El respiro de Hernán y de toda Venezuela
Al octavo día, Hernán salió con vida del sótano de un centro comercial de Catia La Mar tras casi 190 horas dentro de una garita de concreto. Mientras, Venezuela, aún bajo más de mil sanciones, levanta medio centenar de campamentos y asiste a decenas de miles de familias.
El rescate de Hernán, el más comentado del octavo día, que tuvo en vilo a millones durante horas a través de redes sociales y reportes de TV en Venezuela y más allá, es apenas la cara visible de una operación mucho más ancha. Foto: teleSUR.
2 de julio de 2026 Hora: 20:13
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Eran las primeras horas del jueves cuando los rescatistas apartaron la última plancha y una camilla apareció por la boca del estacionamiento. Debajo quedaban 140 toneladas de concreto, el peso que Hernán Alberto Gil Flores había tenido sobre la cabeza durante ocho días, luego de los terremotos que sacudieron el norte de Venezuela.
Vigilante nocturno del centro comercial Galerías Playa Grande, en Catia La Mar, oeste de La Guaira, lo sorprendió el primer temblor del 24 de junio dentro de su garita, una caja de cemento del tamaño de un armario que aguantó el derrumbe y le dejó una burbuja de aire en el sótano. Ese hueco fue su casa durante casi 190 horas.
La sola idea de que alguien respirara bajo esa mole parecía tan improbable que los equipos tardaron en creerla. El domingo, un socorrista de la Cruz Roja de Costa Rica pegó el oído al concreto y oyó una voz; los costarricenses porfiaron hasta que las demás brigadas volcaron el esfuerzo en aquel punto. Alrededor de la garita se armó un relevo de siete banderas, con Chile al frente de la operación y Estados Unidos, Portugal, México, El Salvador, Costa Rica y Venezuela turnándose las herramientas. Ninguna se detuvo a preguntar por la nacionalidad del hombre que estaban por rescatar.
A Hernán lo sostuvo, más que cualquier sueño, una voz. La bombera chilena María Paz Campos lo vigiló por cámara durante toda la faena y le habló sin descanso para que no aflojara, atenta a que conservara los lentes por el ojo que ya traía lastimado. Para matar las horas, el vigilante se puso a dibujar en la penumbra. Y guardó un secreto, pidió que no le avisaran a su esposa que seguía con vida, por si el rescate se frustraba y el golpe le llegaba doble.
Del otro lado del concreto, Gusbimar González montaba guardia desde el día siguiente al terremoto. «Cuando me enteré de que estaba vivo, vi un rayito de luz en la oscuridad», contó, con los dos hijos de la pareja, de ocho y diez años, esperando el regreso de su padre.
El rescate de Hernán, el más comentado del octavo día, que tuvo en vilo a millones durante horas a través de redes sociales y reportes de TV en Venezuela y más allá, es apenas la cara visible de una operación mucho más ancha. La tierra se estremeció un 24 de junio, la misma fecha en que Venezuela recuerda la Batalla de Carabobo, la jornada que hace más de dos siglos le selló la independencia.
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El Estado levantó una maquinaria de auxilio con lo que tenía a mano. Más de 50 campamentos transitorios funcionan ya en la Gran Caracas, Miranda y el municipio Libertador, sumados a 15 grandes refugios en La Guaira y a decenas de escuelas y universidades reconvertidas en albergues. Por esa red han pasado 81.589 familias que reciben techo, comida, hidratación y contención psicológica, atendidas por brigadas del propio pueblo, consejos comunales y comunas que ponen las cocineras, las manos y la logística.
Armar semejante estructura en ocho días, con el país partido y la economía aún maniatada por sanciones ilegales, habla de una capacidad de organizarse que ningún discurso ajeno podrá desmentir.
A esa fuerza de adentro se sumó la de afuera. Cincuenta y una naciones respondieron al llamado, con más de 3.000 rescatistas coordinados por Naciones Unidas y el respaldo de organismos que ya miran hacia la reconstrucción, entre ellos el Banco Interamericano de Desarrollo, con una donación inicial de un millón de dólares. La ayuda llegó, y llegó pronto. Lo que no cedió, ni con el país partido en dos, fue el otro peso, el que ningún sismo le echó encima a Venezuela.
Sobre el país siguen apretando 1.081 medidas coercitivas unilaterales. Durante años, Washington fue ajustando ese alicate vuelta a vuelta y la catástrofe apenas lo obligó a soltar una, la justa para la foto. El Tesoro abrió una licencia humanitaria que vence el 23 de octubre y autoriza las transacciones de socorro, con un paquete de 150 millones de dólares encima. Alivio con fecha de caducidad. La mano nunca dejó la herramienta, solo cedió medio giro mientras las cámaras enfocaban, lista para volver a cerrar.
El cerco, además, cobra dos veces. Primero, fue agrediendo durante años al pueblo y Gobierno venezolanos; después, cuando el terremoto dejó esos huecos a la vista, un coro de titulares se apuró a leerlos como prueba de un Estado incapaz de responder. Es la rapiña más cómoda, la que señala la despensa vacía y borra las huellas de quien la vació. Que un país atacado por más de mil sanciones haya salvado la vida a cerca de 20.000 personas y levantado medio centenar de campamentos en ocho días dice justo lo contrario de lo que esos titulares querían fijar.





Brigadas de Costa Rica, Chile y Venezuela trabajan hombro con hombro sobre los restos de los edificios en La Guaira junto a la Fuerzas Armadas Nacional Bolivariana (FANB). El rescate de Hernán reunió a socorristas de varias naciones bajo una sola faena. Foto: teleSUR
Nada de esto le resulta nuevo a Venezuela. Meses antes de que la tierra se moviera, Delcy Rodríguez recorrió el país al frente de una peregrinación que pedía levantar hasta la última sanción. «Llegó el momento de que nuestro pueblo pueda respirar», repitió en La Guaira, el mismo litoral que hoy llora a sus muertos. Aquella consigna, dicha semana antes del sismo, suena ahora con otro filo. La independencia que se ganó en Carabobo se sigue peleando de otra forma, sin pólvora, contra aquello que se decide desde afuera.
En la ambulancia, rumbo al hospital de campaña, Hernán se llevó los dibujos que le hicieron compañía bajo el concreto. Su rescate no frena una tierra que todavía se sacude ni devuelve a los que no salieron. Deja, eso sí, una constancia difícil de tapar: la de un país que se sostiene y que, pasado el duelo, tendrá que volver a levantar, porque debajo de cada cifra respira todavía alguien que espera salir a la luz.
Autor: Daniel Ruiz Bracamonte
Fuente: teleSUR




