Lo que no se derrumbó en La Guaira

El edificio de 12 pisos en La Guaira sigue ahí, vencido pero entero. Se derrumbaron paredes, vigas, techos… No se vino abajo la maña de cuidar al de al lado, de abrir la casa, de cocinar para alguien que no se conoce. Esa es la estructura que ningún temblor logró tumbar.

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En La Guaira, como reafirmó este domingo la presidenta (E) Delcy Rodríguez, continúan las labores de rescate y salvamento. «Hoy hemos recuperado personas con vida y las labores no se suspenden. Nosotros siempre mantenemos la esperanza. Mientras la esperanza está en nuestro corazón, siempre hay posibilidad y siempre está el futuro marcando la alegría», dijo. Foto: teleSUR.


28 de junio de 2026 Hora: 19:54

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Son las tres de la tarde en Los Corales, en La Guaira, y el sol cae a plomo sobre un edificio de doce pisos que no terminó de caer. Quedó torcido sobre su propia base, inservible; un equipo lo vigila desde hace horas por los crujidos, porque puede venirse abajo de un momento a otro. Aun así, abajo y a los costados, nadie suelta la herramienta. Nadie se aparta. La orden de aflojar no llega, porque entre esas planchas de cemento todavía respira alguien.

A unos metros, las familias no se mueven de ahí. Aguantan de pie, la mirada clavada en cada bloque que los socorristas levantan, seguras de que un hijo, un hermano, un padre resiste debajo. Y no aguantan en soledad. A su lado cavan brigadistas con acentos de medio continente, bomberos y rescatistas venezolanos que llevan cuatro días sin verle el borde a la jornada. Aquí mismo, un rato antes, sacaron a dos personas con vida. Cada quien que sale entero vuelve a encender a los que siguen plantados frente a la mole de concreto.

Un radio de pilas, en mitad del bullicio, repite el último parte de las autoridades. Este domingo, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, subió el balance a 1.450 muertos; ayer eran 1.430. La lista de la tragedia se estira y nadie tiene por qué disfrazarla. Pegado a ese número, sin embargo, crece otro.

Más de 25.000 rescatistas venezolanos continúan removiendo escombros en La Guaira, codo a codo con 2.624 llegados desde hace días desde varios países. El Estado asegura haber atendido a 73.937 familias y repartido más de siete millones de raciones de comida. Hubo quien, a las 72 horas, dio por hecho que la ayuda no llegaría. Hoy, cuatro días después, basta estar aquí para verlo.

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No hay manera de maquillar lo que se respira en La Guaira, y tampoco hace falta. El aire pesa, se adhiere al paladar, trae el cemento pulverizado y, debajo, un olor dulzón que nadie pronuncia y todos reconocen. Cada diez metros el oído se confunde y cree oír un quejido. Quedan los que aún no han salido de abajo, los abrazos partidos a media calle, los párpados hinchados de quienes no duermen desde el miércoles. La muerte está ahí, sin máscara. Disimularla sería faltarle el respeto a quien la lleva encima.

Y donde está la muerte, sin que nadie dé la orden, se levanta la vida. La organización más firme sigue al ras del suelo, en la acera de enfrente, donde los propios vecinos se reparten las tareas. Apareció el médico de Barrio Adentro y el paramédico andino, también el bombero de oficio del estado Lara, el muchacho de Caracas que solo traía sus manos, los ecologistas de Mérida y hasta los veterinarios detrás de los animales que quedaron atrapados entre los fragmentos de ladrillo y piedra. Cada quien arrimó el saber que tenía, sin ensayo.

Por la mañana llegó una señora de casa humilde con una bolsa del mercado a medio llenar, una olla con arroz, dos latas, una camisa doblada, lo único que tenía guardado, y lo dejó en una mesa improvisada sin esperar las gracias. Detrás venían otros, con lo poco de cada quien. Nadie los convocó; llegaron solos para sostener la fuerza de los socorristas y voluntarios.

Lejos de aquí, alguna prensa ya exprime la tragedia para su provecho. Cuenta los muertos como argumento y culpa a las viviendas de los pobres, como si un sismo de magnitud 7,5 escogiera a sus víctimas por el partido que votan. La tierra no entiende de política. Hacer carroña con el duelo ajeno solo retrata a quien lo hace.

Cae la tarde sobre Los Corales y el edificio de doce pisos sigue ahí, vencido pero entero, y la gente sigue sin moverse. Se derrumbaron las paredes, las vigas, los techos bajo los que vivían cientos de familias. Lo demás aguantó. No se vino abajo la maña de cuidar al de al lado, de abrir la casa, de cocinar para alguien que no se conoce. Esa es la estructura que ningún temblor logró tumbar.

Sobre ella, cuando pare el rescate y empiece el recuento de lo perdido, Venezuela tendrá que volver a levantar lo que el miércoles le arrancó de cuajo. Aquí seguiremos, con el lente puesto, porque la noticia de estos días no es solo cuánto se perdió; es, también, quién se quedó a sostener al que se caía.

Autor: teleSUR - Daniel Ruiz Bracamonte