqueda y rescate.
Tucacas. Estado Falcón. Un destino turístico se convierte en el escenario de una búsqueda desesperada. Los rescatistas levantan toneladas de concreto, revisan cada espacio, miden. Pero hay lugares inaccesibles. Entonces aparece una especie más joven: los escarabajos humanos. Los más delgados, los que caben entre las grietas y túneles del derrumbe.
La mayoría no pasa de 25 años. Su contextura los convierte en topos perfectos y, sin obedecer al miedo natural, comienzan. Dentro, el oxígeno escasea. El más mínimo roce podría desatar un nuevo derrumbe. Avanzan entre polvo y restos hasta que el cerebro pide aire y salen a respirar.

El escarabajo de Tucacas se llama Andrea, tiene 17 años. Quise entrevistarla. A diferencia de quienes posan como héroes, ella dijo que no. ¿La razón?: «Mi mamá no sabe bien cómo es mi trabajo y si me ve en la televisión se va a preocupar». Yo anhelaba contar su historia, pero contra ese argumento era incapaz de insistir. Mano apretada, abrazo y un gracias cómplice terminaron la conversación. Esta es de esas historias que se quedan con el periodista, que ninguna palabra alcanza a justificar.
Alrededor, no muy cerca, están los de manos reparadoras: médicos, enfermeros. Reciben a los que nacen de nuevo a un mundo distinto. En Falcón, entre el polvo, una de esas manos es la de Emma, pediatra. No está allí para descansar, sino por una niña bajo los escombros. Su vocación la obliga a quedarse. Está preparada para recibirla y está segura de que saldrá con vida. Lo dice conmovida, mientras susurra un rezo.
Médicos voluntarios: En Tucacas una pediatra se quedó amarrada a la fé esperando a Fernanda, la niña que movió a todo un pueblo.
Alrededor de los edificios derrumbados, los familiares esperan. Cuando los profesionales levantan el puño y piden silencio absoluto, todos se abrazan a la esperanza. Los perros de búsqueda comienzan, entran en los túneles que se formaron entre los escombros del edificio derribado.
En Caracas, en el edificio Residencias Rita, Tsunami hace su trabajo. Va de un lado a otro hasta que se detiene. Él sabe oler la vida. Un ladrido es la señal. Empiezan a escucharse pequeños golpes. No hay voces, pero hay alguien. Y la tarea recomienza, piedra por piedra.
No todos los que retiran escombros son de Protección Civil. Hay voluntarios con una rápida inducción que se suman al ejército de manos que aparta tierra y fragmentos. Algunos rompen paredes a mano, porque una máquina pesada pondría en riesgo a los atrapados.
Civiles en todo el país recibieron instrucciones mínimas y se sumaron a las tareas de búsqueda y remoción de escombros.
Resguardando el proceso están los de uniforme duro. Los que no aflojan ante el dolor y lloran hacia dentro, porque les enseñaron que la fuerza lo era todo. Su labor es fundamental: garantizan que nada se altere alrededor, porque hasta el aleteo de una mariposa podría cambiarlo todo.
Venezuela es un país organizado. Por eso, en los primeros minutos muchas vidas se salvaron gracias a la acción de los vecinos que, sin pensarlo, resguardaron a los primeros sobrevivientes.
De todos lados llegaron voluntarios con comida, algunos llevaron café para familiares y órganos de seguridad en Turmero.
Los terremotos dejan tras de sí varias réplicas, muchas no se cuantifican: son las hondas expansivas de la solidaridad que mueve la fibra de quienes vivieron el 24 de junio en Caracas, Trujillo, La Guaira, Falcón, Carabobo, Miranda o Yaracuy.
Porque el 24 de junio no solo movió el suelo; movió el centro de gravedad de quienes lo vivieron. Pero la solidaridad ha sido tan grande como el terremoto mismo.
Autor: teleSUR: Emily Caro
Fuente: teleSUR




