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Soy Reportero
  • ¿Y qué pasa con los refugiados afganos?
Fecha de publicación 18 septiembre 2015 - 11:17 AM

El reparto de refugiados propuesto por la UE sólo tiene en cuenta a sirios, iraquíes y eritreos.

La crisis de los refugiados no es una sala de espera donde dos personas compiten por estar peor. Nada hay de aprensivo entre Oriente Medio (y Próximo) y la Plaza Victoria de Atenas, donde centenas de refugiados afganos aguardan bajo la sombra el momento oportuno de continuar el periplo hacia Alemania. Sin embargo, mientras Europa cierra sus fronteras y discute un plan de reparto de refugiados que solo atañe a sirios, iraquíes y eritreos, muchos de los afganos aquí presentes consideran que son víctimas del ostracismo.

“Entiendo que la guerra de Siria es más reciente, pero en Afganistán llevamos décadas huyendo de la Guerra y el terrorismo”, asegura Ahmed, un joven de 22 años que hace un mes salió de Afganistán. Junto a él, Fadal, albañil de 21 años. Ambos, amigos de la infancia, lamentan que los medios no hablen de la situación de sus compatriotas como lo hacen sobre los sirios. “Creo que es porque somos menos, y más pobres”.

Según datos de el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados  (ACNUR), Siria, con cerca de 4 millones de refugiados, y Afganistán, con casi 3 millones, son los países más afectados por la crisis migratoria. De hecho, los refugiados afganos representan la situación prolongada de refugiados más grande del mundo, datando el comienzo de los movimientos a finales de los 70.

“Mis padres estuvieron exiliados en Irán. De hecho, yo nací allí. Cuando parecía más calmado el país nos volvimos, hasta que la guerra entre talibanes y Estados Unidos volvió a dejar Afganistán sumido en el caos”, asegura Ibrahim, un agricultor de 31 años que afirma que huyen ahora porque les dijeron que era más fácil entrar en Europa, junto a los sirios. No obstante, denuncia que “el problema de los talibanes y del Daesh (Estado Islámico) no es de ahora. Tengan el nombre que tengan llevan años matando, violando y robando”. Nader, profesor y compañero de ruta de Ibrahim, toma el testigo de la conversación asegurando que “el Daesh te “invita” a formar parte de ellos, así como los talibanes. Pero yo no quiero esa vida. Quiero vivir en paz y en Libertad. Por eso huyo a Europa”.

Es mediodía y el sol aprieta como si no supiera que estamos en septiembre. Dos coches de policía vigilan la zona mientras una decena de voluntarios preparan la comida que más tarde darán a los refugiados. Muchos de ellos llevan varios días durmiendo en parques o pensiones (en el mejor de los casos) de Atenas esperando el dinero que sus familiares les envían. “Los sirios llevan más dinero. A nosotros nos lo envía la familia. Por eso tardamos más en movernos”, informa Ibrahim.

A su lado está Safar (29 años, profesor de inglés) con sus amigos. Preguntan si Hungría ha cerrado la frontera y cuál sería la mejor alternativa en ese caso para llegar a Alemania. Además, me piden que enumere los países europeos donde “we are not welcome” (“no somos bienvenidos”) y los resultados de la Champions League.

Safar es el mayor del grupo. Todos ellos se conocieron en Irán, cuando pasaron escondidos varios días entre montañas. “Sólo teníamos agua y pan. Teníamos que esperar al día adecuado para cruzar la frontera hacia Turquía, y no ser detenidos. Fueron días terribles, de hambre y miedo. Europa aún quedaba muy lejos”. Aun así, Safar no tenía elección, “en Afganistán fui secuestrado por ser profesor de inglés. Se me acusó de colaborar con las fuerzas invasoras porque mi carné de estudiante estaba escrito en inglés. Me encarcelaron. Pasé varias semanas comiendo miserias, casi sin agua, hasta que pude escapar junto a otro recluso”.

Safar, que pertenece a la perseguida minoría chií hazara, considera injusto y tendencioso el rumor que afirma que entre los refugiados hay terroristas. “¿Pero quién se cree eso? Es una mentira para poder justificar el cierre de fronteras. A mí me quieren muerto tanto los talibanes como el Daesh. Y como a mi, a casi todos. No podemos vivir en Afganistán. Y tampoco nos dejan hacerlo en ningún otro lado”.

La plaza se llena. Los voluntarios comienzan a repartir la comida, y un tipo, montado en una motocicleta, lanza unos pasquines al suelo. En ellos se lee, en griego, “No a la falsa inmigración”, junto a un marco azulado que dibuja la cruz característica del partido de ideología nazi Amanecer Dorado. Varios refugiados, entre ellos Safar, recogen con curiosidad las papeletas. Y como si supieran griego, las arrojan a la basura.

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