Milei cada vez más repudiado
Datos del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) indican que, desde finales de 2023, cuando el presidente libertario asumió la Presidencia argentina, hasta junio último, 31.342 empresas cerraron sus puertas y se perdieron 434.126 puestos de trabajo registrados en unidades productivas. Foto: EFE.
Por: Carlos Aznárez
21 de octubre de 2026 Hora: 10:16
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El presidente colonial argentino, ya no puede ocultar al mundo, el nivel de repudio y bronca generalizada que provocan sus políticas de hambreamiento masivo a la población, y la sumisión absoluta a la estrategia que Donald Trump ha fijado para Latinoamérica y el Caribe. Ya no solo son inocultables la serie de movilizaciones que gran parte del pueblo argentino viene realizando para demostrar su descontento, sino que estas manifestaciones ya trascienden a las visitas que Milei y sus secuaces realizan al exterior. Pruebas al canto de ello, son los pedidos de declararlo persona no grata en el territorio español, donde el visitante tuvo que soportar que cientos de manifestantes le gritaran en la cara el desprecio que provoca su adhesión al imperialismo trumpista y al sionismo. Hace muy poco también fue denostado por residentes argentinos en Estados Unidos, y salvo en «Israel», donde lo reciben con honores por su adscripción al sionismo genocida, cada vez le va a costar más caro embarcarse en viajes, a recibir premios y condecoraciones de instituciones o grupos claramente identificados con el fascismo y el racismo.
En lo que hace a Argentina, es evidente que se está perdiendo el miedo de enfrentar a un gobierno que aplaude el planteo recolonizador de Trump para el continente, y eso genera irritación y cada vez más temor en los autoritarios que están acostumbrados a la docilidad de los que creen sus subordinados.
La reciente movilización nacional de los universitarios exigiendo que de una vez por todas el gobierno financie el déficit que sufre el sector, y además la exigencia de derogar la ley de tierras que liquidaría la soberanía del país, es un símbolo de que la población ha comenzado a recorrer el camino del «basta ya», a pesar de las amenazas y la represión a las protestas.
Duele enormemente tomar conciencia hasta qué punto la criminalidad gobernante ha convertido a la Argentina en una colonia, donde existe un altísimo porcentaje de pobreza que afecta en términos reales, no en las cifras mentirosas del gobierno, a más del 50% de la población, sumado a decenas de miles de trabajadores estatales y privados que se han quedado sin empleo en los últimos tres años, y un enorme porcentaje de familias de clase media para abajo, que de un día para el otro amanecieron sin vivienda, por no poder pagar el alquiler o la hipoteca bancaria. Ellos y ellas engrosan un verdadero ejército de excluidos que viven en la mismísima calle. «Tenés que andar eludiendo colchones si querés caminar por la ciudad de la furia», le decía un porteño a un periodista europeo que se asombraba de «cómo había cambiado en tan poco tiempo la ciudad». Ni hablar de la situación de los jubilados, con remuneraciones que no pasan de los 200 dólares mensuales en un país en que la canasta familiar supera los 1300 verdes, o la debacle producida a nivel de la salud, con hospitales públicos donde médicos y enfermeras se convierten en héroes por seguir tratando de salvar vidas a pesar de que «falta de todo», desde las gazas hasta los analgésicos. O la caída en picada de la educación, donde docentes y alumnos se unen a diario en reclamos mínimos, que no son atendidos, y que no permiten que las clases se desarrollen normalmente. «Antes. por lo menos frenábamos la deserción escolar, porque dábamos de comer a los chicos, pero ahora lo de la comida se ha convertido en un lujo, y son pocas las escuelas que pueden ofrecerles ese alivio», relataba una maestra bonaerense.
Todas estas causas y muchas más que tienen que ver con una decisión gubernamental de llevar a cabo de acentuar la guerra de clases, tratando de generar un país para pocos, y por supuesto ponerlo de rodillas ante Washington y Tel Aviv, es lo que está sirviendo de acicate natural para que poco a poco grandes sectores de la población, descreídos de esa trampa para ingenuos que son las elecciones cada cuatro años, vuelvan a emerger con rabia en las calles, e impere en cada movilización la consigna que surgió del «Argentinazo» del 2001: «Que se vayan todos». Todos y todas, porque en la idea de acelerar el genocidio social, no hay divisiones de género, unos y otras, de la extrema derecha gobernante, se ufanan de la violencia que practican a diario.
Por eso, la bronca busca canales de actuación en donde mostrar el enojo frente a un gobierno que no tiene nada que envidiarle a la dictadura militar de 1976, y en ese sentido, las calles son el escenario natural para demostrar cuánto de orgullo y coraje sigue teniendo el pueblo argentino. Desafiando a la represión brutal, como la que se pudo ver en la última gran movilización, donde más de 500 personas resultaron con heridas de distinta gravedad, y en que las detenciones, que cada vez ocurren con más asiduidad están abriendo un ciclo de consecuencias inevitables. No solo se está enfrentando a Milei y sus adláteres, sino que estas luchas de hoy, con los niveles de unidad y organización (dos condiciones imprescindibles) aún en desarrollo, le están advirtiendo al imperio guerrerista de Trump, que no todo le va a salir a pedir de boca como ya ha ocurrido en otros países del continente. Son tiempos duros pero no imposibles de sortear. O como escribiera José Martí: está cerca “la hora de los hornos en que no se ha de ver más que luz”.
Por último, un párrafo para esa legión de colaboracionistas de ayer y de hoy que son los medios de comunicación hegemónicos. Los empresarios y también algunos opinadores que más que periodistas parecen representantes civiles de alguna fuerza represiva. Se sabe que siempre que ocurren grandes movilizaciones, ellos, los jerarcas de los «medios de tergiversación» se dedican a difamar a las y los luchadores, a generar matrices de opinión desfavorable a las concentraciones populares, a las huelgas o a cualquier medida de fuerza de las y los trabajadores. Lo han hecho siempre, pero desde que llegó Milei al gobierno, pueden criticar algunos dichos intragables del presidente, pero nunca dejan de hostigar a quienes le hacen frente, con los métodos que puedan, a las políticas de exterminio que plantea el capitalismo. Es lógico, se sienten amenazados, ellos también, en sus privilegios de alcahuetes del sistema.
De allí, que en cada manifestación donde entre los gases y las balas de goma, dejan un tendal de heridos, no faltan nunca aquellos que desde el relato «comunicacional», no tardan en dar voces de alarma, y a descubrir «infiltrados» por aquí y por allá. Lo dicen repetidamente e incitan a quienes los están escuchando en la TV o en la radio, a que se sumen al repudio a esos «violentos» que ellos descubren en su afán inquisidor. A partir de ese momento, con grititos histéricos «informan» que «son los mismos de siempre» y enfocan sus cámaras delatoras a los rostros desencajados por la represión, de pibes y pibas que agitan, corajudos, sus banderas frente a potentes chorros de agua con químicos de los vehículos policiales o al gas pimienta que quema los ojos, y suele dejar lesiones de todo tipo. «Infiltrados», vuelven a repetir detrás del micrófono, y le hace eco en el plató del canal otro grupo de cultores de la mentira. «Miren como tiran piedras, quién les paga para hacer esto», se pregunta el «cronista» indignado, refiriéndose a alguna baldoza que surca el aire y cae en ninguna parte. “¿Por qué no hay policías que meta presos a estos sujetos?», insiste en la pregunta, como queriendo ganar un ascenso en la comisaría del barrio. Son realmente insistentes estos sujetos que deshonran al periodismo popular, a aquel en que tanto creían maestros y militantes como Rodolfo Walsh o Enrique Walker. Se la pasan horas enteras repitiendo la imagen del joven cansado de que le tiren gases, y lo condenan de antemano, haga lo que haga, diga lo que diga.. Describen el «peligro» de los «que se tapan la cara», siempre que sean hombres y mujeres de los barrios, pero nunca dicen nada de esos enmascarados recubiertos de chalecos anti balas, botas y protectores de cuero, y armados hasta los dientes que le tiran a matar a quien se les ponga delante y sobre todo, como hacen los sionistas en Gaza, a los comunicadores y comunicadoras populares. Provocan repulsa estos descubridores de infiltrados, porque nunca se los va a ver en sus pesquisas cotidianas hablar y denunciar a los verdaderos infiltrados, esos que habitan la Casa Rosada, que se codean con el FMI, con Trump y Netanyahu. Infiltrándose en toda Latinoamérica para ponerla al servicio de las corporaciones económicas saqueadoras.
Autor: Carlos Aznárez
Fuente: Resumen Latinoamericano
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