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Soy Reportero
  • La crisis económica y social se refleja en el Parlamento español
Fecha de publicación 3 enero 2016 - 09:20 PM

Las pasadas elecciones del 20 de diciembre han supuesto el fin del bipartidismo parlamentario, y ninguna fuerza política tendrá fácil constituirse en gobierno, siendo necesarias las alianzas: esas son las dos grandes conclusiones de las elecciones generales.

Desde luego, creadores de opinión, ideólogos y demás se han esforzado por extraer importantes lecciones de los resultados del 20 de diciembre: el bipartidismo ya no existe, proclaman, orgullosos de su perspicacia, cuando cualquiera que vea la fragmentación resultante puede observar ese hecho.

Analistas del régimen, incluso alguno que se dice de izquierda, ha necesitado estas elecciones para darse cuenta de la nueva realidad económica y social, cuando eran del todo innecesarias para eso: no hacían falta unas elecciones para saber que el bipartidismo en su forma antigua está pereciendo.

Erosionada la hegemonía del Bloque Dominante por la crisis orgánica del capitalismo su forma históricamente ya vieja de dominación política tenía que quebrarse. Las elecciones al Parlamento Europeo y a Andalucía ya marcaban la nueva tendencia, la nueva época histórica. Por esto es importante la caracterización de la crisis, saber en qué momento de la historia –de la vida- nos encontramos, porque frente al “no es una crisis, es una estafa” o frente al “siempre ha sido esto así y siempre lo será” y demás consignas equivocadas que estancan o hacen retroceder al movimiento, una crisis orgánica requiere de la reorganización del bloque dominante, reorganización que supone la lucha entre las distintas capas de la burguesía, en pugna por dirigir el proceso de acumulación en la nueva época histórica, lo que hace que se erosione su capacidad de dominación política.

Pero esto ya lo hemos analizado en distintas ocasiones. Insistimos en un único elemento: el conflicto entre la oligarquía monopolística y el resto de la burguesía, la lucha cainita de las capas inferiores por su supervivencia como clase lleva a que, mientras se reorganizan como bloque dominante, puedan surgir nuevas hegemonías históricas, lleva a la posibilidad de una crisis revolucionaria.

La crisis del bipartidismo en el Estado español ha adquirido ahora una forma parlamentaria que no es más que la expresión, en el terreno de la política, de las contradicciones económicas y sociales: de la crisis orgánica del capitalismo.

El desarrollo del capitalismo y la concentración y centralización económicas, que desemboca en la necesidad de la centralización política, provoca que hoy la crisis sea más aguda que las hasta ahora conocidas: cada crisis cuenta con menos mecanismos que las anteriores para resolverse. En este sentido elementos como la pérdida de las soberanías nacionales en la zona euro al respecto de la moneda hace que la crisis sea más difícil de aplazar que las anteriores: la actual realidad parlamentaria comenzó a fraguarse hace casi ocho años y medio con el estallido de la crisis, y lejos de haberse constituido sigue en proceso de formación. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que una vuelta al pasado sea la solución para la crisis en el Estado español.

Pero entonces, ¿qué ocultan las elecciones del 20 de diciembre? Ya hemos señalado que cualquier observador superficial puede ver qué ocurrió el 20 de diciembre, sin embargo, lo importante es que muestran que somos capaces de desentrañar por dónde va a acontecer la lucha de clases durante los próximos meses y años en el Estado español, así como el grado de la transformación de la subjetividad de la clase trabajadora, esto es, la transformación de la ideología popular que ya no está sometida a PP y PSOE aunque siga correspondiéndose con la forma de pensar de la burguesía –conciencia que no se ha transformado cualitativamente sino cuantitativamente, entre otras cosas, por la falta de una organización capaz de dirigir el movimiento obrero y popular-.

La progresiva erosión ante la incapacidad de resolver la crisis provocará la necesidad del gran pacto nacional entre PP y PSOE: los viejos partidos ya han sido amortizados, y en lo concreto el PSOE, gran gestor de la burguesía, ha cumplido su misión histórica de forma más que satisfactoria. No obstante, las deficiencias de la izquierda institucional –no sólo por las negativas y el fuego cruzado entre Podemos e Izquierda Unida que no han alcanzado ninguna unidad, sino también por su incapacidad para ejercer un papel social más allá del parlamentarismo- permiten, de momento, que el PSOE siga vivo y que no se agote la posibilidad de la restauración con los viejos actores.

En el otro lado Podemos y Ciudadanos. Ambos partidos, ya como realidad parlamentaria con importante presencia, tendrán que dar sus primeros pasos: su techo, en cualquier caso, no se conoce y son la esperanza para millones de personas, que poco a poco se desgajarán de PP y, especialmente, PSOE.

IU o Bildu, por su parte, organizaciones con un mayor carácter de clase que las citadas anteriormente, no han sabido –o no han podido- constituir una alternativa hegemónica: no han podido disputar las masas y el electorado en la nueva época histórica. Al igual que PP y PSOE tienen formas adaptadas al pasado y están siendo superadas por la realidad. Pero esta, la realidad, actúa de forma distinta sobre cada organización, ¿por qué? Por la diferente subjetividad de las masas hacia las mismas: este momento de pérdida de derechos políticos, económicos y sociales exige a Izquierda Unida la audacia de reconocer que se haya ante la posibilidad de una coyuntura revolucionaria, de forma que tiene que intentar ejercer el papel de vanguardia de la clase en la lucha por el poder político, en la lucha por intentar crear una nueva hegemonía. Lo contrario es condenarse a la insignificancia, este momento histórico no es para lograr un buen resultado parlamentario, sino para organizar la revolución, y sólo en la organización de la revolución se puede obtener un buen resultado parlamentario. El tiempo de la resistencia hace mucho que quedo atrás. A las organizaciones abiertamente valedoras del stato quo, y especialmente al PP, la crisis le afecta menos porque, por encima de los intereses de la mayoría social ellos son los defensores de la unidad nacional y la libertad de empresa y de explotación: muestra trágica de la falta de la conciencia de las masas.

La falta de transformación de conciencia de la clase trabajadora y su incapacidad para ponerse al frente del conflicto social evidencian también la incapacidad de IU o Bildu hasta este momento –aunque sea de distinta manera- para ser representantes de la lucha más allá de lo institucional. Conflicto social que, por otra parte, se va a detener aparentemente –incubando un gran estallido social cuando las demandas de la mayoría no sean satisfechas-: las masas van a esperar a ver el papel de Podemos y sus alianzas territoriales –Galiza, País Valencià, Catalunya-. Las masas van a tener toda la esperanza en aquello que la burguesía ha inculcado: que el conflicto se puede resolver de forma política. Además, la burguesía intentará atraer parlamentariamente a todo aquello que pueda ser molesto: la institucionalización del conflicto social en Barcelona o Madrid ya es un hecho, y la apariencia de la posibilidad del cambio hará que se confíe en el sistema, cuando nuestra clase necesita otro sistema, no la gestión del actual.

Pero el conflicto social se puede frenar e incluso detener de forma política sólo temporalmente: la resolución de la crisis orgánica del capitalismo se dará, de una u otra forma, en las calles. No se puede resolver parlamentariamente la configuración de una nueva época histórica, aun cuando el bloque dominante siga siendo el bloque dirigente de la nueva época, y es ahí, en el conflicto, el único lugar donde se puede gestar la organización que necesita nuestra clase para luchar por la revolución social, y es ahí, en el conflicto, el único lugar en el que puede ejercer el papel de vanguardia política la nueva –o vieja- organización: no se requiere necesariamente un cambio de nombres aquí o allá, pero sí un cambio de políticas –internas y externas-, un cambio de las direcciones y un cambio de los planteamientos, táctica y estrategia, y fundamentalmente se requiere un cambio en la premisa que guía el resto de elementos teóricos y prácticos de la organización política –la adaptación al nuevo tiempo histórico-: este es el momento de organizar la revolución socialista. Al fin y al cabo, Izquierda Unida aún tiene algo que decir: si quiere desaparecer inmolándose a la italiana, si quiere envejecer y desaparecer sentada y sin actuar mientras ve cambiar la realidad, o si quiere refundarse y ser válida para la nueva época histórica.

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