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Soy Reportero
Fecha de publicación 30 mayo 2019 - 03:45 PM

Por Roberto Marra

Especulan los periodistas, especulan los economistas, especulan los banqueros y los fondos buitres, especulan las inmobiliarias, especulan los jugadores y los árbitros de fútbol, especulan los comerciantes, especulan los candidatos políticos, especulan las agencias meteorológicas, especulan los profesores con las notas a sus alumnos, especulan los alumnos con las probabilidades de sus notas, especulan las financieras, especulan las amas de casa en sus compras, especulan los verduleros y los carniceros con sus precios, especulan los taxistas con sus recorridos, especulan los colectiveros con sus paradas, especulan los ministros de la Corte Suprema sobre sus resoluciones, especulan los jueces con sus sentencias, especulan los fiscales en sus investigaciones, especulan los abogados con sus descargos, especulan los acusados con sus declaraciones, especulan los testigos en sus manifestaciones, especulan los ganaderos con sus vacas, especulan los sojeros con sus silos, especulan los industriales con sus producciones, especulan los importadores con sus contenedores, especulan los exportadores con sus barcos, especulan los petroleros con los precios internacionales, especulan las empresas de servicio con sus tarifas, especulan los intendentes con las cloacas, especulan los gobernantes con las deudas, especulan los ministros en sus presupuestos, especulan los médicos con los pacientes, especulan las prepagas y las obras sociales con las cuotas, especulan los hospitales con los turnos y las camas, especulan los enfermos con los medicamentos y especulan los farmaceúticos con su expendio, especulan los jóvenes con su futuro, especulan los adultos con sus presentes, especulan los viejos con sus pasados, especulan los actores y las actrices en los escenarios, especulan los productores de teatro, especulan los cineastas con sus películas, especulan los oyentes de las radios, especulan los espectadores de televisión, especulan los automovilistas en las rutas, especulan los ciclistas en las bicisendas, especulan los peatones en las esquinas, especulan los ansiosos y los tranquilos, especulan los ricos y los mediopelo, especulan los laburantes y los vagos, especulan los despiertos y los soñadores, especulan los votantes y los votados, especulan los ganadores y los perdedores, especulan los débiles y los fuertes, especulan los dominados y los dominadores, especulan los imperialistas y sus virreyes, especulan los verdugos y los verdugueados, especulan los militares con sus misiles, especulan los asesinos con sus víctimas, especulan los fabricantes de armas con las guerras, especulan los traficantes de órganos con los inmigrantes, especulan las empresas constructoras con las destrucción de ciudades por sus ejércitos, especulan los fabricantes de agroquímicos con sus venenos, especulan las mineras con el cianuro, especulan los macristas con los periodistas y los jueces, especulan los periodistas y los jueces con la embajada, especulan las encuestadoras con los resultados de sus encuestas, especulan los ganadores y los prededores de loterías, especulan los religiosos y los ateos, los nativos y los extranjeros, los malos y los buenos.
Pero no tienen mucho para especular los hambrientos, los habitantes de los puentes y los aleros, las invisibles víctimas del abandono y la desidia, los despedidos sin indemnizaciones, los que comen solo una vez al día, los que se visten con harapos de contenedores, los olvidados por la historia y ninguneados por los miradores de ombligos propios, los hundidos en el último peldaño del noveno círculo del Dante, los acusados de delitos que nunca cometieron, los últimos mohicanos de un Mundo de zombies desatentos, los señalados por multitudes como vagos y malentretenidos, los blancos de las balas policiales y los gases de gendarmería, los receptores de todos los insultos de los altivos conductores de sucios parabrisas, los últimos de la fila de dolientes desechos de la humanidad suplicando la limosna de un pan duro en la obscena iglesia especuladora del Cristo nunca escuchado, olvidado en el rincón de las miserias humanas, clavado más que nunca en los maderos de la mentira y el saqueo, de la inmoralidad abyecta de los poderosos herederos de los dueños de su muerte.
Dos Mundos enfrentados, sobreviviendo uno a costa de la muerte anticipada de los millones de sedientos de Justicia del otro. De la auténtica, de la única que vale, de la que, pese a los pesares, todavía ilusiona con su llegada, emociona pronunciada por quien conserva el sentido solidario perdido por las multitudes. Sin especulación posible, sin esos arrebatos propios de figurones y politiqueros baratos, sin la palabra falsa y degradante de los voceros del Satanás local y sus compinches, ahora se levanta la niebla que tapaba los sueños postergados, se arremolinan las valentías casi olvidadas, se amontonan las esperanzas nunca redimidas. Y se aprestan para la próxima batalla contra los olvidos imperdonables, contra la indignidad de los cuerpos mojados por decenas de lluvias y tostados por centenares de soles sin sombras posibles que los cobije.
Ha llegado la hora del Pueblo empobrecido, de los miserabilizados por la esclavitud mediática, de los invisibles para los jueces de poltronas doradas y pantagruélicas recepciones de embajada. Una voz conocida, pero renovada e ilusionante, anuncia el final de un camino y el comienzo de una vieja-nueva senda, tantas veces transitada como destruída, tantas veces abandonada detrás del carro maloliente del poderoso de turno y su zanahoria amarga y desnutrida. Es momento del regreso al rumor de las fábricas abiertas, al placer de la sana labor remunerada, al dulce sabor de un mate mañanero compartido con otros regresados a la vida. Es el tiempo de la vuelta al calor de la Pachamama maltratada y al tibio amanecer de una Patria renacida. Sin especulaciones.

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Argentina
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