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Soy Reportero
Fecha de publicación 30 mayo 2019 - 03:47 PM

Por Roberto Marra

Las redes sociales suelen exhibir hechos de las más diversas características. Todo es posible de ser mostrado a través de estos medios, donde el concepto de libertad de expresión se convierte en un cambalache de imágenes donde la realidad nos traspasa con su sobre-exposición. Todos los sentimientos están presentes en esos breves cuadros de escenas grabadas con celulares, los fetiches comunicacionales de nuestros tiempos, con el que los autores terminan manifestando sus propias idiosincrasias, pero también los valores que sustentan a la sociedad que integran.
Entonces, aparecen dos monstruos grabando sus odios más salvajes, sus manifestaciones más excecrables, ejecutando actos propios de enajenados sin atisbos de humanidad, gozando de sus perversiones mortales al intentar quemar a dos pobres indigentes que dormían debajo de un puente, en medio de insultos sin sentido ni referencia en valor moral alguno.
Dos monstruos que son mucho más que eso solo. Dos muestras perfectas del resultado de la enajenación provocada por la divulgación artera de conceptos de odios infinitos hacia los miembros más débiles de una sociedad estructurada bajo la premisa de la sobrevivencia del más fuerte, una selva sin bestias, pero bestializada; un entramado de desprecios programados y difundidos desde los medios que internalizan, en las mayorías absortas ante las pantallas, los más horrendos conceptos antisociales y deshumanizantes, para terminar en estos hechos sobre los que después expondrán sus oscuras elucubraciones pseudo-analíticas.
Bajo los mismos preceptos se mueven esos integrantes de las fuerzas de seguridad que persiguen y matan sin preguntar a quién ni por qué, para después plantar falsas pruebas que los eximan de culpas, deshonrando a sus asesinados y convirtiendo a sus familias en objeto de burlas y maltratos, con la anuencia de fiscales y jueces tan corruptos como ellos, parte indisoluble de un aparato represivo preparado para sostener un sistema degradado hasta el límite del desprecio del dolor de las madres ante sus hijos acribillados.
Si se ahonda más en el laberinto de injusticias y maldades, podremos observar que estas conductas se repiten, con sus más y sus menos, en otros ámbitos. Hospitales donde médicos y enfermeros menosprecian a pacientes por sus orígenes étnicos o sociales, escuelas donde maestras y alumnos estigmatizan a escolares de rostros oscuros y pobreza manifiesta, bares donde se expulsan a pibes tratando de conseguir monedas para su mendrugo diario, automovilistas enajenados contra pequeñitos de no más de seis años tratando de conseguir una moneda limpiando sus impúdicos parabrisas de la opulencia.
Todo está preparado por los auténticos dueños de todas las maldades, los artífices de todas las desgracias sociales, los verdaderos corruptores de gobiernos que no integran pero dominan, los asqueantes propietarios de todas las riquezas que no les pertenecen, obtenidas a sangre, fuego y hambre. Si existe el Diablo, son sus representantes directos. Son la razón de las guerras y las destrucciones de las culturas milenarias. Son los autores de los descalabros y padecimientos actuales de una Nación que transitaba por la senda buena, bombardeada con deudas inútiles para desviarla hacia un pozo de sombras que no parece tener fondo.
Desde ellos parte el hilo que nos condujo a la quema de personas por la única “razón” de ser pobres. Desde sus inmundas concepciones de una sociedad sin valores humanos que la sustente, han construído este remedo de mala película de ficción sin ciencia, donde se ha instalado en el poder un perverso monigote sin escrúpulos ni ética alguna, capaz de negar la existencia del sol, con tal de continuar con sus “afanes” oligárquicos.
Complejo y doloroso camino nos espera para deconstruir semejante herencia social. Difícil e intrincado, sometido a las presiones de los que mueven los hilos de estos títeres sin cerebro propio, necesitará de valientes, audaces, talentosos y honestos representantes de un Pueblo disgregado y confundido, hasta el punto de haber sido convertido en parte de un sistema donde el horror venció a la humanidad. Y el odio reemplazó a la verdad.

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