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Soy Reportero
  • Burguesía, el otro tipo y la teoría del derrame
Fecha de publicación 15 abril 2016 - 01:21 PM

Llegué feliz y con las patas mojadas, entré a mi casa cantando “ohhhh, vamos a volver…” y puse la pava. Necesitaba mis eternos mates fríos para elaborar una idea que se me fue prendiendo bajo la lluvia y que terminaría de madurar al día siguiente, cuando mi marido me cuenta las conversaciones que tiene con personas que no comparten su visión y su idea política. Me describe la discusión como una suerte de carrera de ida y vuelta entre conceptos que no tienen puntos en común. Es como una conversación de sordos, uno habla de zapallos y el otro de alambre de fardo. Y mi amado se pregunta “¿Cómo puede ser que Pepito no lo vea?”, y estimo que Pepito también se preguntará lo mismo respecto a mi esposo.
Ya saben que tengo la compulsión de asociar y hacer pastiches mentales; en mi licuadora mental se mezclaron los ecos del “ohhh, vamos a volver…” con la conversación en la que mi marido habla de zapallos y Pepito, de alambre de fardo. Me pregunto cómo podemos estar tan de acuerdo con algunos y tan en desacuerdo con otros. ¿Por qué me sentí más cómoda el 13A entre cientos de miles de personas que no conozco, que un domingo entre mi propia familia? ¿Es sólo una cuestión de K o anti-K, o hay dimensiones más complejas bajo esa dualidad?
Creo que, como siempre, se trata de inducciones culturales. La industria cultural nos viola el cerebro hasta dejarlo en un standard prefabricado. Obviamente, ningún sistema es infalible, y por suerte, obra y gracia de andá a saber de qué mecanismo, hay unos pocos elegidos que pudieron esquivar el largo brazo de los mass-media y mantener la propiedad intelectual sobre sus opiniones, pero eso es harina de otro costal. Acá estamos los K y los anti. Dos caras de la misma moneda, en apariencia irreconciliables. ¿Sobré qué andamiaje la industria cultural edificó esos dos arquetipos, y en beneficio de quién? Como siempre, la respuesta me la da la historia social.
Me permito un análisis de entrecasa, basto. Nuestra sociedad tiene un gran aporte de inmigrantes que venían con la cabeza llena de ideas de izquierda y sueños anarquistas. Pero en un barco anterior habían desembarcado las ideas burguesas, que ya se sentían dueñas de casa cuando llegó el barco de los zurdos. Entonces los zurdos se afincaron en el puerto y se pusieron el overol proletario mientras la burguesía tomaba café en Florida y leía diarios en francés. Se miraban con recelo y mientras los zurdos proletarios se dedicaban a crear conciencia de clase y compartir el pan y el mate cocido, la burguesía concentraba sus afanes en la propiedad privada (afanes de “afán”, no de “afanar”… ponele).
Y ahí me salta la ficha. Yo sé que la historia no es darwiniana, pero fantaseo con esta evolución. El burgués entiende el mundo en términos de propiedad. Existe lo tangible, lo poseíble, lo material. Los valores inmateriales se relacionan con su utilidad. El burgués no entiende de movimientos improductivos. El burgués persigue un ideal materialista de poseer bienes, de ser parte de una elite cuya vara mide en dólares. El burgués es lo que vale, y el valor es la posesión. De ahí que su figura se construya sobre la propiedad privada. Si bajamos la teoría, llegaremos a entender por qué hay gente que de bien común no entiende un pepino, que adolece de brutales falacias, como que el negro es chorro, el pobre es vago, el viejo es una carga, las negras se embarazan para cobrar, los docentes somos sus esclavos porque ellos nos pagan con sus impuestos (como si los docentes no tributáramos igual o más), que persigue la perfección del número, la previsibilidad de la estadística. El burgués no entiende de amores en los que no se fornica. No entiende de compartir sin hacer beneficencia. El burgués tolera el delito, si el delito es en defensa de la propiedad privada. El burgués que tolera a un Macri con sociedades off-shore, no tolera a la activista Milagro Sala, que le escupió el asado al gobierno de Jujuy.  El burgués revoleaba los ojos con la cadena nacional, pero se queda ciego mirando e-bay horas y horas, se aísla con spotify y copia modas de netflix. El burgués es el tipo que avala todas las medidas antipopulares de libre mercado de este gobierno porque benefician a la clase de la que se sienten parte sin serlo: La burguesía acomodada, adinerada. El rico. El dueño. El amo.
El otro tipo es el tipo que estaba conmigo el 13A . Es el tipo que perdió el presentismo, que madrugó como un zángano y caminó cuatrocientas cincuenta cuadras; se empapó en la lluvia, se quedó afónico de gritar, con dolor de rodillas por saltar. Que se vino desde Mendoza, pasó la noche en la calle, al sereno. No importa si estaba lejos y no pudo escuchar el discurso. El tipo quería estar. No ganó nada material (lo de los quinientos pe era mentira y un chori salía cuarenta mangos), más bien perdió. Pero esa otra cosa que ganó, es el ejercicio de poder popular, el famoso empoderamiento. Ese tipo, es el que tiene el mismo laburo hace cinco, diez, quince años. El tipo por ahí no cambió la casa ni el auto, tal vez se fue a Mar del Plata con la familia, pero nada más. Ese tipo, saltaba y reclamaba por la restitución del bien común. Por la justicia social. Aunque las medidas a él no lo beneficien directa, única e inmediatamente; se trata de tener conciencia de clase. De cuidar mucho más que la quintita propia. De concebir el bienestar como un entramado de bienestares inseparables. Es entender finalmente eso de que la Patria es el Otro.
De ahí me explico por qué uno habla de zapallos y el otro de alambre de fardo. Son dos formas de entender la vida, son dos posturas ante la política, son dos modelos llevados al extremo y explotados por las industrias culturales. No hay malos ni buenos. Simplemente son dos formas de entender una realidad compleja y tramposa. Son dos paradigmas exacerbados adrede con el fin de entretenernos en luchas estériles mientras los mercados avanzan y se engullen todo: el 0km, el viaje a Disney, el pan y el mate cocido.
Pero no se puede negar que gracias a este tipo, al que la burguesía llama vago, choriplanero, kaka, etc; en algún momento volverá el gobierno popular, que permitirá que los aspirantes a burgueses se compren el 0km, cambien el departamento y viajen a Disney para los quince de la nena.
Como chiste final y moraleja, reformulo entonces la teoría del derrame: Para que el bienestar llegue a todas las capas de la sociedad, la libertad de acción no se le debe otorgar a los mercados, sino al otro tipo. Porque el otro tipo es el que pelea por los derechos de todos. Los suyos y los de la burguesía. Y no al revés.
 

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