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Soy Reportero
  • Una tarde con Ibrahima Seck
Fecha de publicación 8 agosto 2014 - 02:31 PM

Barrio de Once, esquina de Sarmiento y  Pueyrredón. Ahí está el senegalés Ibrahima Seck; ojotas, jean y remera. Sentado en un banco la tarde de un domingo,  a la espera de que alguien se acerque a comprarle sus collares, anillos, correas, aretes o gorras, y así enviarle dinero a su familia, que vive en Senegal. Hoy comenzó a vender a las 9 de la mañana,  se quedará hasta las 20. “Todos los días trabajo así”, dice con un español muy bien pronunciado, debido a que lleva 8 años en la Argentina.

Ibrahima, de  40 años, tuvo que hacer un viaje de cinco días para llegar a estas tierras. Lo hizo solo: primero fue en avión de Senegal hasta Sudáfrica, por la misma vía llegó a Brasil y luego se movilizó por tierra hasta Argentina. Señala que Modou, un compatriota, fue quien lo animó a que viajara: una tarde lo llamó y le contó lo bien que vendía, además le prometió que si venía, él lo alojaría en la pieza que alquilaba en Balvanera y no tendría que pagar el primer mes.  Ibrahima aclara que todo eso Modou lo cumplió. Aunque cuando recién llegó, el castellano fue su gran enemigo.

“Nuestro idioma es el Wolof, también sabemos el francés pero muy poco lo hablamos. El poco español que sabían mis amigos senegaleses me lo enseñaron, Modou uno de ellos. Después lo seguí aprendiendo al hablar con la gente, me tomó como 3 años poder dominarlo”, explica Ibrahima, quien es de religión musulmana. A pocos metros de él están tres africanos más; cada vez que ellos no entienden algo, corren donde está él para que les traduzca.

Si algo lo caracteriza es la gran sonrisa que posee, de oreja a oreja. Pero al recordar su vida, se pone nostálgico: “Empecé a trabajar desde los 10 años, en Dakar (capital de Senegal). Entré a una fábrica de ropa, ahí confeccionaba remeras, camperas, pantalones y cosas así. Toda mi infancia y parte de la juventud la pasé ahí, pero  me salí porque pagaban muy poco. Después fui ambulante, vendía ropa por las calles…”, dice, pero el relato se interrumpe porque tiene que atender a un cliente.

Al cabo de unos minutos regresa y se muestra contento porque vendió dos collares: ganó 60 pesos. En un día llega a recaudar aproximadamente 1500 pesos, a veces más, a veces menos. “Lo que gano el lunes es para el alquiler, pagamos entre cinco 1000  pesos por mes,  también para reinvertir en más mercadería, lo que gano el martes es para los gastos de comida y para seguir reinvirtiendo. De ahí todo lo que gano en el resto de la semana, se lo envío a Ome, mi mujer”, detalla. La moneda en Senegal es el franco, pero está muy devaluada, un dólar equivale a 400 francos. “Con esos 400 no te compras ni una gaseosa”,  bromea y añade que el giro lo hace todos los fin de mes.

“Cuando uno tiene su familia, tiene que salir fuera del país para ayudarlos, allá se gana poco y casi ni hay trabajo, a parte de la inmensa pobreza. Solo hay dos clases sociales, los ricos y los pobres, no existe la clase media, y los que venimos a Argentina somos los pobres”, dice con un tono muy irónico Ibrahima, que es padre de tres hijos varones.

El mayor se llama como él (15) el segundo es Mor (13) y el menor es Abdou (10). Desde que llegó al país, en 2004, no los ha visto. Con un poco de tristeza afirma que los extraña, que espera poder viajar pronto. Pero se alegra porque ellos están estudiando, lo que él no pudo hacer por falta de plata. “Solo cursé hasta el tercer año del secundario.  En Senegal, en las escuelas públicas se tiene que pagar conforme pasas de grado, y ni a mí ni a mi padre nos alcanzaba el dinero”.

Ibrahima solo desea que sus hijos salgan de la pobreza, no quiere que ellos vengan,  porque solo sufrirían. Mientras que respecto a Ome sostiene que ella no trabaja, que para las mujeres está prohibido según su religión. Y cuenta que lo está esperando, cada vez que hablan por teléfono  le pide que vuelva, pero por ahora él no puede acatar a esa petición. Quizá viaje dentro de dos o tres años más, según sus ganancias y posibilidades.

 Por otro lado,  menciona que ha estado en Salta y Jujuy, provincias de Argentina. También en las localidades bonaerenses, como San Miguel, Tigre, entre otras. Y en los barrios más transitados de Capital: Retiro, Constitución y ahora en Once. “El primer lugar donde trabajé fue Retiro, ahí estuve un año. Luego me fui al norte y me quedé por allá tres años. Cuando regresé fui a San Miguel, de allá tengo un mal recuerdo”, cuenta, pero otra vez se acerca un cliente e Ibrahima va a atenderlo.

En esta ocasión no le compraron. Dice que no hay problema, que ya luego venderá más. Y sigue contando sobre su estadía en San Miguel: “Pasó que un ganhés se peleó con un encargado de la municipalidad. Pensaron que yo andaba con él y no me dejaron vender más. Me molesté porque yo no tenía nada que ver, pero la verdad que no me gusta hacer quilombo-la jerga se la enseñó un argentino- y tuve que irme de ese lugar”, explica.

En Argentina también hay africanos de Ghana, Nigeria, Costa de Marfil y diversos países. A simple vista es difícil diferenciarlos. Ante eso afirma: “Así como acá reconocen a un paraguayo, peruano o colombiano, nosotros también sabemos hacerlo, por ejemplo los ghaneses son petizos. Lo que me indigna es que a todos nos juzguen por igual, cuando no es así, los senegaleses nos diferenciamos porque somos muy respetuosos y educados. Es nuestra cultura”.

Se aproximan dos jóvenes a mirar sus productos. Ibrahima va donde ellos, tiene un buen manejo de palabras que lo ayudan como vendedor. Me acerco donde otro senegalés. Pero él no habla mucho español, apenas lleva 8 meses en la Argentina y le cuesta entender el idioma. No quiere dar su nombre. Junto a él nos ponemos a mirar a las personas de piel oscura que pasan. “No Senegal, no Senegal”, dice respecto a un tipo que camina en la otra vereda. “Debe ser de Côte d´lvoire (Costa de Marfil)”, especula. No lograba entender a qué nación se refería. Pero hay un deporte que cruza todas las fronteras y no deja espacios vacíos: el fútbol. “De donde es Drogba”, aclara. Y en lo que dura la conversación, como 3 ó 4 minutos, continuamos con el mismo tema. El “no Senegal, no Senegal”, se repite en más de una ocasión.

“Ante todo le agradezco mucho a la Argentina. Gracias a este país puedo dar de comer a mi familia. Nunca hice nada malo, tampoco lo haría, porque lo único a lo que me dedico es a trabajar y trabajar. Me siento orgulloso de ser senegalés y sólo quisiera que a mí, al igual que a los demás, nos respeten”, reclama Ibrahima. Con eso concluye, pues se va a comer, será su primera comida del día, alrededor de las cinco de la tarde.

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