Un gran salto hacia la realidad: Venezuela hoy
Foto: EFE.
Por: Chris Gilbert y Cira Pascual Marquina
4 de junio de 2026 Hora: 10:52
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«Lo que sabemos sobre lo que está sucediendo… confirma la orientación revisionista de la política actual… los logros están siendo liquidados. En lo que respecta a la política exterior… el imperialismo estadounidense es cada vez menos denunciado. Sus intervenciones en la vida de otros pueblos se consideran con frecuencia incluso “positivas”… Apenas se menciona la lucha contra la derecha burguesa».
¿Quién escribió estas líneas? ¿Se trata de una de las muchas voces de la izquierda internacional que denuncian al actual Gobierno venezolano? Las similitudes son sorprendentes, pero en realidad quien escribió este texto fue el maoísta francés Charles Bettelheim al renunciar, en 1977, a la Asociación de Amistad Franco-China. En efecto, fue un “hasta aquí” por parte de un intelectual muy influyente de su tiempo.
Además de las nuevas políticas “revisionistas” de China, que consideraba procapitalistas, a Bettelheim le repugnaba la burda propaganda utilizada para denunciar a la Banda de los Cuatro, incluida Jiang Qing, con quien el propio Mao había estado casado. ¿Cómo podían unos revolucionarios tan aclamados en un momento dado ser condenados tan duramente al siguiente? ¿Suena familiar? De hecho, tanto las observaciones de Bettelheim como sus quejas parecen extrañamente similares a las de muchos observadores preocupados por Venezuela en la actualidad.
- La visión desde el centro
- La verdad sobre el terreno
- La “Larga Marcha” de Venezuela bajo las sanciones
- Parámetros para debatir la cuestión central
La visión desde el centro
Hoy en día, entre los numerosos activistas solidarios con Venezuela y simpatizantes del Norte Global, la extradición de Alex Saab a Estados Unidos se ha convertido en un punto de ruptura simbólico similar.
Para ellos, el caso es la prueba definitiva de que el Proceso Bolivariano ha cruzado una línea roja. Sin embargo, resulta a la vez revelador y extraño que el baremo de la revolución venezolana pueda reducirse a una sola figura.
De hecho, su desmesurada reacción solo puede entenderse si tenemos en cuenta que la campaña #FreeAlexSaab constituía, en gran medida, el único compromiso práctico de estos activistas con Venezuela, y que muchos creían erróneamente que Saab (aunque objetivamente se asemeje más a Meng Wanzhou que al Che Guevara) era un revolucionario emblemático del siglo XXI.
Todo esto revela lo problemático que resulta evaluar una revolución basándose en una experiencia lejana y parcial de la misma.
Aquí en Venezuela, entre los chavistas de base, no se encuentra esta fijación obsesiva por Saab, ni, por demás, por el reciente —y de hecho humillante— “simulacro de evacuación” en el que participaron aviones militares estadounidenses.
Esto no significa que el pueblo aquí aplauda la extradición o se sienta indiferente ante estos acontecimientos. Sin embargo, a nivel comunal y de barrio, entre quienes han pasado décadas construyendo poder popular mientras aguantaban las sanciones estadounidenses, la violencia fascista y las interminables agresiones imperialistas, hay poco interés por las rupturas dramáticas que algunos observadores en el extranjero parecen estar fomentando.
Ya sea en relación con el asunto Saab o con alguna otra concesión o error del Gobierno, muchos intelectuales internacionales y activistas solidarios abordan los procesos revolucionarios como si su función principal fuera identificar el momento exacto en que debe terminar la fidelidad —cuando por fin pueden pronunciar “hasta aquí”.
Sin embargo, esta postura de guardián de legitimidades suele conllevar un trasfondo inequívocamente arrogante y está ligada a una posición chovinista de clase y de gran potencia. Da por sentado que quienes se encuentran en el núcleo del imperialismo poseen la autoridad para declarar la legitimidad —o la muerte— de las luchas que se libran en otros lugares, por parte de personas que han apostado sus vidas y las de las generaciones futuras a ellas.
Creemos que no son los observadores internacionales, sino las bases chavistas —las personas que han sostenido este proceso revolucionario durante veintisiete años, que enterraron a sus muertos y resistieron las sanciones y la desestabilización, y que siguen, lenta pero obstinadamente, construyendo comunas— quienes deberían tener más peso en este debate.
La verdad sobre el terreno
Volviendo a China y a Bettelheim, todo en la trayectoria posterior de ese país demuestra que el veredicto que ofreció en 1977 fue espectacularmente erróneo.
Las mismas reformas que Bettelheim consideró una traición a la revolución resultaron ser su salvación. Neil Burton, en respuesta a Bettelheim y desde su lugar de trabajo en China, sugirió respetuosamente que el intelectual francés no podía ver con claridad el curso de los acontecimientos porque los esquemas con los que trabajaba eran demasiado estáticos.
Burton señaló que Bettelheim no hablaba ni leía chino y no se encontraba en China para vivir los acontecimientos de primera mano.
Por supuesto, sacamos a relucir el error de Bettelheim —que fue replicado por muchos intelectuales de izquierda de menor calibre en todo el mundo en aquella época— en relación con el caso de la Venezuela contemporánea, no porque creamos que el país en el que vivimos y trabajamos esté atravesando algo exactamente igual a una “Reforma y Apertura“ al estilo chino.
Lo hacemos, en cambio, con la convicción de que muchos en la izquierda están cometiendo un error similar al declarar precipitadamente que la Revolución Bolivariana ha terminado o que sus dirigentes son traidores.
Hablemos claro: este es, sin duda, un momento de desafíos sin precedentes y de grandes peligros para Venezuela. De hecho, nadie que afirme comprender completamente la situación o el camino a seguir está diciendo la verdad.
Tampoco puede nadie, aunque sea parte de la Revolución Bolivariana, afirmar con certeza que venceremos en la lucha contra el imperialismo. Sin embargo, en una situación aún abierta, ¿por qué apostar tan firmemente por la derrota? ¿Y por qué desacreditar precipitadamente a la dirección chavista —una dirección construida a lo largo de décadas por el propio pueblo— de una manera que podría contribuir a esa derrota?
La “Larga Marcha” de Venezuela bajo las sanciones
Los intelectuales de la izquierda internacional, muchos de los cuales han creado redes y colectivos para proyectar sus propias voces, harían bien en reflexionar sobre su forma de estar en el mundo, sobre su modus operandi.
Con mucha frecuencia y durante demasiado tiempo, ser intelectual de izquierda ha significado “tener razón en todo”, “tener los datos y las respuestas” y, sobre todo, demostrar que los demás se equivocan.
Pero eso no es lo que significa ser revolucionario en el sentido históricamente aceptado. Ser revolucionario es ser parte orgánica de un movimiento. Significa que la revolución importa más que la reputación propia.
En su fascinante libro Estrella roja sobre China, Edgar Snow escribe que, cuando los revolucionarios chinos le contaban sus historias de vida, los aspectos personales de la narración desaparecían casi instantáneamente una vez que llegaban al punto en que se unieron a la revolución.
A partir de ahí, observó Snow, un comunista “se perdía a sí mismo” y “solo se podían escuchar historias del Ejército, de los soviets o del Partido”. En efecto, cada militante dejó de ser un “yo” y se convirtió en un “nosotros”.
¡Qué mundo tan diferente al que vivimos hoy, donde los influencers —el modelo dominante de la vida intelectual actual— no dejan de señalar que ellos, como individuos, están siendo atacados, que tenían razón antes, y así sucesivamente!
China y Venezuela son, por supuesto, muy diferentes, incluyendo en sus culturas. Sin embargo, al igual que los revolucionarios chinos, muchos de nosotros en Venezuela hemos pasado por una prueba de fuego —una “Larga Marcha” de facto a lo largo de la década de 2010— que fue un período marcado por todo tipo de pruebas y reveses complicados.
La experiencia grabó un grado de humildad en nuestra conciencia. Esto marca una diferencia cualitativa con respecto a muchos intelectuales del Norte Global, cuyas prácticas siguen enmarcadas en un enfoque centrado en sus ideas, su reputación o su corrección teórica.
Por el contrario, la mayoría de los trabajadores y los intelectuales orgánicos de Venezuela saben que la revolución es un proceso colosal y telúrico. Tiene innumerables altibajos y, en algunos casos, da giros aparentemente inexplicables. Sin embargo, no debe declararse “muerta”, ni siquiera en un momento de aparente estancamiento, al igual que el épico proceso revolucionario de la Francia del siglo XIX, que Marx comparó con un topo que nunca cesaba en su labor, a veces invisible y subterránea.
Parámetros para debatir la cuestión central
Un proceso revolucionario es un maestro riguroso. A través de la experiencia, la Revolución Bolivariana ha grabado numerosas lecciones concretas en millones de conciencias aquí en Venezuela.
Una cosa que todos hemos aprendido es que hay que evitar las divisiones dentro del chavismo. La lealtad para enfrentar al imperialismo, incluso cuando pueda parecer una lealtad ciega —en el espíritu de “Dudar es traición”, como reza un eslogan chavista—, es siempre preferible.
A menudo hemos tenido que dejar de lado nuestro deseo de “tener razón” ante la clase intelectual mundial. Sabemos que lo más importante es la revolución, y preferimos pasar por tontos antes que verla fracasar. Hay mucho más en juego que las reputaciones individuales.
Al mismo tiempo, el debate dentro de la revolución es bienvenido. Como dijo Fidel en un momento crítico del proceso cubano: “Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”. Sin embargo, las personas del Norte Global que deseen opinar deben estar atentas al problema del chovinismo de gran potencia, especialmente a la tendencia a precipitarse en debates que deberían ser liderados principalmente por quienes viven y luchan dentro del propio país.
Mejor conexión de Internet, mayor visibilidad, salarios institucionales más elevados y condiciones cotidianas menos precarias hacen que, con frecuencia, los intelectuales radicados fuera de Venezuela terminen eclipsando o incluso silenciando las voces de quienes enfrentan directamente las contradicciones del proceso
Se trata de cuestiones que Lenin anticipó en sus escritos sobre el “chovinismo de gran potencia” y la relación entre naciones opresoras y oprimidas. En las “Tesis sobre la cuestión nacional y colonial” de 1920, Lenin argumentó que siglos de dominación producen inevitablemente una desconfianza legítima hacia las poblaciones de las potencias imperiales, incluidos los trabajadores e intelectuales de estas últimas, a menudo cómplices.
Por ello, afirmaba que los revolucionarios provenientes de las naciones dominantes tienen una responsabilidad especial: acercarse a quienes luchan en esas condiciones con particular “cuidado y atención” y con la disposición a hacer concesiones políticas que permitan superar la desconfianza acumulada históricamente.
La humildad, pues, debería estar a la orden del día. No es el momento para declaraciones teatrales de que “todo ha terminado”, ni para exclamar, al estilo de Hamlet, que toda contradicción o error representa una traición.
Con demasiada frecuencia, tales gestos no son más que una exteriorización de la frustración y una búsqueda de catarsis. De hecho, nadie, ni dentro de Venezuela ni fuera, tiene una respuesta definitiva a la cuestión central que se cierne sobre todos nosotros.
Esa cuestión es: ¿Cómo puede el proyecto antiimperialista —y, en última instancia, socialista— iniciado en 1999 en Venezuela, o más ampliamente el proyecto emancipador inaugurado por Simón Bolívar y las masas venezolanas hace más de dos siglos, seguir avanzando en condiciones de la capacidad militar ampliada del imperialismo estadounidense y su nueva disposición a traspasar antiguas líneas rojas en la región?
En términos más generales, toda América Latina se enfrenta al problema de cómo hacer frente a esta nueva modalidad de imperialismo. Ningún pueblo ni gobierno —ni en Brasil, ni en Colombia, ni en México, ni en Cuba— ha encontrado una solución definitiva.
Por esta razón, este es un momento no solo para la humildad, sino también para evitar posiciones facciosas y chovinistas. Lo que está en juego es de la máxima importancia, pero también lo son las herramientas y los recursos, incluida toda la riqueza de lo que nos han enseñado años de lucha y numerosas victorias revolucionarias.
Es el momento de que los revolucionarios de latinoamérica y de más allá se unan en torno a la tarea común: derrotar al enemigo principal.
Autor: Chris Gilbert y Cira Pascual Marquina
Fuente: RedH
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