Respuestas comunales tras el terremoto: Catia La Mar (Parte I)
Cuerpos oficiales y voluntarios de la Comunidad en trabajos de búsqueda y rescate en La Guaira
Por: Chris Gilbert y Cira Pascual Marquina
29 de julio de 2026 Hora: 10:31
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Un camión sale de Caracas a primera hora de la mañana cargado con artículos de higiene personal, pañales e insumos para niños con destino a La Guaira, la zona más golpeada por los terremotos del 24 de junio. Detrás va un viejo autobús con una brigada de veinte personas del capítulo Venezuela de ALBA Movimientos, la plataforma de organizaciones populares de América Latina y el Caribe. El destino es el Circuito Comunal Rómulo Gallegos* en Catia La Mar.
A diferencia de las operaciones convencionales de ayuda humanitaria, la brigada no llega a poner en marcha una respuesta desde cero, sino a fortalecer un proceso en curso arraigado en años de organización comunal y atravesado por dos emergencias sucesivas.
Pocos días después del terremoto, ALBA Movimientos y el Instituto Simón Bolívar lanzaron la campaña y brigada “Venezuela por la Vida” para acompañar las labores de recuperación. La idea era sencilla: dejar de lado las soluciones prefabricadas y trabajar junto a una comunidad ya organizada, fortaleciendo su respuesta colectiva mediante el trabajo con sus liderazgos y respetando las prioridades definidas por el propio pueblo. En Venezuela, esto significa trabajar de la mano con las comunas y otras expresiones del autogobierno popular que son la base del proyecto antiimperialista y socialista del país. A diferencia del modelo dominante de ayuda humanitaria, que con frecuencia es indiferente o incluso hostil al poder popular, el objetivo de la brigada es fortalecer el tejido comunal al tiempo que se profundiza la conciencia política.
Catia La Mar es un pueblo obrero de la costa caribeña venezolana. Lleva el nombre del Cacique Catia del pueblo Tarma, quien se unió al legendario Cacique Guaicaipuro en la confederación de pueblos indígenas que resistió al colonialismo español durante el siglo XVI. Desde entonces, el territorio ha estado marcado por una larga tradición de lucha colectiva. Más tarde, con la expansión del puerto de aguas profundas en La Guaira, generaciones de trabajadores portuarios, migrantes y comunidades afrodescendientes hicieron suyo este espacio, forjando una cultura caracterizada por la solidaridad, la organización barrial y una sentida devoción a San Juan Bautista, cuya festividad coincide precisamente con el 24 de junio, el día en que ocurrió el terremoto.
Cuando llegamos al barrio, había pocas señales de pánico: lo que llamaba inmediatamente la atención era, más bien, el espíritu de una comunidad que ya estaba movilizada. El circuito comunal no solo se está recuperando del reciente terremoto. Seis meses antes, el 3 de enero, un fragmento de un misil estadounidense cayó sobre el barrio, causando la muerte de una mujer y, semanas más tarde, la de otra vecina a consecuencia de las heridas sufridas. La comunidad, que aún lloraba a sus muertos y conservaba un profundo sentimiento de indignación ante aquel ataque imperialista, se enfrenta ahora a una nueva catástrofe.
Los daños provocados por el terremoto en este territorio son menos visibles que en otros sectores de La Guaira, pero no dejan de ser graves. Hay profundas grietas que atraviesan el asfalto y fisuras en las paredes de numerosas viviendas. Aunque solo unas pocas se han derrumbado por completo, muchas deberán ser demolidas parcial o totalmente. Luego está la plaza, donde viven en carpas algunas de las doscientas familias que perdieron sus hogares o que aún esperan la inspección técnica que determine si pueden regresar a ellos. Sin embargo, lo que más nos impresionó fue el extraordinario nivel de organización: motorizados trasladando insumos y vecinos llegando con información desde distintos sectores, mientras niños y niñas se reunían en la plaza, donde voluntarios organizaban actividades recreativas.
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Mientras descargábamos el camión el primer día, nos recibió la lideresa comunal Raimelis Navarro. Parecía tener el don de la omnipresencia: saludaba a la brigada, coordinaba la descarga de los insumos, respondía preguntas de los vecinos y, al mismo tiempo, revisaba los mensajes que llegaban a su teléfono mientras llevaba el registro de las familias desplazadas. Esa cifra acababa de aumentar de noventa y tres a casi doscientas, a medida que las inspecciones estructurales declaraban más viviendas inhabitables.
Ante la llegada de un nuevo lote de insumos, el sistema comunitario de distribución se puso en marcha de inmediato. Voluntarios trasladaban las cajas hacia un espacio comunal, donde comenzaban a clasificarlas en kits destinados a cada uno de los consejos comunales del circuito. Mientras tanto, quienes integraban el equipo de recreación de la brigada se dirigían a una plaza cercana, donde decenas de niños y niñas —muchos de ellos viviendo ahora en carpas junto a sus familias— esperaban las actividades pensadas para interrumpir, aunque fuera por unas horas, el trauma y la incertidumbre de las últimas semanas.
Solo cuando todo aquello estuvo en marcha, Raimelis encontró un momento para explicarnos lo que estábamos viendo. “Han sido seis meses muy difíciles”, dijo, casi con tono de disculpa, como si las evidencias no estuvieran ya a la vista de todos. No se refería únicamente al terremoto.
El Circuito Comunal Rómulo Gallegos agrupa a catorce consejos comunales de Catia La Mar y reúne a unas 5.500 familias. Como ocurre en muchas comunidades populares de Venezuela, sus habitantes llevan años construyendo instituciones de autogobierno popular, aunque hace apenas medio año el proceso era desigual y seguía estando en construcción. Fue solo después del ataque del 3 de enero, explicó Raimelis, cuando el circuito comunal comenzó a consolidar un sistema realmente sólido de coordinación. Frente a la emergencia, los consejos comunales aprendieron a trabajar juntos de maneras nuevas. Esas lecciones, conquistadas en circunstancias dolorosas, resultarían indispensables cuando el terremoto les golpeó menos de seis meses después.
“El bombardeo nos cambió”, nos dijo Raimelis. Lo que quería expresar era algo muy profundo. El ataque del 3 de enero dejó dos personas fallecidas y obligó a varias familias a abandonar sus hogares, llevando al circuito comunal a enfrentar una crisis que pocos habrían imaginado. Mientras el gobierno venezolano emprendía la reconstrucción del edificio de viviendas sociales destruido por el misil, la comunidad organizaba refugios temporales, coordinaba la distribución de alimentos y realizaba asambleas para procesar colectivamente las consecuencias humanas y políticas del ataque.
El 3 de enero marcó un punto de inflexión. El ataque dejó al descubierto limitaciones en la capacidad de respuesta del país, pero, en el Circuito Comunal Rómulo Gallegos, también aceleró un proceso organizativo que, de otro modo, probablemente habría tomado años. Los consejos comunales que antes trabajaban de forma relativamente independiente comenzaron a coordinarse diariamente, a compartir información y a desarrollar mecanismos comunes para la toma de decisiones.
“Cuando llegó el terremoto”, recordó Raimelis, “ya sabíamos cómo trabajar juntos”. A las pocas horas del sismo del 24 de junio, los vecinos ya estaban recorriendo el territorio para verificar la situación de las familias, identificar construcciones en riesgo y enviar reportes a la Sala de Autogobierno, el órgano de coordinación del circuito comunal. La información fluía desde cada consejo comunal hacia la instancia coordinadora, lo que permitió establecer prioridades casi de inmediato.
Al observar a Raimelis en acción, resulta evidente que su papel no consiste tanto en dar órdenes sino en conectar a la gente. Alguien llega preguntando dónde se encuentra el campamento transitorio. Otra persona quiere saber si un adulto mayor con movilidad reducida fue incluido en el censo más reciente. Un voluntario interrumpe para preguntar dónde deben colocarse los insumos destinados a las niñas y los niños. Antes de responder, Raimelis echa un vistazo a su teléfono, donde continúan llegando mensajes desde distintos sectores del circuito comunal.
Nada en su actitud transmite agotamiento. Sonríe con facilidad, saluda a casi todo el mundo por su nombre y parece saber no solo qué hay que hacer, sino también quién necesita una palabra de aliento. Más tarde, varias personas nos confiaron que esa ha sido siempre su manera de ser: alguien cuya calidez humana y capacidad organizativa la convirtieron, desde mucho antes de cualquiera de las dos catástrofes, en un punto de referencia para la comunidad.
Sin embargo, esa serenidad oculta meses de enorme tensión. Raimelis reconoce que ella y el resto de la comunidad sintieron un profundo miedo el 3 de enero, cuando el fragmento del misil cayó sobre el barrio. Además, desde el terremoto ha dormido muy poco: las tareas urgentes dejan poco tiempo para descansar, cada réplica revive el recuerdo del primer temblor, y cada episodio de lluvias intensas renueva el temor de que las laderas afectadas o las viviendas debilitadas puedan colapsar.
“Esto no lo puede hacer una sola persona; lo hacemos entre todos”, afirma Raimelis, hablando desde la experiencia. “Cada consejo comunal conoce su territorio. Sabe cuántas familias tienen niños chiquitos, qué adultos mayores viven solos, quién perdió su casa y quién necesita medicamentos. Por eso podemos responder con rapidez”.
Raimelis está describiendo mucho más que una respuesta eficiente ante una emergencia. Está explicando una forma de conocimiento colectivo forjada a lo largo de años de organización, autogobierno y trabajo en conjunto para solucionar problemas. La respuesta después del terremoto no fue improvisada; había sido aprendida mucho antes y, como todo conocimiento forjado en la práctica, no puede desaprenderse fácilmente. Es la expresión material de aprendizajes acumulados durante años de experiencia colectiva.
El terremoto no creó la capacidad de respuesta de la comunidad; puso de manifiesto capacidades construidas a lo largo del tiempo y fortalecidas tras el ataque del 3 de enero. La historia puede dejar ruinas, pero también puede dejar instituciones, relaciones sociales más sólidas y formas duraderas de conocimiento colectivo que se vuelven indispensables cuando sobreviene una catástrofe.
NOTA
* Un circuito comunal es una agregación de consejos comunales (espacios territoriales de democracia directa) que planifican la toma de decisiones y los proyectos colectivos, y a menudo constituyen un paso previo hacia la conformación formal de una comuna.
Autor: Chris Gilbert y Cira Pascual Marquina
Fuente: teleSUR
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