Del Waraira Repano a La Guaira, el rumbo de una república nueva
Bajo la misma montaña que separa a Caracas del mar, la presidenta encargada aprovechó una graduación militar para fijar el rumbo de la reconstrucción tras el doble terremoto. Mientras 14.634 personas amanecen en campamentos, esa orientación apela al coraje con que Venezuela, desde sus libertadores, aprendió a crecer en la adversidad.
En el patio de la Academia Militar, la Casa de los Sueños Azules, la presidenta encargada Delcy Rodríguez recibe a la promoción de tenientes «Venezuela renace», bautizada así once días después del doble terremoto que devastó a La Guaira. Foto: Prensa Presidencial
7 de julio de 2026 Hora: 09:30
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Desde el Waraira Repano bajaba la brisa de la mañana, cargada del canto de las guacharacas y del olor a monte mojado. La misma muralla verde que refrescaba el patio de la Academia Militar guardaba, del otro lado de su lomo, a La Guaira en ruinas. En las filas, los tenientes recién graduados abrieron el acto con el grito de siempre. «Chávez vive, la Patria sigue». Ese patio tenía memoria. Lo llaman la Casa de los Sueños Azules, y de él egresó, medio siglo atrás, el joven Hugo Chávez que cambiaría la historia de nuestra América. Las botas quedaron firmes, los sables encendidos por el sol, y en las gradas las madres y los hermanos buscaban un rostro conocido entre uniformes idénticos. Sobre esa formación impecable pesaba la otra fecha del 24 de junio.
Once días atrás, la tierra se partió dos veces en menos de un minuto. Un sismo de magnitud 7,2 y, casi encima, otro de 7,5 desfondaron el litoral. La ministra de Ciencia y Tecnología tradujo esa fuerza a una comparación como para que cualquiera pudiera entender. El primer golpe liberó la energía de unas 63 bombas de Hiroshima. El segundo, cerca de 178, casi tres veces más que el anterior. Sumados, los dos temblores descargaron el equivalente a 241 bombas de Hiroshima. La propia ministra explicó que un terremoto y una explosión nuclear son fenómenos distintos, y la comparación solo mide la escala de lo ocurrido, sin igualar dos cosas que no se parecen. Con esa cifra encima, el país despertó al tamaño de su herida.
Ante ese golpe, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, subió a la tarima y fijó una orientación para el país. De la reconstrucción del litoral saldría una nueva república. La planteó como línea estratégica de largo aliento, más allá de cualquier consuelo, con pasos ya en marcha. La promoción llevaría por nombre «Venezuela renace», y sus tenientes marcharían de inmediato a La Guaira, a los campamentos y a los centros de salud, antes que a cualquier reposo. Rodríguez elogió las palabras de una de ellas, la teniente Boscán, y volvió sobre la historia para explicar el presente.
Recordó que la mitad de quienes firmaron el acta de 1811 eran jóvenes como los que tenía enfrente, y que en 1812 un terremoto derrumbó a la Primera República mientras sus enemigos proclamaban un castigo divino contra los patriotas. Aquella generación siguió de pie, y Sucre, con dieciséis años, ya marchaba en sus filas. La misma terquedad ante la desgracia que Bolívar convirtió en independencia, y que Chávez devolvió al pueblo dos siglos más tarde, era la que ahora se pedía a estos muchachos.
En su discurso, Rodríguez se detuvo en una anécdota. Días antes, contó, un periodista le preguntó quién dio la orden de desplegar a la Fuerza Armada en el litoral. La respuesta la repitió esa mañana ante los cadetes. «La orden la di yo», dijo, y se plantó como comandante en jefe, responsable de una tropa que describió removiendo concreto y sosteniendo a los familiares que aún aguardan un cuerpo. Anunció una unidad permanente para desastres con el nombre del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre. Agradeció a los rescatistas llegados de otras tierras, la «mano amiga» que cruzó fronteras, y los declaró héroes de Venezuela. Puertas adentro, el pueblo no esperó. Las comunidades vecinas se adelantaron a toda orden, con ollas encendidas, censos en cuadernos escolares y cadenas de brazos apartando escombros.
Ese esfuerzo del pueblo ya tiene una contabilidad. Según el balance de la Vicepresidencia Social del 7 de julio, 87 campamentos transitorios albergan a 14.634 personas que perdieron su casa o no pueden volver a ella. La Guaira carga con el peso mayor. Allí duermen 8.613 desplazados, más de la mitad del total, repartidos en 26 refugios, ocho de ellos todavía en ampliación para recibir a quienes siguen bajando de los cerros. Caracas resguarda a otras 4.961 personas y Miranda a 1.060. La ministra tradujo la potencia del sismo a bombas de Hiroshima. Falta un instrumento que mida la fuerza contraria, la de un pueblo que se niega a caer. Ese temple no cabe en una planilla, y se palpa a la orilla del mar.




Allí, entre embarcaciones varadas y redes tendidas al sol, Luis García forma parte de los 26 consejos de pescadores que agrupan al sector en el estado. Dos semanas después del terremoto, escoge primero el duelo. «Mi más sentido pésame a todos mis hermanos pescadores», dice, y recuerda a quienes perdieron familias enteras. El mar, para él, es un oficio y también un parentesco, y por eso agradece la mano que llegó de todas partes, la del Gobierno, la de los pescadores de otros estados que mandaron lo suyo, la de la ayuda internacional. De ese tejido nació el dato que repite con orgullo. Un corredor marítimo, abierto desde el primer día y todavía en pie, lleva alimentos, agua potable, plantas eléctricas, herramientas, ropa, calzado y bombonas de gas a las comunidades de la costa, de Maya a Chuspa.
García pide una sola cosa a quienes, desde lejos, inventan una tragedia que no vieron. «Respeto por nuestros muertos, por los que quedamos vivos», reclama, contra las versiones falsas sobre su tierra. Y anuncia lo que más le importa. El viernes pasado, las lanchas que quedaron a flote volvieron a la faena, con el combustible y el aceite ya repartidos, mientras un grupo de mujeres retomaba el trabajo de procesar el pescado, igual que antes de que temblara. «Nos estamos levantando», repite, como quien afirma un hecho más que una esperanza.


En esa frase cabe la orientación que Rodríguez trazó desde el patio militar. La república nueva que anunció no se decreta en una tarima, se levanta en gestos como el de García, en la mujer que vuelve a salar el pescado, en la comuna que contó a sus vecinos antes de cualquier orden. Es la vieja terquedad venezolana ante la desgracia, la que Bolívar convirtió en independencia y Chávez devolvió al pueblo, puesta otra vez a prueba sobre un litoral roto.
Esa terquedad tiene, en Tanaguarenas, nombre de mujer. Valery no se mueve de los escombros. Con un grupo de voluntarios levanta los bloques a mano, uno por uno, de arriba hacia abajo, con mandarrias y sin máquinas. No faltan las máquinas. Una retroexcavadora aplastaría a quien todavía respire debajo, así que el rescate avanza a pura mano, despejando el paso hacia el punto que marcó el escáner. «La fe es la que todavía nos mantiene aquí», dice, y señala lo que la sostiene. Bajo el concreto siguen llegando señales de vida.
Esa es la Guaira. La brisa del Waraira Repano baja hacia el mar, y en la orilla las lanchas de los pescadores ya zarpan, mientras un familiar espera junto a una plancha de concreto que la jefa de Estado llamó «los escombros del silencio». Manos como las de Valery cavan hacia el nombre y el cuerpo que ella aguarda. Entre esa fe terca y el trabajo que sigue sin descanso cabe el país entero, el que entierra a sus muertos y el que se niega a rendirse, el que aprendió a rehacerse cada vez que la tierra o la historia lo tumbaron. Venezuela empezó a trazar su república nueva bajo esa montaña, la misma de los grandes ancestros, sabios, guerreros y soldados.
Autor: teleSUR: Daniel Ruiz Bracamonte




