El Día de Muertos hace del duelo una fiesta que une continentes

México celebra cada año el Día de Muertos, una festividad que honra la muerte con la catrina, los alebrijes, los altares y el xoloitzcuintle, símbolos pincipales que trascienden fronteras. En este día no se llora en el país norteamericano, se festeja.

mexico dia de muertos 1

En esa arquitectura del altar se funden dos mundos: la cosmovisión prehispánica y la religión católica quedan unidas por una misma necesidad, la de no olvidar.


30 de octubre de 2026 Hora: 16:35

    🔗 Comparte este artículo

  • PDF

Cada 1 y 2 de noviembre, las familias levantan ofrendas, encienden velas y reciben a quienes ya partieron. La costumbre parte de una idea central de la cosmovisión mexicana, según la cual la muerte no es el final sino una etapa más del curso natural de la existencia.

De todos los rostros de esta tradición, ninguno resulta tan reconocible como la catrina. Su historia arranca a inicios del siglo XX, cuando el caricaturista José Guadalupe Posada dibujó a la Calavera Garbancera. La concibió para burlarse de la clase alta del país, que copiaba las modas europeas y renegaba de sus propias raíces. Adornada con su tocado de alta costura, esa figura sofisticada se convirtió en símbolo de la hipocresía social y en un recordatorio de que el final alcanza a todos sin distinción de estatus.

Con el tiempo, la sátira dio paso al cariño. Aquella burla se convirtió en emblema de la cultura nacional, y está presente en el arte popular, la moda, las calaveras de azúcar, los disfraces y las ofrendas. La figura encarna la dualidad entre la vida y la muerte; por eso se le muestra elegante y serena, lejos de cualquier connotación lúgubre.

Sin embargo, la catrina no es el único elemento de esta celebración: los alebrijes también están presentes. No se explican, se contemplan, se palpan y se recuerdan. Son criaturas que no existen en la naturaleza pero que habitan en la fantasía del pueblo mexicano: como un felino con alas de mariposa, un dragón con manchas de jaguar o un pez coronado de cuernos.

Pero estos elementos nacieron de un sueño. En la década de 1930, el artesano Pedro Linares López enfermó y, mal de la fiebre, relató haber presenciado un desfile de bestias quiméricas. Cuando sanó, les dio forma con cartón y papel y las bautizó con el vocablo que, según su testimonio, escuchó durante aquel delirio: alebrijes. Así surgieron en la Ciudad de México figuras que funden lo real con lo fantástico.

LEA TAMBIÉN:

Ciudad de México obtiene récord Guinness por Catrina más alta del mundo

Con los años, la artesanía viajó al sur. En Oaxaca, comunidades locales la adoptaron y la transformaron. Allí los alebrijes se labran en madera de copal y se decoran a mano con dibujos que jamás se repiten. Cada punto, cada línea y cada flor diminuta revela la paciencia de quien los traza. Estas piezas cruzan hoy fronteras y llenan museos, mercados y vitrinas. Su valor no está solo en la forma, sino en las manos que las tallan, en los hijos que aprenden el oficio de sus padres y en la memoria de un pueblo que convierte sus sueños en arte.

Junto a estos símbolos, también hay casas que huelen distinto, a cempasúchil y a pan recién horneado. Son las casas donde se levanta el altar de muertos. Ahí nada se dispone al azar, cada objeto cumple una función precisa. Según la creencia, esa estructura tiende el puente con quienes ya no están. La tela blanca aguarda a los difuntos; el papel picado se mece con el viento y sus figuras de colores parecen anticipar la visita. Las velas despejan el trayecto de regreso y el agua apaga la sed tras el largo viaje. La flor de cempasúchil, con su amarillo encendido, marca el sendero que debe transitar el alma.

Al centro de estos altares se coloca la fotografía del ser querido, y junto a ella los objetos que usó en vida. El conjunto funciona como un homenaje íntimo, un reconocimiento de su presencia en este día y un convite para que regrese, al menos por una noche. Los altares se construyen por escalones, los hay de dos pisos, de tres y de siete; algunos resultan modestos, otros monumentales. Cada nivel representa una etapa del tránsito que el alma recorre hasta alcanzar el descanso espiritual.

En esa arquitectura se funden dos mundos: la cosmovisión prehispánica y la religión católica quedan unidas por una misma necesidad, la de no olvidar. Se pone la mesa para quien ya no está, como si volviera a cenar en casa.

Pero junto a ellos existe un perro que siempre está presente. No ladra, apenas tiene pelo y su mirada parece venir de otro tiempo. Se trata del xoloitzcuintle, el animal que camina junto al pueblo mexicano desde hace más de 3.000 años. Este can endémico figura entre los más antiguos del continente americano. Su imagen, símbolo del Día de Muertos, fue declarada patrimonio cultural inmaterial de Ciudad de México este año, un reconocimiento a siglos de lealtad.

La leyenda atribuye el xolo a un regalo del dios azteca Xólotl. Su misión consiste en proteger al ser humano y guiarlo en el camino hacia el Mictlán, el inframundo. Por eso aparece en esculturas de cerámica, en pictogramas y en ritos funerarios prehispánicos. Su presencia quedó asociada, sobre todo, a este Día de Muertos.

Ese vínculo con la muerte explica su lugar en la celebración. El animal que acompañaba a los difuntos se volvió indispensable para el día en que regresan. Hoy, cuando un xolo cruza una plaza o se acomoda junto a su dueño, México entero gira la mirada hacia el mismo perro que guía a las almas y que será difícil verlo desaparecer.

Autor: Redacción Cultura teleSUR - JDO

Fuente: teleSUR