La República ante la tormenta: Lecciones de intemperie a 215 años de 1811

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La conmemoración de este día histórico es un recordatorio del valor y la determinación del pueblo venezolano para preservar su independencia y soberanía. Foto: Comando Sergio Hernández.


Por: Iliana Gómez Tovar

5 de julio de 2026 Hora: 10:11

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Escribir hoy, en el 215. ° aniversario de la firma del Acta de la Independencia, es un acto de valentía y de profunda responsabilidad pública para quienes ejercemos el oficio de historiadores. No puedo negar que mi corazón se acelera y apenas llevo un par de líneas en el papel.

Como historiadora, en las conversaciones cotidianas con mis colegas, siempre surgía una pregunta punzante: ¿cuál es nuestro rol en esta compleja etapa de la Venezuela de las primeras tres décadas del siglo XXI? Hoy esa interrogante sigue rondando en mi cabeza, pero ahora espoleada por un punto de inflexión que está cambiando por completo nuestro devenir. Me refiero al crujir geológico del pasado 24 de junio de 2026. Justo cuando se cumplían 205 años de la Batalla de Carabobo y las costas venezolanas celebraban el Día de San Juan Bautista al son de los tambores, la naturaleza desató un hecho histórico que marcará un antes y un después en nuestra sociedad.

Ante la devastación provocada por este sismo, la respuesta del venezolano común, desde los más jóvenes hasta los adultos mayores, ha sido inmediata. La solidaridad y la empatía frente a un dolor que ya no es ajeno han dejado al descubierto el sinsentido de nuestra larga historia de polarización. En este momento de emergencia nacional, los colores partidistas se desvanecen ante la inmensa capacidad de respuesta del hombre y de la mujer de esta tierra.

Este siglo XXI venezolano ha estado repleto de momentos inéditos, pero el año 2026 ha desafiado cualquier previsión. Arrancamos el año con un ataque militar perpetrado por una potencia extranjera el pasado 3 de enero. La medianoche de un año nuevo que apenas comenzaba a proyectarse se vio fracturada por bombardeos destinados a secuestrar al presidente de la República. Este suceso activó los mecanismos de la Constitución, llevando a la vicepresidenta a asumir la jefatura del Estado. Por primera vez en nuestra historia republicana, una mujer ocupa este cargo. Tras más de doscientos años de independencia, ha sido una larga espera; pero quizás este era el momento exacto, porque a nuestra patria le toca nacer de nuevo, y qué mejor manera de hacerlo que desde la mirada y la templanza de una mujer.

En estas líneas compartía mi inquietud sobre el papel que debemos cumplir los historiadores en el siglo XXI. Cada vez estoy más convencida de que nuestra principal labor es colocar sobre la palestra aquellos nudos históricos que entrelazan el pasado con el presente, analizando cómo nuestra sociedad los ha procesado. Entre esos nudos permanentes hallamos situaciones que han puesto al límite la resiliencia venezolana: fenómenos naturales devastadores, asedios geopolíticos, guerras intestinas y grandes epidemias.

Las piezas del rompecabezas que conforman la sociedad venezolana de 2026 se encuentran hoy en los centros de acopio, en las zonas de rescate, en los hospitales, albergues y plazas públicas, donde ciudadanos, bomberos, policías y rescatistas trabajan codo a codo. Este despliegue de solidaridad no solo nos inspira en el presente, sino que marcará una nueva forma de entender la gestión de lo público. Todo esto ocurre en una nación que ya venía resistiendo dinámicas económicas extremas debido a más de mil Medidas Coercitivas Unilaterales. En este escenario de asfixia, las mujeres han sido las más afectadas, pero también las que mejor han sabido sobreponerse, llevando la batuta en la organización comunitaria y liderando una nueva economía de emprendimientos que le dio un respiro al país tras la pandemia de 2020.

Al igual que en este 2026, Venezuela ha tenido que tomar decisiones valientes desde el siglo XIX para salvaguardar su soberanía. Decir que hoy cumplimos 215 años de la firma del Acta de la Independencia parece un enunciado sencillo, pero como historiadores nos obliga a formular preguntas incómodas. Aunque creamos que nuestro tiempo es el único signado por lo inédito, la historia nos demuestra lo contrario.

El proceso emancipador estuvo lleno de rupturas complejas, siendo la principal el nacimiento de la República como forma de Estado, dejando atrás el régimen monárquico. Más allá del hito jurídico, lo verdaderamente fascinante es desentrañar el tejido social subyacente al 5 de julio de 1811. La historiografía tradicional suele centrarse en la Sociedad Patriótica y sus tertulias ilustradas, pero poco nos habla de las reuniones en las pulperías y las esquinas, donde el pueblo llano debatía el futuro de ese país naciente con tanto temor como esperanza. Esos espacios populares, repletos de propuestas, coplas y anhelos de inclusión, deben ser vistos como parte de un todo, pues fueron esos mismos sujetos postergados los que terminaron siendo fundamentales para recuperar la República tras el colapso de 1812.

Al rememorar el 5 de julio, es inevitable evaluar esa Primera República: un experimento breve, pero de una intensidad tan brutal que forjó las bases de nuestra identidad estatal y nos ayudó a comprender qué queríamos, y qué no queríamos, como sociedad. Aquella República primigenia nació desigual y bloqueada económicamente a través de un cerco naval dictado por la Regencia de Cádiz, que la declaró en rebeldía para asfixiar el comercio del cacao y estrangular cualquier intento de emancipación. Dicha agresión provocó una crisis interna muy similar a la que hemos padecido en los últimos años, caracterizada por la desaparición del dinero en efectivo y una severa inflación. Salvando las distancias cronológicas y los términos jurídicos del sistema internacional moderno, el mecanismo de lo que hoy llamamos «sanciones» nos resulta dolorosamente familiar.

A este asedio se sumó otra situación límite: el terremoto del jueves santo 26 de marzo de 1812. A las 4:00 de la tarde, un crujir geológico de magnitud estimada entre 7.1 y 7.4 sacudió el centro y occidente del país. Las pérdidas humanas oscilaron entre diez mil y veinte mil personas, una cifra pavorosa para la demografía de la época. Por una trágica asimetría, las ciudades más devastadas fueron los bastiones patriotas: Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto y Mérida. El clero realista capitalizó el desastre argumentando que el sismo era la «ira de Dios» por haber desconocido a Fernando VII en 1810 y firmado la independencia en 1811, una matriz de opinión que terminó por sepultar la moral de la Primera República.

Estos elementos nos demuestran que las debilidades estructurales de la Primera República, el bloqueo exterior, la polarización interna y la fuerza de la naturaleza jugaron un rol entrelazado. No obstante, esa misma crisis obligó a transformar el pensamiento político: se comprendió que la independencia era inviable sin la unión social y la inclusión de todos los sectores.

Hoy, de igual manera, la unión de los venezolanos determinará una nueva forma de mirarnos y comprendernos. En la diversidad y en la diferencia, nos corresponde reconstruirnos, levantar la nación y, fundamentalmente, salvar a la República.

Autor: Iliana Gómez Tovar

Fuente: RedH

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