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Soy Reportero
  • Trágico 16 de abril
Fecha de publicación 28 abril 2016 - 01:25 AM

Parecía un día normal

El 16 de abril parecía un día normal como cualquier otro, muy en la mañana, a eso de las 08:30 salí rumbo al terminal terrestre, mi destino era Montecristi, en la parte de entrada del terminal me estaban esperando una parte de los chicos de la Cámara Junior Internacional (JCI), con quien estoy haciendo un curso de formación de nuevos líderes, el objetivo del paseo fue hacer una caminata que nos iba a llevar desde el barrio San José, hasta el Centro Cívico Ciudad Alfaro.

La sorpresas fueron algunas, ese día una de nuestra instructora cumplía años, ella muy gentil mando a comprar una torta para celebrar su cumpleaños con nosotros y su familia. Por casualidades de la vida, me enteré que ese día iba a estar el Vicepresidente de la República Jorge Glas en Montecristi en el Enlace Ciudadano número 471, la emoción fue tal, que no quería perderme la oportunidad de ver en vivo al segundo mandatorio.

Comencé a subir el hermoso valle que tiene las colinas de Montecristi, ni el intenso sol fue un impedimento para recorrer los 40 minutos de caminata, ya en Ciudad Alfaro, le dije a mi instructora que ya volvía porque quería recorrer un poco el lugar, ella aceptó y uno de mis compañeros me acompañó, y de inmediato nos fuimos a coger un asiento para escuchar al Vicepresidente, ahí estuvimos alrededor de 50 minutos, cuando la instructora nos llamó para que volviéramos porque ya se estaban yendo, regresamos, y a lo lejos le dije que me iba a quedar unos minutos más en el Enlace.

Antes de su regreso a casa, me brindó un pedazo de torta, le di las gracias, y la volví a felicitar por su cumpleaños, nos estrechamos en un abrazo, y proseguí mi camino hacía un asiento más cercano para ver de cerca al Vicepresidente. Al cabo de una hora y media el Enlace Ciudadano había terminado, me acerque un poco a la tarima para ver si podía tomarme una foto con él, pero a un inicio fue imposible, la gente se comenzó aglomerar, aprovechando ese tiempo, me pude tomar una foto con el Mashi José Maldonado, después me lance directo donde se encontraba el segundo mandatario, y con empujones que eran de aquí para allá pude sacarme la anhelada foto.

Eran las 14:30 del 16 de abril, y me dispuse a descender poco a poco por el barrio San José, cautivado por lo hermoso de aquel lugar, me detuve en el parque de aquella zona para apaliar un poco el sol, pensativo por situaciones familiares, me pude relajar escuchando los sonidos de los pajarillos que reposaban en los frondosos árboles, ahí estuve aproximadamente dos horas, hasta que llegué a la Basílica de Montecristi, donde me detuve un momento para entrar en oración.

Antes de partir, quise tomar unas cuantas fotos de la Iglesia donde reposa la estatua de  Nuestra Señora de Monserrat, desde afuera lucía esplendorosa, pero por un extraño motivo le tomé algunas fotos de diferentes ángulos, sin saber que esas iban hacer las últimas instantáneas que iba a tener de la Basílica en buen estado, antes de regresar a Portoviejo, no podía irme sin retratar el monumento del General Eloy Alfaro, quién con rostro estático, parecía estar mirando a un infinito sin fin.

La catástrofe que marcó a los manabitas

Llegué a Portoviejo muy cansado, aún recuerdo que lo primero que hice fue irme a dormir, me levanté a las 18:00, y comencé a andar en el ordenador para subir las fotos de aquella tarde, en un momento dado, la cómoda de mi habitación comenzó a moverse, dije en mis adentros temblor, pero no le preste mucha atención, cuando de repente todo comenzó a temblar más fuerte, de inmediato salí de mi cuarto en busca de mi familia, en ese instante el pequeño remezón se convirtió en un feroz y letal terremoto, el reloj marcaba las 18:58, y solo bastaron 50 segundos (lo que duró el terremoto), para que todo cambiara.

En pleno movimiento corrí abruptamente hacía el salón, enseguida percaté que no se trataba de ningún juego, en ese momento desesperado observé a mi tía, a mi primo y a mi abuelita, ellos avanzaban hacía la cocina, me acerque a ellos, y los cuatros nos fundimos en un fuerte abrazo, en ese momento de pánico y desesperación comenzamos a llorar, la inclemencia de la naturaleza era implacable, el miedo me invadía, traté de hacerme el fuerte, y comencé a dar ánimos a mi familia.

Las paredes se movían como si fueran hamacas, parecía que en cualquier momento los muros iban a colapsar, los segundos fueron eternos, los describí como los 50 segundos más terroríficos de mi vida, ahí, en medio de la incertidumbre, no sabíamos que hacer, pero gracias a la misericordia de Dios y a la clemencia de la naturaleza, el movimiento telúrico comenzó a frenar su ira de a poco, sentíamos mucho pánico y nos encontrábamos desconcertados, y para colmo, el servicio eléctrico había colapsado, de inmediato la luz se fue, quedándonos a oscuras y con mucho miedo de lo que podría ocurrir.

Los nervios me fueron invadiendo mucho más, y lo único que deseaba saber es que mis demás familiares estaban bien, mi mamá, quién vive en Quito, llamó de inmediato a mi casa, llorando nos preguntó si estábamos bien, y nos dijo que había escuchó en la noticias que habían muchos fallecidos en las zonas que fue el epicentro, (Manabí y Esmeraldas), que Ecuador había sufrido un fuerte terremoto de 7.8 en la escala de Richter, entonces comprendí que toda mi familia había sido afortunada de estar con vida, lo canalicé como una segunda oportunidad que Dios nos había dado.

En ese entonces, mi abuelita, que es hipertensa, se sentía muy nerviosa y no paraba de llorar, nos preguntaba sin cesar; ¿dónde está tú abuelo?, la pudimos tranquilizar un poco al decirle que todos estábamos bien, mi primo comenzó a consolar a su mamá, mientras que un tío fue a ver a mi abuelito, él estaba recién operado, y al momento del terremoto, se encontraba viendo televisión, nos dijo que se sostuvo firme gracias a la puerta de la sala principal, le preguntamos si estaba bien, y nos dijo que si, que minutos antes de producirse la catástrofe deslumbró en el cielo un rayo de luz que iluminó todo, la escena que nos contó parecía apocalíptica.

Mientras tanto, los gritos desesperados de los vecinos parecían alarmar aún más la situación, los llantos fueron un calvario aquella trágica noche del 16 de abril, el nerviosismo se apoderó de algunos vecinos, y de inmediato comenzaron a especular que la represa Poza Onda había sufrido serios daños en su infraestructura, y que en pocos minutos iba a llegar a Portoviejo inundando todas las zonas aledañas que se encontraban cerca de los ríos, esto fue como la gota que colmó el vaso, y la gente comenzó a correr de aquí para allá, unas iban a ver los enseres más necesarios, como ropa y víveres, mientras que otros reusaron a creer aquella información, y optaron por quedarse cuidando sus casas para evitar cualquier tipo de saqueos.

La noche parecía interminable, sin luz, sin agua, y sin comunicación, nos encontrábamos totalmente incomunicados, las llamada comenzaron a fallar, y el servicio integrado de seguridad ECU 911 no funcionaba, dejándonos llevar por el desasosiego de aquella noticia, empacamos unas cuantas cosas y salimos desesperados en busca del carro para salir directos a la casa de un tío que vive en un domicilio de 3 plantas, (por aquello que el río se iba a desbordar), ahí estuvimos toda la madrugada en zozobra, haciendo vigilia permanente para estar preparados (entre comillas) de lo que podría suceder, en esos momentos nos encomendamos profundamente a nuestra fe católica, pero sobre todo en Dios y en la Santa Virgen María, angustiados, tuvimos la necesidad infinita de rezar el rosario, pidiendo que pronto todo pasara, después, entre todos tuvimos conversando un poco, cuando de repente, a eso de las 02:00, un fuerte remezón nos hizo salir hacía a la calle, una vez pasado aquel susto, volvimos al patio, y tratamos de tranquilizarnos un poco, manteniéndonos siempre alerta ante cualquier eventualidad.

Las horas fueron pasando, y la mañana fue arrojando los primeros rayos de luz, en ese momento decidimos volver a casa, y el camino de vuelta fue desolador, mi ciudad estaba destruida, parecía un campo de guerra, como si Portoviejo hubiera sido bombardeada, edificios emblemáticos caídos, casas derrumbadas y cuarteadas, calles partidas y muchos fallecidos era lo que reflejaba el doloroso amanecer.

La melancolía se apoderó de todos, de inmediato, nos dimos cuenta que todo había cambiado para siempre, que no íbamos a volver a encontrar a la gente alegre y amable en las calles, el centro de nuestra ciudad había sufrido un golpe irremediable, la cifra de fallecidos que escuchábamos en la radio a pilas eran de millares, que tristeza era ver que las principales calles representativas se encontraban destruidas, desoladas en lágrimas de dolor de personas que lo habían perdido todo, que se encontraban a la intemperie, que clamaban por ayuda, desesperados buscando bajo los escombros alguna señal de vida de sus familias, amigos, o conocidos, que frustración es saber que lo poco o mucho que haces por ayudar no será suficiente para recuperar a esos 133 portovejenses que lo dieron todo por su ciudad, que quedarán para siempre inmortalizados en la memoria de todos los ecuatorianos.

La tragedia ha azotado a mi ciudad, y ese sentimiento de dolor quedará por mucho tiempo en nuestros corazones, pero hay una razón por la que vivir, por la que luchar, esa es reconstruir a la capital de los manabitas, con infinito coraje y patriotismo, plasmando conciencia en las personas a la hora de construir y desarrollando edificaciones que sean sismo-resistentes, o construcciones que reemplacen el acero y el cemento por el bambú, material que es muy resistente a estragos de la naturaleza, debo decir, que no solo debemos luchar por ver a un Portoviejo nuevo, sino que por todo Manabí, como también de nuestros hermanos de Esmeraldas, de todos depende luchar por esa aspiración, tenemos voluntad, tenemos fe, tenemos esperanza, tenemos garra y vitalidad de volver a ver a nuestras ciudades recobrar el espíritu luchador que nos ha caracterizado desde siempre a los ecuatorianos, colaboremos con amor, paz y solidaridad con las víctimas, que desde el cielo nos estarán iluminando para nunca perder el optimismo, y como el ave fénix, resurgir desde las cenizas, con motivación y mucha unidad, alentando con gritos de seguridad, en una sola voz de confianza ¡SI NOS LEVANTAREMOS!

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