De Allende a Chávez: dos modelos populares, la misma conspiración imperialista y oligárquica

En la fecha en que Chile conmemora el golpe de 1973, el secuestro del presidente Nicolás Maduro confirma que la conspiración contra los proyectos populares de América Latina no se interrumpió, apenas cambió de nombre.

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Infantes de Marina de un equipo de desembarco abordan un helicóptero CH-53E Super Stallion durante unas operaciones de vuelo a bordo del buque de transporte anfibio clase USS San Antonio en el mar Caribe, el 17 de noviembre de 2025. Foto: EFE.


11 de septiembre de 2026 Hora: 16:17

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El 11 de septiembre de 1973 y el 3 de enero de 2026 quedarán como las fechas del mayor atentado perpetrado por Estados Unidos y las oligarquías nativas de Chile y Venezuela contra dos gobiernos legítimos y constitucionales.

El 11 de septiembre, un golpe de Estado militar —con el apoyo y el asesoramiento de la CIA y el aval de la oligarquía chilena— derrocó al presidente socialista Salvador Allende. El 3 de enero de 2026, un ataque militar del Ejército de Estados Unidos, con el respaldo de la ultraderecha venezolana, secuestró al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, en la agresión más grave contra la Revolución Bolivariana que inició el comandante Hugo Chávez.

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El 4 de septiembre de 1970, el socialista Salvador Allende, al frente de la Unidad Popular, ganó las elecciones presidenciales en Chile. Impulsó la nacionalización de las principales industrias mineras, profundizó las expropiaciones de los latifundios y desarrolló un conjunto de medidas sociales para que el pueblo chileno accediera a la salud, la educación, la vivienda y salarios dignos.

El 6 de diciembre de 1998, el comandante Hugo Chávez, candidato del Movimiento Quinta República (MVR), ganó las elecciones presidenciales y dio inicio al proceso de la Revolución Bolivariana. Su programa encarnaba la gestión y el control del pueblo venezolano sobre sus recursos naturales —principalmente el petróleo— y una distribución justa del ingreso y la riqueza, expresada en las distintas misiones sociales.

Con veintiocho años de diferencia entre uno y otro triunfo, y en contextos históricos distintos, el acceso al gobierno por la vía electoral fue la similitud política que vino a zanjar un largo y profundo debate estratégico en la izquierda latinoamericana sobre las vías de acceso al poder.

Ambos triunfos, cada cual en su coyuntura, fueron particulares e inusuales. Allende ganó la presidencia por la vía electoral mientras en el resto de los procesos políticos del continente la revolución cubana seguía siendo la referencia fundamental.

Chávez, en cambio, triunfó luego de un proceso de acumulación política que recibió un fuerte impulso en El Caracazo, en un contexto regional donde se imponía política y económicamente el neoliberalismo, a la vez que surgía un incipiente proceso de gobiernos progresistas.

En ambos casos, el triunfo electoral fue apenas el punto de partida, porque cada proceso apostó a construir Poder Popular mediante la organización, la participación y la capacidad de gestión y decisión del pueblo.

Cuando Allende asumió la presidencia, el gobierno de Estados Unidos ya llevaba años aplicando el método del bloqueo contra el gobierno revolucionario de Cuba. En el caso chileno, el gobierno de Nixon —apostando seguramente a la oligarquía local— aplicó un bloqueo distinto al usado contra la isla caribeña.

Así lo reconstruye el periodista Edgar Amílcar Morales en un análisis publicado por Prensa Latina: «Chile sufrió un bloqueo fantasma, es decir, no declarado como tal, pero con graves daños internos. Por influencia de Washington, organismos internacionales, como el Banco Mundial y el Interamericano de Desarrollo, bloquearon créditos hacia Chile y las entidades privadas estadounidenses cortaron todas las vías de financiamiento. En esta línea, quedaron cancelados préstamos para la compra de maquinaria y repuestos clave en la minería de cobre, el transporte y la industria, cuya tecnología era sustancialmente estadounidense».

En Venezuela, ese mismo patrón se repitió durante los años del bloqueo económico contra la Revolución Bolivariana. Según relata Morales, grandes empresarios locales ocultaron mercancías, incluidos alimentos básicos, mientras el poderoso gremio de los camioneros, vinculado a la oligarquía local, declaraba huelgas para mantener vacíos los mercados y generar malestar e incertidumbre en la población.

De acuerdo con la reconstrucción de los hechos, el subdirector de Carabineros, general Jorge Urrutia, informó que el 4 de septiembre de 1970 se celebraron los comicios presidenciales en Chile, donde la Unidad Popular venció con estrecha ventaja a Jorge Alessandri. El resultado obligó al Congreso a validar los comicios en un plazo de 40 días.

Poco después, desde Washington, el presidente Richard Nixon, su asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, y el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Richard Helms, comenzaron a conspirar junto a sectores de la oligarquía chilena para impedir que Allende tomara posesión del cargo.

Entre las acciones implementadas figuró el envío de armas por la valija diplomática para equipar a grupos encargados de acciones clandestinas, orientadas a crear un clima de intranquilidad en el país.

En ese entorno murió, en un intento de secuestro, el comandante en jefe del Ejército, René Schneider —con la idea de provocar un golpe de Estado e impedir la consumación del proceso electoral—. Pero el Parlamento decidió ratificar los resultados de los comicios, sin ceder a las presiones de inclinarse por el segundo lugar, Jorge Alessandri.

Allende asumió la presidencia el 3 de noviembre de 1970, e inmediatamente comenzó otra etapa de la conspiración en su contra, ahora centrada en destruir la economía y frustrar el programa conocido como «la vía chilena al socialismo».

En el caso de Venezuela, la conspiración contra el proyecto iniciado por Chávez atravesó etapas equivalentes, desde el paro petrolero y el golpe de abril de 2002 hasta las guarimbas violentas de 2014 y 2017 y, ya bajo el gobierno de Nicolás Maduro, el cerco militar y judicial que Washington fue tejiendo durante años contra el mandatario, acusado desde 2020 de encabezar una supuesta organización narcoterrorista.

Ese cerco se cerró en la madrugada del 3 de enero de 2026. Pasadas las dos de la mañana, una serie de explosiones sacudió Caracas y los estados de Miranda, Aragua y La Guaira, mientras aviones militares sobrevolaban la capital y un incendio consumía un hangar en una base venezolana. El operativo, ejecutado por fuerzas especiales del Ejército de Estados Unidos, dejó cortes de energía eléctrica en distintas zonas de la ciudad.

Horas más tarde, el propio Donald Trump confirmó desde sus redes sociales que Estados Unidos había ejecutado «un ataque a gran escala contra Venezuela» que terminó con el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, la diputada Cilia Flores, y con el traslado de ambos fuera del país. Custodiados por agentes federales, fueron trasladados al buque de asalto anfibio USS Iwo Jima antes de ser llevados a territorio estadounidense, donde la fiscalía general los acusó formalmente de conspiración para el narcotráfico y posesión de armamento restringido.

El gobierno venezolano rechazó los cargos y calificó lo ocurrido como una agresión militar; sectores de la oposición, en cambio, celebraron la operación.

Las diferencias entre las Fuerzas Armadas chilenas y las venezolanas —y los papeles que jugó cada una en sus respectivas circunstancias históricas— resultan abismales.

El triunfo electoral de Salvador Allende, catalogado como la vía pacífica de acceso al poder, hizo que algunos sectores de la izquierda chilena, de la Unidad Popular, pero también del continente, vieran en las Fuerzas Armadas chilenas una actitud de lealtad hacia las instituciones democráticas.

Algunos sectores políticos, como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) chileno, planteaban dudas sobre la actitud de oficiales formados en la Escuela de las Américas, en un contexto continental de golpes de Estado militares consumados o en camino —Brasil, Uruguay, Argentina—.

En Chile, los preparativos golpistas del Ejército y la oligarquía —monitoreados y transmitidos a Estados Unidos por agentes de la CIA instalados en el país, según reconstruye el investigador Peter Kornbluh[1]— se hicieron realidad el 11 de septiembre de 1973 con un ataque brutal contra la sede del gobierno.

En sentido opuesto, la diana de los fusiles de las Fuerzas Armadas Bolivarianas —a las que perteneció Hugo Chávez, y que él mismo transformó con su discurso y su acción— nunca tuvo como blanco al pueblo venezolano; allí se forjó, en cambio, una fusión cívica, popular, militar y policial.

*Peter Kornbluh es un periodista, escritor y funcionario estadounidense. Ejerce como analista en el Archivo de Seguridad Nacional y es director de los proyectos de documentación sobre Chile y Cuba en esta organización.

Autor: Telesur Ricardo Pose

Fuente: Agencias