Día de Muertos, el reencuentro que florece entre actividades y calaveritas dulces en México

Cempasúchil, calaveritas, escenificaciones y catedrales en penumbras convierten a México en un escenario donde vivos y difuntos se reencuentran cada año en el Día de Muertos.

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Uno de los elementos más emblemáticos son las calaveritas, pequeñas obras de arte dulces que se elaboran con azúcar, chocolate y amaranto. En la jornada, México enciende veladoras, viste ofrendas y despliega altares para que sus difuntos regresen a casa, en un Día de Muertos que late entre tradición y color. Foto: teleSUR.


30 de octubre de 2026 Hora: 20:13

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La temporada festiva moviliza al pueblo de México con sus símbolos más queridos. De las zonas urbanas a las rurales, los elementos conmemorativos del Día de Muertos transforman ciudades y pueblos en retratos de devoción y memoria.

En San Luis de Tlaxialtemalco, los viveros se cubren de inmensos mantos de pétalos naranjas. La producción de cempasúchil, la icónica flor del Día de Muertos, rompió su récord con el cultivo de más de 10 millones de macetas destinadas a los altares y las ofrendas.

A esa flor se suma la calaverita de dulce, el elemento que endulza el regreso de las almas junto a sus familiares. Esta pieza alude a los seres queridos que se fueron y conserva en las tradiciones contemporáneas las raíces prehispánicas y coloniales del país. Para su elaboración, el amaranto, semilla ancestral de elevado valor nutritivo, se afianza como base de las figuras, junto al chocolate.

«Es una forma de recordarlos, de decirles que no los hemos olvidado y los esperamos cada año», resume Lucero Martínez, productora artesanal que aprendió el oficio desde niña en la feria de Mixquic. Para muchos, esta figurita comestible guarda el amor que se le tuvo a los seres queridos.

En Xochimilco, la obra La llorona, al final del camino reinterpreta la leyenda desde el mundo prehispánico. Nayeli Cortés, quien encarna a la mujer de blanco, la describe «completamente descarnada» y llorando por el destino de sus hijos. La puesta incluye cantos y un arrullo en náhuatl, una forma de conservar la lengua originaria desde las artes escénicas.

El autor Luis Infante recuerda que los antiguos xochimilcas repelieron el primer encuentro con Hernán Cortés. Su intención, afirma, es «resignificar nuestros símbolos» sin espantar ni causar terror. También destaca que las danzas son de tradición mexica y no coreografías; son un recuerdo viviente de las raíces del México actual.

En la Ciudad de México, la Catedral Metropolitana, la más grande de América Latina, abre un recorrido en penumbras. La tenue luz de las veladoras guía a los visitantes entre el arte sacro con el propósito de recordar a la gente «la fiesta de los fieles difuntos y de todos los santos».

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Guiados en silencio por catrinas y caterines, los asistentes llegan a la capilla de las reliquias, un espacio que invita a conectarse con la fe. Las ofrendas en el templo evidencian el sincretismo entre las tradiciones católicas y prehispánicas. Entre murmullos de los pasillos, los participantes aprovechan la oportunidad para contar historias de apariciones, con la certeza de que los difuntos regresan entre los dos primeros días de noviembre.

Con cada actividad, símbolo e historia, México materializa anualmente su ferviente deseo por reencontrarse con los seres queridos que han partido al más allá y rendirles tributo a ellos y a la vida misma por medio de la memoria.

Autor: teleSUR - Andrea Zamora