¿Cuántas vueltas más dará María Corina Machado?

María Corina Machado rechazó el diálogo en julio, se quejó en octubre de haber quedado fuera y regresó a Venezuela con el visto bueno de Washington. Encontró un país con una amnistía que ya alcanza a casi 9.000 personas y una mesa de diálogo que siguió con su agenda.

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Machado en su viaje a la Casa Blanca en enero de 2026. Recientemente, afirmó que Estados Unidos la dejó fuera de las negociaciones en Venezuela, pero el Departamento de Estado señaló que había invitado a su formación a participar. Foto: EFE.


30 de octubre de 2026 Hora: 19:17

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La travesía de María Corina Machado todavía recorría las autopistas que unen Barquisimeto con Caracas, el domingo 25 de octubre, cuando el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ya había puesto por escrito su propia versión del regreso. Según Rubio, la vuelta de la dirigente opositora era el «resultado directo» de las conversaciones de reconciliación entre el Gobierno venezolano y la oposición, de las que el movimiento de Machado se mantiene al margen desde julio.

Horas más tarde, en la Casa Blanca, Donald Trump aseguró que no sabía «nada» del viaje y despachó el tema con una cortesía: «Es una mujer muy agradable». Fuentes al tanto de los movimientos de Machado afirmaron, sin embargo, que el retorno se coordinó con los Gobiernos de Estados Unidos, Panamá y Colombia y que el propio Trump lo aprobó.

Machado volvió así a un país donde la mesa de negociación sesiona desde agosto. Para entender cómo llegó a esa silla vacía, basta con poner en orden sus propias palabras.

El 3 de enero —horas después de la operación militar estadounidense que terminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores, y la muerte de decenas de civiles y militares—, Machado celebró la llegada de «la hora de la libertad». Trump la desairó esa misma tarde en Palm Beach. «Creo que sería muy difícil que ella fuera la líder. No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país», dijo. Tres días más tarde, desde Ginebra, la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, sostuvo que la operación militar había socavado «un principio fundamental del derecho internacional».

Un mes después, cuando la Asamblea Nacional se disponía a debatir la Ley de Amnistía que la presidenta encargada Delcy Rodríguez había anunciado en enero, la dirigente que durante años rechazó negociar con el chavismo se declaró dispuesta a reunirse con Rodríguez para fijar un «cronograma» de transición. En esa misma videoconferencia llamó «mafia» a su Gobierno.

Con el país todavía entre escombros tras los terremotos del 24 de junio, Machado pidió ayuda a la Casa Blanca y al Congreso estadounidense para volver, una insistencia que frustró a altos cargos estadounidenses, según admitió un funcionario de la Casa Blanca. Días después, Washington le pidió dar media vuelta cuando ya iba camino de Venezuela.

La decisión que explica el resto llegó el domingo 26 de julio, en un comunicado que Machado firmó junto a Edmundo González Urrutia para anunciar que su sector no participaría en las conversaciones entre el Gobierno y la Asamblea Nacional electa en 2015, encabezada por Dinorah Figuera. Tres días después, el movimiento Unión y Cambio, al que pertenece el excandidato presidencial Henrique Capriles, anunció su respaldo a ese mismo diálogo. Una parte de la oposición tomó asiento; la otra prefirió mirar desde fuera.

El 23 de septiembre, ante la Asamblea General de la ONU, Delcy Rodríguez dijo con todas las letras que «en Venezuela habrá elecciones» y que será el pueblo venezolano el que determinará «el momento correcto», sin intromisiones. Machado seguía en Panamá, con un regreso al que funcionarios estadounidenses se oponían en privado desde junio. El 15 de octubre se quejó en una entrevista de que Estados Unidos la había dejado fuera de las negociaciones. El Departamento de Estado respondió que había invitado a su partido a la mesa.

Quien rechazó la silla en julio reclamaba en octubre que no la hubieran sentado. Ese vaivén viene de lejos.

La antipolítica, entendida como la búsqueda del poder por el camino corto, el que se salta la negociación, la urna o el calendario, tiene en Venezuela un expediente largo, y Machado aparece en casi todas sus páginas. En 2004, Súmate, la organización que ella cofundó y que recibió fondos de la National Endowment for Democracy, financiada por el Congreso de Estados Unidos, encabezó la recolección de firmas para revocar el mandato de Hugo Chávez. Chávez ganó aquel referendo con holgura, y al año siguiente George W. Bush recibió a Machado en el Despacho Oval.

Diez años después, junto a Leopoldo López y Antonio Ledezma, impulsó La Salida, la campaña de calle de 2014 para forzar la renuncia de Nicolás Maduro, cuyas protestas y barricadas terminaron con 43 muertos, entre ellos manifestantes, transeúntes y policías. En diciembre de 2018 escribió a Benjamin Netanyahu y a Mauricio Macri para pedirles que promovieran ante el Consejo de Seguridad de la ONU medidas de protección para Venezuela «mediante la promoción de un cambio de régimen». Meses más tarde, respaldó el alzamiento militar del 30 de abril de 2019.

El mismo patrón reapareció en julio de 2024, cuando su sector desconoció el resultado proclamado por el Consejo Nacional Electoral (CNE), y tiene una cara que los venezolanos pagaron en la mesa de cada día. Machado no firmó ninguna sanción, pero en 2024 pidió a la comunidad internacional «imponer más consecuencias» y en febrero de 2025 celebró que Trump revocara la licencia de Chevron. «Esto era lo correcto, en el momento correcto», dijo. Para entonces, la relatora especial de la ONU Alena Douhan ya había recogido que, bajo las sanciones, los ingresos del Estado cayeron un 99% y los salarios pasaron de entre 150 y 500 dólares mensuales a entre 1 y 10 dólares. Las cifras oficiales calculan en 232.000 millones de dólares el ingreso petrolero perdido desde 2015, y la presidenta encargada denunció este año 1.081 medidas coercitivas vigentes contra el país.

El jueves 22 de octubre, mientras Machado convocaba movilizaciones para exigir una fecha electoral inmediata, Delcy Rodríguez recibió en el Palacio de Miraflores a los jefes de las dos delegaciones, Jorge Rodríguez por el Gobierno y Dinorah Figuera por la Asamblea de 2015, que acababan de cerrar el tercer ciclo de diálogo con una lista de acuerdos. La comisión preliminar del Comité de Postulaciones Judiciales había entrevistado a 127 aspirantes para renovar el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ); se instaló una mesa sobre garantías políticas, económicas y sociales; se abrió la revisión del marco legal de las inhabilitaciones y las partes acordaron una delegación conjunta para recuperar el oro venezolano retenido en el Banco de Inglaterra y destinarlo a las víctimas de los terremotos. «Yo reconozco a venezolanos y venezolanas de bien que desde este diálogo impulsan cambios y transformaciones necesarias», dijo la presidenta encargada.

Tres días después, con Machado ya del lado venezolano de la frontera, fue la propia Figuera quien celebró su «retorno en libertad» y lo presentó como un fruto del diálogo. La negociación que Machado rechazó en julio aparecía ahora como la llave de su vuelta.

Una semana después de aquella reunión, en un mensaje a la nación, Rodríguez fijó el rumbo con una frase que resume su Gobierno. «La soberanía no se negocia. Cooperamos con todos, pero decidimos en Venezuela». Recordó que casi 9.000 personas se beneficiaron ya de la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, anunció una reforma de la justicia penal con asistencia técnica de la Unión Europea y de la ONU, y ordenó que nadie sea detenido sin orden judicial, salvo en flagrancia. Sobre las elecciones, fue precisa: «Habrá elecciones, todas las que manda nuestra Constitución, organizadas por una autoridad electoral renovada y con el mundo como testigo».

Al regreso de Machado le había dedicado días antes apenas unas líneas. «Debe cesar la política como un show», dijo, y recordó que por las estructuras transitorias de los aeropuertos ya entraban los beneficiarios de la amnistía. «Este país es mucho más grande que cualquier persona», sostuvo.

La próxima ronda de la mesa está prevista para noviembre, con el nuevo TSJ como meta antes de que termine el año y la renovación del CNE a continuación, en lo que la presidenta en funciones llama una «secuencia de objetivos». Ninguna de esas fechas se mueve al ritmo de una caravana.

Lo que ocurre lejos de esa mesa ayuda a entender a quién le habla Machado cuando se dirige al mundo. El 8 de febrero de 2025, un mensaje grabado suyo abrió en Madrid la cumbre de Patriotas por Europa, el bloque de ultraderecha del Parlamento Europeo, que se reunió bajo el lema «Make Europe Great Again» con Viktor Orbán, Marine Le Pen, Matteo Salvini y Geert Wilders entre los oradores. En ese video, agradeció a Santiago Abascal, líder de Vox y anfitrión del encuentro, por estar «siempre al frente de la lucha por la libertad en Venezuela».

El vínculo con Benjamin Netanyahu viene de antes, desde que Vente Venezuela, el partido de Machado, firmó en 2020 un acuerdo de cooperación con el Likud, principal partido de derecha y referente del sionismo revisionista en Israel. En octubre de 2025, días después de que le otorgaran el Nobel de la Paz, Machado habló por teléfono con el primer ministro israelí y, según la oficina de Netanyahu, le expresó su aprecio por sus «acciones decisivas durante la guerra» en Gaza, donde se ha perpetrado un genocidio, según denuncias de una comisión, expertos y relatores de la ONU, de Gobiernos y entes de derechos humanos que incluyen a ONG israelíes. También se comprometió a trasladar la Embajada venezolana en Israel a Jerusalén si su movimiento llega al poder.

En noviembre de ese año, por video ante un foro empresarial en Miami, calificó de «absolutamente correcta» la estrategia de Trump hacia Venezuela, en plena campaña de bombardeos contra lanchas en el Caribe, que ya sumaba decenas de muertes catalogadas por expertos como «ejecuciones extrajudiciales».

La llegada el 25 de octubre de Machado, por primera vez en 10 meses, en la misma ciudad donde se reúnen las delegaciones, marcó los pasos siguientes, una reunión con los partidos opositores y una gira nacional.

El primero de los caminos posibles lo abrió su propia vocera, Claudia Macero, al asegurar que Machado está dispuesta a sentarse «con quien se tenga que sentar», incluida la presidenta encargada. Ese camino pasa por la mesa que rechazó en julio, con sus reglas y su calendario, que en noviembre tiene en agenda el TSJ y el CNE, las dos piezas de las que depende cualquier fecha electoral.

El otro ya se vio el 22 de octubre, cuando sus movilizaciones exigieron una fecha inmediata. Si Machado vuelve a la calle, chocará con la secuencia que fijó el Gobierno nacional y también con Washington, que el día de su regreso pidió a «todos los actores políticos» apoyar el diálogo.

En cualquiera de los dos casos, el camino más corto hacia la fecha que reclama pasa por la silla que dejó vacía en julio, la misma que en octubre acusó a otros de haberle negado.

Autor: teleSUR: Daniel Ruiz Bracamonte