Terremoto en Venezuela: La unión florece entre los escombros

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AME4065. CARACAS (VENEZUELA), 24/06/2026.- Integrantes de Cuerpos de Emergencia realizan labores de rescate este miércoles, en Caracas (Venezuela). Dos fuertes terremotos sacudieron el Caribe venezolano con apenas 39 segundos de diferencia, en una secuencia sísmica cuyo evento principal fue un sismo de magnitud 7,5, informó el sistema oficial de alerta de tsunamis de Estados Unidos. EFE/ Ronald Peña R


Por: Ximena González Broquen

28 de junio de 2026 Hora: 11:09

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Hay días en que la tierra no solo tiembla bajo los pies: tiembla en la memoria, en los cimientos de lo que creíamos seguro. El 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por un doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5, con apenas 39 segundos de diferencia. No fue un terremoto más. Fue la irrupción brutal de la naturaleza, sí, pero también el espejo de otras fracturas que este continente conoce bien: la vulnerabilización de los pueblos a los que el imperio ha condenado históricamente a la intemperie.

Esta madrugada, la cifra de víctimas fatales supera las 1.400 personas, hay  miles de personas heridas, miles y miles desaparecidas y una franja entera del norte venezolano, la Guaira, Caracas, los estados costeros, entre escombros y polvo. Las réplicas, más de 400 hasta hoy, no cesan. Pero hay algo que el terremoto no ha podido derrumbar. Algo que los sismos no alcanzan: la memoria viva de un pueblo que ha aprendido a levantarse una y otra vez.

Ayer nuestra presidenta encargada, Delcy, nos lo dijo: «Un país se hace en las grandes situaciones, y una de esas grandes situaciones es la que vive hoy el pueblo de Venezuela: una situación dolorosa, sí, pero que es una muestra de lo que es nuestro pueblo.» Porque en medio del polvo y el desconcierto, nos reencontramos. Seguimos contándonos, seguimos buscándonos. Seguimos cosiéndonos. Y ahí, en el centro del dolor, nos encontramos en unión. Juntos, juntas, en nuestra solidaridad natural, en nuestro sentir, en nuestro dolor. En nuestra fuerza compartida que hace que nos levantemos, otra vez, y ahí vamos en juntadera: equipos de rescate nacionales e internacionales, bomberos, protección civil, personal sanitario, voluntarios que van brotando en cada esquina, pueblo organizado en cuadrillas. Nadie está solo. Este es un momento de unión, un abrazo colectivo donde cada mano que se tiende, cada voz que orienta, cada gota de agua que se comparte, teje la red que nos sostiene.

Y hoy, en las calles de La Guaira y de Caracas, en los centros de acopio que brotan como flores entre el cemento roto, veo esa fuerza que no se nombra con grandilocuencia, sino con el verbo más antiguo de los pueblos: la juntadera, la solidaridad hecha carne, hecha praxis, hecha acción transformadora, hecha militancia. Militancia por la vida.

Porque este terremoto no encontró a Venezuela sola. La solidaridad de Cuba, de Bolivia, de Nicaragua, de todos los pueblos de Nuestra América, ha llegado antes que cualquier ayuda condicionada del Norte. Y no es casualidad. Es la expresión de lo que, como REDH, hemos defendido desde su nacimiento en 2003, aquel abrazo fundacional entre Fidel Castro y Hugo Chávez: la certeza de que la humanidad no se defiende desde las trincheras del individualismo, sino desde la articulación colectiva, desde el pensamiento crítico puesto al servicio de la vida.

Esta madrugada, miro al Waraira Repano, a nuestro Ávila que nos abraza. Respiro y junto fuerza, porque la guerra cognitiva también tiene sus réplicas, con sus narrativas intentan que intentan instalar el caos como destino, la tragedia como fracaso, el dolor como derrota. Los buitres del imperio, esa prensa que todo lo mercantiliza y todo lo distorsiona, ya se han lanzado sobre el dolor venezolano. No vienen a ayudar: vienen a filmar, a juzgar, a construir el relato del «Estado fallido» que tanto les conviene. Ocultando la verdad, ocultando que el bloqueo criminal, la guerra económica incesante y décadas de agresiones han minado las capacidades del país para responder a una catástrofe de esta magnitud; pero aun así, contra todo pronóstico, estamos respondiendo con una organización y una dignidad que desmienten cada profecía del imperio.  Sabemos que ellos no vienen a socorrer, sino que vienen a sentenciar. Pero los pueblos de Nuestra América hemos aprendido a leer entre líneas: cuando los grandes medios del imperio hablan de «colapso», nosotros vemos resistencia; cuando pronostican «caos», nosotros vemos organización popular; cuando anuncian «fin de ciclo», nosotros sabemos que cada ciclo de dolor ha sido, en nuestra historia, el espacio en el cual hemos medido nuestra fuerza.  En solidaridad.

Mis padres me enseñaron —uruguayo mi padre, argentina mi madre, ambos exiliados por las dictaduras que el imperio diseñó para el Cono Sur— que la colonialidad no es solo explotación económica: es, ante todo, secuestro de la palabra y fabricación del olvido. Por eso, desde la REDH, quiero alzar la voz, no para competir en el mercado de las noticias, sino para recordar, frente a esos buitres que ya se amontonan y pretenden cubrirnos con sus mórbidas sombras, que Venezuela no es un cadáver geopolítico: es un pueblo vivo que tiembla y vibra, que resiste, que insiste, que re-existe.

En estos días he visto a las mujeres organizar sancochos en las calles mientras sus casas aún se tambalean. He visto a los y las estudiantes convertir sus aulas en centros de acopio. He visto a mi comunidad cobijarse en una plaza, entre los edificios derrumbados, y ahí, en medio del polvo y el desconcierto, reconstruir el tejido que el sismo quiso romper. Esa es la RED que nos sostiene, esa que corre por las calles: la red de quienes entienden que defender la humanidad es, ante todo, defender la vida concreta, la vida que duele, la vida que se abraza.

«Patria es humanidad», decía Martí. Y hoy, más que nunca, esa frase no es un verso: es un llamado. La humanidad de Venezuela está siendo puesta a prueba por la furia de la tierra, pero también por la indiferencia de un mundo que mira hacia otro lado cuando el Sur sangra. Desde la REDH, quiero entonces convocar a los intelectuales, artistas y movimientos sociales del mundo a no mirar hacia otro lado. A enviar no solo recursos, sino solidaridad activa. A no permitir que el dolor de Venezuela sea usado como moneda de cambio en las negociaciones geopolíticas del imperio.

La memoria viva no se entierra bajo los escombros. La memoria viva es trinchera. Y en esta trinchera, Venezuela se levanta, una vez más, para recordar al mundo que los pueblos que han sido oprimidos durante quinientos años no conocen la derrota: conocen la resistencia. Conocen la organización. Conocen la esperanza activa, esa que no espera que el cielo se calme, sino que construye refugio mientras la tierra aún tiembla.

Porque nuestro dolor es el dolor de los pueblos que luchan y resisten, porque nuestra memoria es la memoria de toda Nuestra América. Sigamos juntos, sigamos juntando fuerza. Aunque la tierra tiemble, una y otra vez.

Autor: Ximena González Broquen

Fuente: REDH

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