García Lorca: 90 años de una muerte pequeña, un legado perdurable
Por: Ricardo Romero Romero
18 de agosto de 2026 Hora: 18:33
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Han transcurrido noventa años desde la canallesca jornada del 18 de agosto de 1936, cuando el fascismo español segó la vida de Federico García Lorca en una cuneta entre Víznar y Alfacar, Granada. Lo asesinó un escuadrón falangista, en el que la historia ha señalado con certeza a Juan Luis Trescastro, actuando con la complicidad de las élites conservadoras granadinas y la ojeriza personal de sectores como la familia Ruiz Alonso.
Lo mataron por todo lo que representaba: su innegociable lealtad a la República y vinculación a los ideales soviéticos, su voz poética que dignificaba al pueblo, su homosexualidad no ocultada y su inmenso magnetismo cultural, que lo convertía en un faro insoportable para la España franquista. Querían silenciar al poeta, pero solo lograron sembrar su semilla en la tierra eterna de los sueños.
Lamentación de la muerte
Sobre el cielo negro,
culebrinas amarillas.
Vine a este mundo con ojos
y me voy sin ellos.
¡Señor del mayor dolor!
Y luego,
un velón y una manta
en el suelo.
Quise llegar adonde
llegaron los buenos,
¡Y he llegado, Dios mío!…
Pero luego,
un velón y una manta
en el suelo.
Limoncito amarillo
limonero.
Echad los limoncitos
al viento.
¡Ya lo sabéis!… Porque luego,
luego,
un velón y una manta
en el suelo.
Sobre el cielo negro,
culebrinas amarillas.
Su legado poético y dramatúrgico no conoce de tumbas. Desde Romancero gitano hasta La casa de Bernarda Alba, Lorca tejió un universo donde el dolor popular se eleva a la categoría de mito universal. Su teatro es un estruendo contra la represión, la hipocresía burguesa y la muerte en vida que imponen las normas del sistema imperante. En cada verso, nos heredó la antorcha definitiva para pensar desde la entraña de nuestros pueblos: la certeza de que la cultura es un campo de batalla. Su palabra no es un adorno, es un acto de reivindicación. Por eso, los hombres y mujeres libres lo abrazan como propio, porque en su sangre derramada late el mismo pulso de las luchas ancestrales.
Malagueña
La muerte
entra y sale
de la taberna.
Pasan caballos negros
y gente siniestra
por los hondos caminos
de la guitarra.
Y hay un olor a sal
y a sangre de hembra,
en los nardos febriles
de la marina.
La muerte
entra y sale,
y sale y entra
la muerte
de la taberna.
Hoy, a nueve décadas de su martirio, la vigencia de Lorca es más filosa que nunca. En un mundo donde el neofascismo y el tecnofeudalismo intentan nuevamente cercar la belleza y la disidencia, su obra se erige como un bastión de rebeldía. No fue una «pequeña muerte» la que le propinaron, sino un intento fallido de aniquilar el espíritu indomable.
Canción de la muerte pequeña
Prado mortal de lunas
y sangre bajo tierra.
Prado de sangre vieja.
Luz de ayer y mañana.
Cielo mortal de hierba.
Luz y noche de arena.
Me encontré con la muerte.
Prado mortal de tierra.
Una muerte pequeña.
El perro en el tejado.
Sola mi mano izquierda
atravesaba montes sin fin
de flores secas.
Catedral de ceniza.
Luz y noche de arena.
Una muerte pequeña.
Una muerte y yo un hombre.
Un hombre solo, y ella
una muerte pequeña.
Prado mortal de luna.
La nieve gime y tiembla
por detrás de la puerta.
Un hombre, ¿y qué? Lo dicho.
Un hombre solo y ella.
Prado, amor, luz y arena.
Pero el poeta, como él mismo presintió, se hizo perpetuo. Su voz resuena entre los estudiantes, en los teatros progresistas y en los gritos de revuelta de aquellos que se resisten a la opresión, recordándonos que, aunque lo mataron en Granada, su alma camina libre, vestida de luna y de pueblo, desafiando a los genocidas de todos los tiempos.
Autor: Ricardo Romero Romero
Fuente: teleSUR
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